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El Zorro y el Cuervo

El Zorro y el Cuervo

El Cuervo y el Zorro es una historia escrita para enseñar esto: No confíes en las personas que te alaban. La escribió Esopo hace miles de años.

 Un cuervo estaba en un árbol muy contento con un queso en su pico.

Un zorro olió el queso y fue para allá.  Se puso a alabarle diciendo que era un pájaro muy bello y cosas agradables.

Elogiaba su cara y su plumaje, y le decía que  le gustaba mucho su canto, que cantaba mejor que los mirlos. Esos elogios le pusieron muy orgulloso.

Entonces le pidió que cantase con su preciosa voz. Al oír esas agradables palabras, el vanidoso pájaro quiso demostrarle lo bien que cantaba. Y, tal como el zorro esperaba, para cantar… tuvo que abrir el pico y se le cayó el queso. El zorro lo cogió y se lo llevó.

En la rama de un árbol  estaba muy contento – con  un queso en el pico un elegante cuervo.

Llegó un zorro muy listo al olor de su queso – y en tono muy amable dijo halagando al Cuervo:

Buenos días don Cuervo, de estos lugares dueño: – qué cara tan hermosa, ¡qué plumaje tan bello!

Y no hablo por hablar, que digo lo que siento: La hermosa melodía de tu precioso canto

envidiarán los mirlos y a mí me agrada tanto- que sería fantástico que yo pudiera oírlo.

Al oír los elogios, no podía creerlo: Soberbio y vanidoso, quiso cantar el cuervo

y en abriendo su pico, el queso cayó al suelo. Jamás hubo otro cuervo que fuera tan tontuelo.

Recogiéndolo el zorro, dijo al ingenuo cuervo: De no ser tan soberbio podrías ser más cuerdo.

(verso libre: Mª Teresa Carretero).

El Soldadito de Plomo

El Soldadito de Plomo

Karl era un niño que vivía en una casita con sus padres en una bonita ciudad. Estaba muy contento, pues faltaban solo unos días para su cumpleaños. Mamá, preguntó: ¿qué me vais a regalar por mi cumpleaños?. -Es un secreto. ¡Pero mamá!…, replicó Karl. -Ten paciencia hijo, pronto lo verás. Llegó el día del cumpleaños. Apagó las velas y comió la tarta. Entonces su papá le trajo una caja con un lazo verde, que él se apresuró a deshacer y abrir. Dentro había 15 soldaditos idénticos, con los pantaloncitos azules, las casacas rojas y sus gorras. Papá, dijo emocionado: nunca había tenido tantos juguetes juntos. Los soldaditos estaban hechos de un cuenco de plomo. Pero como eran tantos, para el último faltó material y el soldadito se quedó sin una pierna. Eso no le preocupaba, a nuestro soldadito, él era feliz, desfilaba junto a sus compañeros y permanecía erguido junto a los demás. Por la noche, Karl subió su caja de soldaditos a su habitación. La colocó en un mueble y sacó uno a uno los soldaditos. Nuestro soldadito miró alrededor: tras él había un bonito castillo de cartón. De pronto observó en el mueble una hermosa bailarina que danzaba. Miró sus piernas: vio cómo la bailarina, danzaba sobre una única pierna, y viéndola como él, se enamoró perdidamente de la muchacha.

-Hola soldadito. – Hola bailarina, ¿quieres ser mi amiga? .- Claro que sí, soldadito. Desde ese momento, pasaban el tiempo hablando y contándose historias.
En la habitación de Karl había un payaso, antipático que no hacía reír a nadie. El payaso estaba enamorado en secreto de la bailarina. No puedo soportar que ese soldadito hable tanto con mi bailarina, decía.
A la bailarina le gustaban las flores. Una mañana que la ventana estaba abierta, el soldadito salió al alfeizar de la ventana y cogió de una maceta unas pequeñas margaritas para su bailarina. El payaso que vigilaba al soldadito corrió a la ventana para cerrarla. Nuestro soldadito intentó impedirlo, pero resbaló y cayó al jardín.
Qué mala suerte, nadie me verá aquí tendido en el césped, se dijo; y se puso a mirar el cielo que comenzaba a oscurecerse. De pronto comenzó a llover más y más. Todo el jardín se encharcó y el agua fue arrastrando el soldadito hasta la puerta de la casa y por la calle. Al doblar una esquina, fue engullido por una alcantarilla. Esto está muy oscuro, pero yo no tengo miedo, pensó. Así recorrió parte de la ciudad bajo el suelo. Vio luz a lo lejos, al tiempo que oía el ruido del agua más fuerte. Bueno, se dijo, ya estoy en el mar. Pero era un lago. Entonces comenzó a nadar hacia la orilla, mientras pensaba: pronto estaré fuera del agua.

