Seleccionar página
EL PUEBLO QUE SE QUEDÓ SIN LETRAS

EL PUEBLO QUE SE QUEDÓ SIN LETRAS

En un pequeño pueblo sus habitantes vivían felices y sin problemas. Estaban orgullosos de la escuela, la biblioteca, el parque…

Un día llegó al pueblo un ratoncito glotón. Se pasaba el día comiendo en el granero del señor Juan, cuando se hartó de comer en el granero, marchó a la panadería, de Clara, se comió la harina de hacer el pan, de ahí pasó a la tienda de Norberto y mordisqueó las botellas de aceite ocasionando perdidas al tendero.

Los habitantes del pueblo estaban muy enfadados y molestos pues desconocían quien se comía la comida.

El ratoncito de tanto comer se puso gordo y parecía un globo. Estuvo un tiempo sin molestar a los vecinos del pueblo.

Cuando sintió hambre de nuevo el ratón volvió al pueblo y comenzó a devorar todo lo que encontraba.

Esta vez eligió el colegio y la biblioteca del pueblo.

Los niños tenían la costumbre de hacer los deberes en el cole, y por lo tanto, las libretas y los libros los guardaban en las clases.

Una noche el ratón estuvo haciendo de las suyas.

Cuando los niños llegaron al cole descubrieron las trastadas que había hecho el ratón.

Todos estaban muy preocupados, pues las libretas y los libros habían desaparecido.

Los niños preguntaban: seño y ahora que hacemos?. No os preocupéis decía la seño, tratando de tranquilizarlos, haremos juegos, cantaremos canciones y trabajaremos con plastilina.

Los niños seguían preocupados, entonces la seño dijo: escuchadme: id a la biblioteca y decid a Belen que necesitáis libros de naturaleza para la clase de mañana.

Cuando llegaron a la biblioteca la sorpresa fue enorme: ¡muchos libros habían sido devorados, y a otros… ¡les faltaban hojas y no se podía trabajar con ellos!

Después fueron a la librería del pueblo y pidieron un diccionario y varios libros de plástica. Una niña abrió el diccionario y otro niño cogió uno de los libros de plástica y comenzaron los dos a gritar. ¿Qué pasa?, preguntaron asustados otros niños. Pues que el libro no tiene letras ¿cómo?, ¡no es posible¡, afirmó la librera. No hay libros sin letras. Pues estos no las tienen, respondieron los dos niños.

No lo entiendo dijo la librera, nunca me había pasado una cosa igual.

Llegó el alcalde a la librería muy enfadado y preguntó: ¿alguien sabe que pasa con las letras?

En el ayuntamiento han desaparecido las letras de los libros, los registros de nacimientos, bodas…, incluso las calles han perdido sus nombres, parece cosa de magia, válgame dijo la librera.

¿Y que va a pasar ahora sin letras, no podemos ir al cole, ni escribir cartas, ni indicar a nadie el nombre de una calle?

Por la noche el pueblo se reunió para hablar del problema de las letras. El boticario afirmo que el causante era un ratón glotón o un grupo de ratones glotones. Vi huellas y analicé unos orines y son de ratón.

Entonces Tomás, un anciano del lugar dijo: Esta mañana cuando cantaba el gallo vi a una letra correr, era la S, después vi a la W, luego a la R; tras esta corrían la T y las demás letras del alfabeto. Las oí hablar, iban muy enfadadas y decían:” no queremos estar en un pueblo donde no nos cuidan decía la letra B,” eso, eso huyamos añadió la letra J, mientras las demás aplaudían. No volveremos hasta que estemos bien seguras. Nosotras somos muy importantes y nos tienen que respetar.

Consultado el veterinario propuso buscar a Hipólito. Era un gran gato que vivía feliz y contento, tomando el sol en la puerta de su casa. Antonia la dueña de Hipólito habló con el gato:

Necesitamos tu ayuda Hipólito: las letras del alfabeto se han escapado del pueblo y no volverán hasta que se vaya el ratón glotón. Y no sabemos si va solo o acompañado de otros ratones glotones.