 Aún le aguardaban más peligros. Todo volvió a oscurecerse de nuevo. ¡Pero, otra vez! dijo en voz alta , algo enfadado. Miró a su alrededor y vio que estaba dentro de la boca de un pez.

Pero tampoco tuvo miedo. Resbaló por la garganta y bajó hasta su barriga.
Allí permaneció durante varios días. Él se entretenía cantando y pensando en su bailarina.
Una mañana el pez dejó de nadar, pero nuestro soldadito no se preocupó porque seguía sin tener miedo.
Mientras tanto, Karl había buscado por toda su habitación al soldadito, pero no lo encontró. Estaba triste porque había desaparecido uno de sus soldaditos.
Su mamá, para animarlo, fue al mercado a comprar pescado para hacerle su comida favorita.
Cuando llegó a casa, se puso a preparar el pescado y cuando abrió la barriga del pez dio un grito al ver el soldadito de plomo que su hijo tanto había buscado.
Cuando Karl vio el soldadito, se puso muy contento. Lo cogió entre sus manos, lo lavó con mucho cuidado y lo colocó junto a sus compañeros.
El soldadito estaba tan contento que temblaba de felicidad. Miró a la bailarina que le sonreía muy contenta. Esta se acercó al soldadito y le dio un beso. Por la noche el soldadito contó su aventura a todos los juguetes. Ellos alabaron su valentía y pasó a ser el héroe de todos los juguetes. El payaso se escondió avergonzado en una caja y el soldadito fue muy feliz con sus compañeros y su bailarina.
FIN                                Adaptación M T Carretero

Caperucita Roja

Caperucita Roja

Caperucita y su mamá vivían en una casita a la orilla de un bosque. La llamaban así porque siempre llevaba una capa roja con capucha. Un día le dijo su mamá: Toma esta cesta, que tiene un tarro de miel y unas tortas, y llévasela  a la abuelita. La abuelita vivía en una casita al fondo del bosque.

Procura no entretenerte y vuelve pronto porque hay en el bosque un lobo. Y si sale, no hables con él.

Caperucita Roja cogió la cesta y echó a andar.

Iba contenta porque le encantaba oír los pájaros, charlar con los conejitos y ver las mariposas.

En un recodo le salió el lobo y le dijo: ¿A dónde vas, Caperucita?

-Voy a casa de mi abuelita, dijo ella.

 Y se puso a mirar las mariposas y a coger flores para hacerle a su abuelita un ramo.

El lobo fue por delante a la casa de la abuelita y llamó a la puerta. La abuelita, pensando que era su nieta abrió la puerta y el lobo se la comió.

Pasaba un cazador y vio al lobo entrar y le pareció cosa rara que abrieran la puerta a un lobo. El lobo diciendo que venía de parte de Caperucita entró en la casa y se comió a la abuelita. Después de comerse a la abuela, el lobo se puso su ropa y se metió en la cama. 

 Llegó Caperucita cantando una canción, pero al ver a la abuela, la notó rara.

  – Abuelita, qué ojos tan grandes tienes, dijo

– Son para verte mejor– dijo el lobo fingiendo voz de persona.

Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes! -Son para oírte mejor, dijo el lobo.

– Pero, ¡qué boca tan grande tienes! -Es para comerte mejor, dijo el lobo abalanzándose sobre la niña, y se la comió.

El cazador seguía andando por el bosque y pensando que el lobo podía haberle hecho algo a la abuelita, volvió por si necesitaba algo. Por la ventana observó cómo el lobo, vestido de abuelita estaba terminando de comerse a Caperucita.

El lobo enseguida se quedó dormido de todo lo que había comido.

El cazador le abrió con un cuchillo la tripa y sacó a la niña y a su abuelita, que se las había tragado enteritas.

Le pusieron dentro un montón de piedras y le cosieron la tripa otra vez.

Cuando el lobo despertó, tenía mucha sed con todas esas piedras dentro, así que se fue a beber al río.

Con el peso de las piedras, el lobo se cayó al agua y se ahogó.

Después de este gran susto, Caperucita prometió a su mamá y abuela que nunca más se entretendría en los recados ni hablaría con desconocidos y que sería siempre muy obediente a los consejos de su mamá.

FIN                                         Adaptación Mª T. Carretero        

El Secreto del Rey Midas

El Secreto del Rey Midas

Hace muchísimos años había en Grecia unos seres muy importantes que eran los dioses.