No te preocupes ama, eso está hecho. Mañana mismo los echo del pueblo y se terminan los problemas.

Todos los habitantes del pueblo esperaban expectantes la actuación de Hipólito. Estuvo el gato todo el día buscando por todos los rincones del pueblo el rastro del ratón o los ratones.

Finalmente dedujo que solo había un ratón, muy pero que muy glotón.

¡Aja¡ exclamó el gato pronto te cazaré y me divertiré un ratico contigo.

No hizo falta que lo cazara, el ratón al ver que era un gato muy grande, se llevó tal susto que se cayo de culo.

Con mucho trabajo se levantó del suelo y salió del pueblo todo lo rápido que sus paticas le permitían, mientras el gato de Antonía, reía y reía.

El gato les comunicó a las letras que ya podían volver tranquilas al pueblo, sin temer nada.

Poco a poco las calles volvieron a tener sus nombres, y el ayuntamiento recuperó los nombres en los registros de bodas y nacimientos.

Los libros y libretas del cole que se había comido el ratón, fueron sustituidos por otros nuevos, que compraron en la librería de Luísa. La biblioteca recuperó los libros que se había comido el ratón glotón, pues los vecinos hicieron donaciones de libros y el alcalde compró los que se habían perdido y mucho más.

El pueblo fue conocido como “El pueblo que se quedó sin letras.”

Durante mucho tiempo los habitantes contaron está historia del pueblo a todo el que los quisiera escuchar.

El Pajarillo y el Burrito

El Pajarillo y el Burrito

En un campo había un pajarillo comiendo grano. Había encontrado un campo donde habían recogido el trigo y quedaban muchos granos. El pajarillo se llamaba Pequeño Pit.

There was a little bird in a field, he was eating grains. He had found a field where the wheat had already been collected, still many wheat grains lay around. The litle bird’s name was Little Pit.

Al mirar Little Pit la cerca, vió fuera a un burrito que lo miraba muy atentamente.

Little Pit looked at the fence and saw a little donkey outside looking at him with close attention.

 

Él siguió comiendo. Volvió a mirar y el burrito rebuznó suavemente, una y otra vez.

He went on eating. He looked again and the little donkey brayed softly once and again

Entonces se subió a la cerca y le preguntó: tienes hambre, Burrito? Él se relamió y rebuznó con más fuerza. Sí, contestó, tengo mucha hambre.

He then flew onto the fence and asked the donkey: Are you hungry, little donkey? Baby donkey licked its chops and brayed louder. He said I am very hungry.

Entonces el pajarillo abrió la cerca con la ayuda del burrito y los dos comieron todo el trigo que quisieron.

Then Little Pit with Baby donkey’s help opened the fence and they both ate as much wheat as they pleased.

Feliz día del padre

Feliz día del padre

Eldragón enano está contento porque está con unos hermanos, amigos suyos y va a ayudarles a pintar una tarjeta para regalarla al papá. Después de hacerla deciden que no es suficiente y cada uno va a hacerle un regalo personal: uno pinta una piedra como pisapapeles para el despacho de papá; otro le hace con media cáscara de nuez una mariquita; la niña hace un puzle y así cada cual. Todos contentos envuelven sus regalos con lazos y papeles de colores brillantes.

De pronto la niña se da cuenta de que el dragoncito está triste y suspirando en un rincón.  Se lo dice a los demás y todos dicen: ¿Qué te ocurre, Dragon enano? ¿por qué estás triste? Él les dice: es que no tengo papá. ¡Eso no es problema!, le contestan. ¿Cómo que no?, dice él.?     – Nuestro papá no tendrá problema en que tú le hagas un regalo. Si quieres que sea papá tuyo pues lo será sin problema.

–¿ Y para siempre?, preguntó. Todos a la vez le dijeron: ¡Claro que sí!

Tímidamente vuelve a preguntarles el dragoncito: ¿Yo también le podré abrazar? –Claro, como nosotros: todos le abrazaremos.

Y les dice el dragoncito:

¿Sabéis una cosa?: que un abrazo es el mejor regalo que se puede hacer a un papá.

El Soldadito de Plomo

El Soldadito de Plomo

Karl era un niño que vivía en una casita con sus padres en una bonita ciudad. Estaba muy contento, pues faltaban solo unos días para su cumpleaños.
Mamá, preguntó: ¿qué me vais a regalar por mi cumpleaños?. -Es un secreto. ¡Pero mamá!…, replicó Karl. -Ten paciencia hijo, pronto lo verás.
Llegó el día del cumpleaños. Apagó las velas y comió la tarta. Entonces su papá le trajo una caja con un lazo verde, que él se apresuró a deshacer y abrir. Dentro había 15 soldaditos idénticos, con los pantaloncitos azules, las casacas rojas y sus gorras. Papá, dijo emocionado: nunca había tenido tantos juguetes juntos.
Los soldaditos estaban hechos de un cuenco de plomo. Pero como eran tantos, para el último faltó material y el soldadito se quedó sin una pierna.
Eso no le preocupaba, a nuestro soldadito, él era feliz, desfilaba junto a sus compañeros y permanecía erguido junto a los demás.
Por la noche, Karl subió su caja de soldaditos a su habitación. La colocó en un mueble y sacó uno a uno los soldaditos. Nuestro soldadito miró alrededor: tras él había un bonito castillo de cartón. De pronto observó en el mueble una hermosa bailarina que danzaba.

 Miró sus piernas: vio cómo la bailarina, danzaba sobre una única pierna, y viéndola como él, se enamoró perdidamente de la muchacha.

-Hola soldadito. – Hola bailarina, ¿quieres ser mi amiga? .- Claro que sí, soldadito. Desde ese momento, pasaban el tiempo hablando y contándose historias.
En la habitación de Karl había un payaso, antipático que no hacía reír a nadie. El payaso estaba enamorado en secreto de la bailarina. No puedo soportar que ese soldadito hable tanto con mi bailarina, decía.
A la bailarina le gustaban las flores. Una mañana que la ventana estaba abierta, el soldadito salió al alfeizar de la ventana y cogió de una maceta unas pequeñas margaritas para su bailarina. El payaso que vigilaba al soldadito corrió a la ventana para cerrarla. Nuestro soldadito intentó impedirlo, pero resbaló y cayó al jardín.
Qué mala suerte, nadie me verá aquí tendido en el césped, se dijo; y se puso a mirar el cielo que comenzaba a oscurecerse. De pronto comenzó a llover más y más. Todo el jardín se encharcó y el agua fue arrastrando el soldadito hasta la puerta de la casa y por la calle. Al doblar una esquina, fue engullido por una alcantarilla. Esto está muy oscuro, pero yo no tengo miedo, pensó. Así recorrió parte de la ciudad bajo el suelo. Vio luz a lo lejos, al tiempo que oía el ruido del agua más fuerte. Bueno, se dijo, ya estoy en el mar. Pero era un lago. Entonces comenzó a nadar hacia la orilla, mientras pensaba: pronto estaré fuera del agua.

 Aún le aguardaban más peligros. Todo volvió a oscurecerse de nuevo. ¡Pero, otra vez! dijo en voz alta , algo enfadado. Miró a su alrededor y vio que estaba dentro de la boca de un pez.