Tenían muchos poderes mágicos. Apolo era uno de ellos. Siempre estaban inventando juegos y fiestas para divertirse.

Un día Marsias le dijo a Apolo: Yo toco la flauta mejor que tú. Vamos a verlo, dijo Apolo. Hagamos un concierto.

Sí, dijo Marsias; pero tendrá que haber un jurado. De acuerdo, dijo Apolo. Elegiré un jurado.

Entre el jurado estaba el Rey Midas, que dio por ganador a Marsias.

Apolo se enfadó tanto con Midas que, con sus poderes, hizo que le crecieran unas orejas de burro.

Como las orejas de burro le daban mucha vergüenza, las escondía bajo un sombrero. Pero un día tuvo que ir al peluquero, que al verle las orejas dijo. ¡Qué atroz¡: ¡Si tiene orejas de burro!

Midas le dijo: Es un secreto muy, muy secreto. Y si lo dices, te pondré el mayor castigo que hayas conocido.

El peluquero no era capaz de guardar el secreto, pero temía el castigo del rey Midas.

Cuando no se pudo aguantar más, cavó un hoyo cerca de un río y, asegurándose de que no había nadie cerca, gritó en él con todas sus fuerzas: ‘El Rey Midas tiene orejas de burro’.

Y entonces tapó el hoyo con tierra. Por fin se veía libre de su secreto.

En el sitio del hoyo nació una caña, y como la tierra sabía el secreto, ella también lo supo. La caña, muy bajito se lo dijo a sus vecinas cañas: el Rey Midas tiene orejas de burro.

Los pajarillos lo escucharon y lo dijeron a otros pájaros.

Melampo, que era un hombre que entendía el lenguaje de los pájaros, le dijo a sus amigos: ‘El Rey Midas tiene orejas de burro’, y un día le dijo al mismísimo rey Midas: ¡Enséñanos tus

orejas de burro!.

El rey, enfadadísimo, buscó al peluquero y lo castigó a la pena más severa. Y se encerró en su palacio para que nadie nunca viera sus orejas de burro. Y algunos días se oía al viento decir: El Rey Miiidaaas  tiene orejas de buuuurroooo… El Rey Miiidaaas  tiene orejas de buuurroooo…

FIN

Adaptación: Mª Teresa Carretero García

Ratón de Campo, Ratón de Ciudad

Ratón de Campo, Ratón de Ciudad

En esta fábula se aprende esto: Si estás bien, no necesitas cambiar de casa, ni de cole, ni de estilo de vida. 

 

 

 A Chip, famoso ratón, que vivía en la ciudad — le invitó su primo un día a venirle a visitar.

Su linda casa en el prado podría así conocer – y él acudió a visitarlo con agrado y con placer.

El primo Chap le ofreció zanahoria y saltamontes – escarabajos, tomillo, lechuga y algunos brotes.

Chip se burló de su casa y de vivir bajo el suelo: – “Yo en un armario ropero vivo tan bien como quiero”.

Dijo Chip a Chap: muchacho: si te quieres divertir – Haz como yo: ven a casa, y quédate allí a vivir.

Así que al día siguiente, invitado por don Chip – Llegó Chap a su mansión, con salones y jardín.

Pero justo ante la entrada, con sus bonitos jardines – salían a pasear los dueños con sus mastines

Los dos perros, muy feroces se tiraron a cazarlos – Chip y Chap se escabulleron; no lograron alcanzarlos.

Muertos del susto los dos escaparon enseguida – y Chap le dijo a su primo, marchándose a su guarida:

Qué bonita es la ciudad si te quieres dar el gusto – pero prefiero la paz a que me maten de un susto.

Y Chap así se marchó al prado de su agujero – para vivir bien feliz en su cuevita del suelo.

Si quieres vivir tranquilo, sin sustos y sin problemas–confórmate con tus cosas y no envidies las ajenas.     

FIN

Adaptación de la fábula © Mª Teresa Carretero

Los Tres Cerditos

Los Tres Cerditos

Había una vez tres cerditos que eran hermanos: Pinki, Tito y Yolito. Vivían en un hermoso lugar, pero se aburrían. ¿Qué hacemos? Dijo Tito; yo estoy cansado de correr y jugar y ver siempre lo mismo.

Eso digo yo, tendremos que hacer algo, dijo Yolito. Y se sentaron los tres a pensar.

Al rato, un pajarillo amigo los vio muy callados y les preguntó: ¿Qué os pasa hoy? Estáis enfermos?