Pero tampoco tuvo miedo. Resbaló por la garganta y bajó hasta su barriga.
Allí permaneció durante varios días. Él se entretenía cantando y pensando en su bailarina.
Una mañana el pez dejó de nadar, pero nuestro soldadito no se preocupó porque seguía sin tener miedo.
Mientras tanto, Karl había buscado por toda su habitación al soldadito, pero no lo encontró. Estaba triste porque había desaparecido uno de sus soldaditos.
Su mamá, para animarlo, fue al mercado a comprar pescado para hacerle su comida favorita.
Cuando llegó a casa, se puso a preparar el pescado y cuando abrió la barriga del pez dio un grito al ver el soldadito de plomo que su hijo tanto había buscado.
Cuando Karl vio el soldadito, se puso muy contento. Lo cogió entre sus manos, lo lavó con mucho cuidado y lo colocó junto a sus compañeros.
El soldadito estaba tan contento que temblaba de felicidad. Miró a la bailarina que le sonreía muy contenta. Esta se acercó al soldadito y le dio un beso. Por la noche el soldadito contó su aventura a todos los juguetes. Ellos alabaron su valentía y pasó a ser el héroe de todos los juguetes. El payaso se escondió avergonzado en una caja y el soldadito fue muy feliz con sus compañeros y su bailarina.
FIN                                Adaptación M T Carretero

la carta de Guille

la carta de Guille

La iluminación navideña alegraba la ciudad.

Ya casi estamos en Navidad, dijo la mamá de Guille. Sí, respondió este: ya estoy pensando en los dulces, las vacaciones los regalos…

¿Sabes ya qué pedir a Papá Noel y a los Reyes Magos?

-Aún no lo sé.

-Pues ya puedes pensarlo porque pronto recogerán las cartas.

-Pero es que no sé qué pedir.

– ¿Estás enfermo, hijo? ¿Cómo no sabes qué pedir? Eso es nuevo en ti; el año pasado escribiste una carta de tres folios.

-Sí, pero es que pido los juguetes y luego no tengo con quién jugar.

-Es cierto, hijo. El cole está lejos y los amigos y amigas no viven en este barrio.

– Y además en toda esta calle no hay niños ni niñas de mi edad con quienes poder jugar.

– No te preocupes, Guille; ya vendrán nuevos vecinos que tengan niños…

-Eso lo dijiste el año pasado y el anterior y luego no viene nadie.

-Podemos jugar contigo papá y yo.

-Ya, pero jugar siempre con mayores es muy aburrido. Y con mi gato Niki solo puedo jugar al fútbol, con su pelotita: ayer me paró un gol con el rabo… pero ¿sabes? Se cansa pronto y pierde el interés, porque lo que le gusta es atrapar la pelota, se la lleva entre los dientes, se esconde y ahí termina el juego.

-Bueno, tú escribe la carta, que pronto podrás jugar con niñas y niños que vengan a esta calle.

-Esa noche Guille se durmió pensando en lo que le había dicho su madre.

Al día siguiente, en el recreo, todos hablaban de las cartas que habían escrito a los Reyes Magos y a Papá Noel.

¡Vaya!, mamá tenía razón: todos mis amigos ya tienen sus cartas escritas. Esta noche Niki y yo escribiremos a Los Reyes Magos y a Papá Noel.

Después de cenar subió Guille a su habitación. ¿Te acuestas muy pronto hoy, no?, dijo la mamá. No es eso, es que voy a escribir la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos.

-Pues entonces, hasta mañana, Guille. Hasta mañana, contestó el niño.

No tenía Guille muy claro qué les pediría. Se echó sobre la cama y se puso a pensar, mientras acariciaba a Niki. Se concentraba mejor cuando oía su ronroneo.

De pronto dijo: Niki, vamos a escribir la carta. El gato saltó sobre el escritorio para estar bien cerquita de su amo. Guille empezó a escribir.

“Queridos Papá Noel y sus Majestades los Reyes Magos de Oriente”: Les extrañará que les escriba una carta que es para los dos, digo los cuatro, pero es que es una petición muy, muy difícil y necesito la ayuda de todos ustedes.

Todos los años me traen muchos juguetes, libros, cuentos, ropa y chuches. Pero este año, lo que les pido es otra cosa: QUIERO UN AMIGO QUE VIVA EN MI CALLE para poder jugar con él y divertirnos.