-¡No, qué va! Respondió Pinki; es que nos aburre este lugar y no sabemos qué hacer.

-Yo me paso el día viajando y os puedo ayudar. -¿Y qué lugares conoces?, preguntó Tito. –Ufff muchísimos y preciosos.

¿Y cuál te gusta más,?, preguntó Yolito. –Me gustan todos; son todos preciosos y diferentes, dijo el pajarillo.

-¡Pues viajaremos!, dijeron los tres hermanitos a coro.

-Si queréis os puedo acompañar para comenzar… -SÍiii , dijeron los tres aplaudiendo; así no nos perderemos.

Al día siguiente el pajarillo y los tres cerditos emprendieron el viaje. Conocieron muchos lugares: fueron al mar, a la montaña, y al desierto…

Tras mucho viajar decidieron que ya habían conocido suficiente mundo. Encontraron un precioso lugar. Pinki, el mayor, dijo: ¿Os parece que construyamos aquí nuestras casitas y nos quedemos a vivir?

¡Buena idea!, dijeron Tito y Yolito. Un conejito los oyó hablar, salió de su madriguera y les advirtió: ¡tened mucho cuidado, que aquí vive un lobo muy malvado al que le encanta comer cerditos! Los tres hermanos dijeron: ¡Nosotros no tenemos miedo al lobo: somos fuertes y entre los tres lo espantaremos. Además, dijo Tito, construiremos nuestras casitas y no nos podrá comer.

Y comenzaron a reír y a cantar.

Pronto se pusieron a construir las casitas. Yolito, el pequeño, encontró cerca de allí un gran montón de paja y como era el menos fuerte hizo con ella una hermosa casita de paja.

Cuando terminó la enseñó a sus hermanos, que la elogiaron por ser tan bonita, y se marchó a jugar.

Tito, el segundo, construyó su casita con troncos de madera que encontró en el bosque. Tardó más que Yolito, porque trabajar con madera era más difícil. Cuando terminó, enseñó la casa a sus hermanos, que elogiaron su buen trabajo y enseguida se fue a jugar con su hermano Yolito.

Pinki, el mayor, decidió construirse una casa de piedra. Era el más fuerte pero tardó más días que los demás en construirla porque el trabajo era lento ya que las piedras pesaban bastante. Cuando terminó, llamó a sus hermanos para enseñarles la casa.

¡Es preciosa!, dijeron Tito y Yolito: Eres un gran constructor… y lo felicitaron. Muy contentos, los tres se pusieron a jugar y a cantar.

Un día estaban jugando y apareció el lobo. Los tres se asustaron muchísimo al oír la horrible voz del lobo, que decía:

¡Qué ricos estáis; pronto os comeré! Y se relamía de gusto. Corrieron a refugiarse a la casa más cercana, que era la de paja. Aquí no nos hará daño, dijeron los tres hermanos abrazándose. Pero el lobo, respiró muy fuerte, hinchó los pulmones y sopló, sopló y sopló y la casita derribó.

Los tres hermanos, asustados, corrieron a la casita de madera. ¡Aquí estaremos a salvo!, dijo el hermano mayor. Pero el lobo muy fuerte sopló, sopló y sopló y la casita derribó.

Yolito lloraba y decía: esta vez sí nos comerá el malvado lobo

¡Rápido, rápido –dijo Pinki: ¡Corramos a mi casita!, y entrando, cerraron la puerta.

El lobo gritaba: ¡Esta casita derrumbaré y pronto os comeré!- N o podrás lobo feroz, no podrás jamás la casa derribar –gritó Pinki.

Para quitarse el miedo, cantaban: ¿Quién teme al lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz?

Pinki dijo para tranquilizar a sus hermanos: Como es hora de comer, vamos a preparar una buena sopa de calabaza.

Comenzaron los tres a echar las verduras en la caldera, mientras fuera el lobo soplaba y soplaba hasta quedarse sin fuerzas.

El lobo no pudo derribar la casa pues era un trabajo bien hecho. Se subió al tejado y entró por la chimenea, cayéndose en la caldera, que hervía al fuego.

¡Ay, ay, ay, se quejaba. Los cerditos aplaudían contentos mientras abrían la puerta, y el lobo, todo chamuscado, salió a toda prisa para refrescarse en el río.

Los tres cerditos salieron de nuevo a jugar cantando: ¿Quién teme al lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz…? Y nunca más apareció el lobo por aquel lugar. Los tres cerditos vivieron felices desde entonces.

FIN     Adaptado por Mª Teresa Carretero.