Ya sé que es una petición un poco extraña, pero como ustedes pueden hacerlo todo, confío en que me ayudarán. Los niños tenemos que jugar con otros niños y niñas y eso no lo puedo hacer; solo jugar con mi gato y aunque me divierta, Niki no es una persona y no puede contestarme cuando le hablo.

Sé que vuestros carteros saben mucho y podrán hacerles llegar mi carta. Les pido también cuentos y libros de aventuras: me gustan todos. Para Niki les pido una camita nueva y un pulpo de lana para jugar.

Dándoles las gracias, les mando muchos besitos míos y de mi gato Niki. Guille.

Al día siguiente fue con su madre a entregar su carta al Cartero Real. Solo quedaba esperar con ilusión y confianza…

El día de Navidad se levantó muy temprano. En el salón, junto al Árbol estaban los libros de cuentos y de aventuras y la camita de Niki. Se vistió y salió a la puerta. No había ningún vecino nuevo con niños…

Guille pensaba: Bueno, mi petición es muy difícil… A lo mejor me traen mi deseo los Reyes Magos. Esperó pacientemente. El día 6 había en el salón libros, cuentos y el pulpo de Niki. Salió a la puerta y esta vez tampoco había vecinos nuevos con niños.

Lo que he pedido era muy difícil y complicado de conseguir, quizá lo han estado intentando hasta el último momento… bueno, otra vez será, dijo Guille.

Han terminado las vacaciones y sigo sin amigos para jugar, solo tengo a Niki y mis papás…

Al volver del cole por la tarde, había frente a su casa un camión de mudanzas.

¡Anda!, vecinos nuevos, dijo. Y hay un niño… ¡Pero si son dos! ¡son dos!

Dos gemelos idénticos de la edad de Guille salían de un coche que acababa de llegar.

¡Gracias, Papá Noel, gracias Reyes Magos!

Y corrió muy contento a contárselo a su mamá.

FIN ©M T Carretero

El Príncipe Feliz

El Príncipe Feliz

La estatua del Príncipe Feliz se veía desde toda la ciudad. Estaba cubierta de laminitas de oro, tenía por ojos des zafiros y en el puño de su espada brillaba un rubí. Todos la admiraban.

Por lo menos hay uno en el mundo que es feliz, decía un pobre.  Hijo, mira el príncipe feliz, no se queja nunca, decía una madre a su niño descontento.

Una tarde volaba una pequeña golondrina.   Sus amigas se habían ido a Egipto seis semanas antes pero ella se había quedado porque estaba enamorada de un elegante jopo, a quien conoció volando por el río tratando de pillar una polilla amarilla. Al saludo de la golondrina el jopo se inclinó cortésmente. Cada vez que pasaba lo saludaba salpicándole con sus alas un chorrito de agua plateada. Estas cortesías duraron todo el verano. Como nunca le decía nada, la golondrina terminó por olvidarlo. Además coqueteaba con la brisa inclinándose cada vez que pasaba. ¡Me voy al país de las pirámides!, dijo por fin un día.

Llegó a una ciudad y buscando dónde posarse encontró la estatua del Príncipe Feliz y se posó entre sus pies. ¡Qué lindo sitio para posarme: brilla como el oro!, dijo.

Nada más meter la cabeza bajo el ala le cayó una gota de agua. Qué raro, si no hay nubes, pensó. Luego otra gota y otra. Me pondré bajo el sombrerete de una chimenea, se dijo. Miró hacia arriba y ¿Qué vio?

Vio los ojos del príncipe llenos de lágrimas, que le caían por las mejillas. A la luz de la luna, la golondrina vio su cara  y sintió lástima. ¿Quién eres?, preguntó. Soy el Príncipe Feliz.

 ¿Pues entonces, por qué lloras?, me has empapado. -Cuando yo vivía y tenía corazón de persona, respondió la estatua, no sabía qué eran lágrimas, pues vivía en el Palacio de ‘Nada me preocupa’, donde las penas no pueden entrar.  Por el día jugaba en el jardín con mis amigos y al anochecer abría el baile en el Gran Salón.  Una alta muralla rodeaba el jardín y nunca me importó qué había más allá. Todo el mundo en la corte me llamaba Príncipe Feliz. Así viví, así me morí y esta es mi estatua. Ahora me veo aquí colocado y puedo ver desde lo alto lo horrible y lastimoso de mi ciudad y aunque mi corazón es de bronce,  no puedo hacer nada más que llorar. En aquella calleja hay una casa pobre y veo por su ventana una mujer sentada a la mesa, con la cara consumida y las manos con pinchazos de aguja, es costurera.

Borda flores de amor en un vestido para la más bella dama de honor de la reina, que lo lucirá en  el próximo baile de la Corte. Al fondo de esa habitación está en cama su niño enfermo con fiebre y le está pidiendo una naranja. Ella solo puede darle agua del río y el niño llora.

Golondrina, golondrinita, ¿no llevarías a la mujer el rubí de la empuñadura de mi espada? Mis pies están pegados al pedestal y no puedo moverme.

Me esperan en Egipto, dijo la golondrina, que mis amigas vuelan río arriba y abajo en el Nilo hablando con las flores de loto, a punto de irse a dormir en la gran tumba del emperador, que está embalsamado en su féretro lacado y con un collar de jade y tiene las manos como hojas marchitas.

Por favor, pequeña golondrina: ¿Te quedarías conmigo por una noche para ser mi mensajera? Está sediento el chiquillo y muy triste la madre. Verás, yo paso de niños; este verano los críos del molinero junto al río me tiraban piedras; no me daban porque las golondrinas somos muy ágiles volando pero los críos me repelen. Luego le dio lástima la tristeza del príncipe y dijo: Aunque hace mucho frío voy a quedarme una noche y ser tu mensajera. Muchísimas gracias, dijo él.

Así que la golondrina sacó de la espada el gran rubí y salió volando sobre los tejados. Pasó la torre de la catedral con esculturas de ángeles, pasó junto al palacio de donde salía música de un baile: una muchacha  se asomaba al balcón con su novio, que le decía: ¡qué maravillosas estrellas!  y ella contestaba: tan maravillosas como la fuerza del amor. Espero que mi vestido esté listo para el baile oficial: tengo encargado que le borden unas flores de amor, pero es bastante lenta esa costurera.

Sobrevoló el río y vio faroles colgando de los palos de las naves. Sobrevoló el gueto y vio mercaderes haciendo tratos y pesando en sus balanzas las monedas. Por fin llegó a la pobre casa y echó un vistazo: El niño se agitaba en la cama con la fiebre. La madre había caído dormida de cansada. De un saltito entró y dejó el gran rubí en la mesa al lado del dedal de la mujer. Voló cuidadosamente alrededor de la cama abanicando con sus alas la frente del chico. Y él dijo: qué fresquito; estaré poniéndome mejor, y quedó adormecido.

La golondrina volvió al príncipe y le dijo lo que había hecho; dijo: es curioso, aunque hace frío me siento bien calentita. Es porque has hecho una buena acción, dijo él. Eso la hizo pensar y enseguida se durmió. Le ocurría siempre que se ponía a pensar.

Al romper el día bajó volando al río y se dio un baño. Pasaba por el puente un profesor, que dijo ¡Una golondrina en invierno, qué curioso!”. Escribió en el periódico un artículo, que todo el mundo leyó y casi todos decían que tenía muchas palabras difíciles de entender.

Esta noche me voy para Egipto, se dijo la golondrina, y se puso muy contenta. Echó un vistazo a los monumentos de la ciudad y se posó un rato en la aguja de una iglesia. Todas las aves que pasaban decían: tenemos una turista muy distinguida, y eso le encantó.

Al salir la luna fue a ver al Príncipe Feliz y dijo: ¿Tienes algún encargo para Egipto?, porque ya voy a salir. “Golondrina, golondrinita, dijo él. ¿por qué no te quedas una noche más? Y ella contestó: Me esperan en Egipto para ir a la segunda catarata del Nilo. Allí se acuesta el caballo de río entre los jopos y  el dios Memnon estará sentado en un gran trono de granito: mira las estrellas toda la noche y cuando brilla el lucero del alba exhala un grito de alegría y luego queda mudo. Por la noche los leones dorados bajan al borde del agua a beber, con ojos como berilos verdes y su rugido es más fuerte que el rugir de la catarata.

Golondrina, golondrinita, dijo el príncipe: en el otro lo de la ciudad veo un joven en una buhardilla. Se inclina ante una mesa llena de papeles y el un vaso tiene un ramito de violetas marchitas. Tiene pelo crespo castaño, labios rojos como la granada y grandes ojos soñadores. Intenta poder terminar una obra para el director del teatro pero el frío que pasa le impide escribir. No tiene fuego en el hogar y se ha desmayado del frío. -Esperaré una noche más, dijo la golondrina, que era de buen corazón, ¿Le llevo otro rubí?

Lástima, no me quedan ya, mis ojos son lo único que tengo. Están hechos de zafiros muy escogidos, traídos de la India hace mil años. Arranca uno y se lo llevas. Él lo llevará al joyero y comprará leña y comida para terminar su obra de teatro.

Querido príncipe, dijo la golondrina: eso no puedo hacerlo –y echó a llorar. Golondrina, golondrinita, haz como te ordeno. Así que la golondrina desprendió un ojo del príncipe y voló a la buhardilla del estudiante. No le costó entrar pues había en el tejado un agujero; por él enfiló adentro del cuarto. Él no oyó el aleteo pues tenía las manos cubriendo su cabeza, y al alzar la mirada vio el precioso zafiro sobre las marchitas violetas.

Ya empiezan a apreciarme, exclamó: será de un gran admirador o admiradora. Ahora puedo terminar mi obra. Se le iluminó de alegría la cara.

Al día siguiente la golondrina voló al puerto, se posó en el mástil de un gran barco. Miraba a los marineros sacar de la bodega grandes arcas tirando de maromas.  Eh, ahí va, gritaban cada vez que subía una, Voy para Egipto, gritaba la golondrina. Pero nadie hacía caso. Al salir la luna, volvió al Príncipe Feliz. Vengo a despedirme, le gritó.

Golondrina, golondrinita, ¿No te quedarías conmigo una noche más?. Es invierno y enseguida llegará el frío. En Egipto el sol da calor sobre las verdes palmeras, y los cocodrilos sestean en el lodo mirando en torno holgazanes. Mis compañeras construyen su nido en el templo de Baalbec mientras las palomas blancas y rosadas las contemplan y se arrullan, -Querido Príncipe, debo dejarte ya  pero nunca te olvidaré y la próxima primavera te traeré dos preciosas piedras en lugar de las que has donado. El rubí será más cárdeno que una rosa roja y el zafiro Tan azul como el gran océano. Y el Príncipe dijo: En la plaza ahí abajo está una pequeña cerillera: se le han caído sus cerillas a un desagüe y se le han estropeado. Volverá a casa sin dinero y está llorando. No lleva zapatos ni calcetines ni nada que cubra su cabeza, Arráncame mi otro ojo y dáselo a ella para que su padre no le pegue. -Bien, me quedaré una noche más, pero no puedo arrancarte el ojo porque te quedarás ciego del todo.

Golondrina, pequeña golondrina, haz como te ordeno.

Así que la golondrina le arrancó al Príncipe el otro ojo y bajó veloz a donde la niña, dejando la piedra preciosa en la palma de su mano. ¡Qué cristal tan bonito!, exclamó ella, y marchó a su casa entre risas.

Entonces la golondrina volvió con el Príncipe y le dijo: Como ahora estás ciego, me quedaré siempre contigo.

No, pequeña golondrina. Tienes que irte a Egipto.

-Siempre me quedaré contigo, dijo la golondrina. Y se durmió a sus pies, para nunca despertar.

 

Adaptación, del original inglés: Mª Teresa Carretero García