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El Caballito de Mar

El Caballito de Mar

Cristina pasaba las vacaciones de verano en el Mediterráneo con sus tíos y sus abuelos Antonio y Pepi. Ese año Cristina estaba muy contenta porque había aprendido mucho en el cole y había sacado buenas notas. De todos los trabajos que había hecho el que más le gustaba era el de Naturaleza. Le tocó trabajar el hipocampo, que es el caballito de mar. Buscó en Internet y en libros de ciencias, y vio muchísimas fotografías de hipocampos. Desde ese momento le interesó mucho el caballito de mar.

Una tarde el abuelo Antonio le contaba historias de cuando era pequeño y de cuando fue por primera vez a conocer el mar.

  -Abuelo: ¿Cuándo tú eras pequeño había caballitos de mar? – Huy, los había a cientos. Los niños y niñas los cogíamos y jugábamos  con ellos, con erizos, con estrellas de mar y con peces pequeños que buscábamos entre las piedras;  se llamaban zorros. También veíamos   doradas, lubinas y  langostinos. Bucear era muy divertido, porque veíamos muchos animales marinos. – ¿Y qué hacíais con ellos?. -Los metíamos en cubos y cuando nos marchábamos a casa, los soltábamos de nuevo al mar.  A mí me encantaba coger los caballitos de mar, tan pequeños y escurridizos: eran como un juguete. – ¿Y no te daba miedo cogerlos? – ¡Qué va!, el caballito enroscaba su cola, a mi me encantaba tocársela. Tenías que ser muy rápido porque de pronto la estiraba y te daba un latigazo que hacía daño – ¡Ja, ja, ja!.  -Claro, el animalico se defendía como podía. -Llevas razón Cristina.

 -Abuelo: ¿Y por qué ahora casi no hay caballitos de mar? – Pues porque necesitan que el agua esté muy limpia y ya has visto tú cómo los océanos y mares están llenos de basuras y plásticos que hacen muy difícil la vida animal- Es verdad. Abuelo: qué pena que estén desapareciendo, con lo bonitos que son.

Días después, estaba Cristina buceando en el mar. Vio  un caballito y lo siguió sigilosamente; el caballito se dirigió hacia unas rocas. Con muchísimo cuidado Cristina se aproximó y quedó encantada… había muchos caballitos de mar. Sintió una gran alegría y pensó: -cuando se lo diga al abuelo Antonio se va a poner muy contento. 

Sintió que le tocaban el hombro y asustada se volvió rápidamente para defenderse. Vio a un niño que le hacía señas para que saliera a la superficie. ¿Has sido tú quien me ha tocado el hombro? -Sí he sido yo. – Pues me has dado un buen susto. –Lo siento, no quería asustarte, me llamo Lorenzo. – Yo Cristina.

Estabas entrando en  nuestro “ santuario de caballitos de mar”

-Perdona, ¿vuestro santuario? Repitió Cristina  – Sí: hace años que una asociación del caballito de mar trabaja para que no desaparezca y yo formo parte de esa asociación. Somos un grupo de voluntarios. Tú estabas adentrándote en el santuario, que es secreto: nadie sabe dónde está y lo ibas a descubrir.

Tenemos miedo de que la gente sepa su ubicación y los caballitos se marchen o, lo que es peor, que los cojan y se los lleven. – Encontré un caballito por casualidad y lo seguí. Eso es todo. -Ya lo sé: te vigilaba desde hacía un rato.

-Háblame de esa asociación. – Verás, somos un grupo cada vez más grande de personas mayores, jóvenes y niños: unos son biólogos, otros amantes de la naturaleza, ecologistas,  amantes de los caballitos de mar: queremos que no desaparezcan.

Nuestra sede está junto a la biblioteca pública. Nos reunimos y hablamos  no solo de los caballitos, sino también de otras especies que están en peligro. Contamos cuentos para que los niños y niñas sepan que el mar es de todos. Les enseñamos que no se debe ensuciar la playa, porque esa basura va al mar y los peces se la tragan y mueren. – Pues hacéis un trabajo muy bueno. – ¿ Qué tengo que hacer para ser socio de la asociación de “hipocampo, el caballito de mar”?. – Pues venir a nuestro local; ah, y puedes traer a quien quieras de tu familia.   –Estupendo. Se lo diré a mis abuelos, ellos dicen que hay que cuidar el mar porque es de todos.

 FIN  © Mª Teresa Carretero García

Los Números van de Excursión

Los Números van de Excursión

Un día un grupo de amigos decidió hacer una excursión. Se llamaban Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve y Cero. Eran… sí, Los Números.

Uno parecía un soldadito, y les dijo a sus amigos: Yo marcharé el primero, pues soy el más viejo y quien más experiencia tiene de todos nosotros. Me seguirá Dos. Dos dijo: Yo iré, bien limpito y aseado y no me separaré de Uno porque soy un poco miedoso. Todos sabían que lo que más miedo le daba a Dos era oír el ruido del viento moviendo las hojas.

Tres era muy atrevido y se ponía hacia delante, con las patitas en el suelo, y corría y corría hasta perderse al fondo del camino; entonces se escondía, pues le encantaba asustar a sus amigos. Se oía de pronto ¡ZAS! (era Tres detrás de ellos, y los otros números, asustados, corrían a formar un círculo: Uno, que era muy sabio, les había dicho: Si formamos un círculo, nadie podrá con nosotros: gritaremos y gritaremos hasta que alguien venga y nos ayude, pues los chillidos de los números son muy penetrantes y hacen daño al oído.

Cuatro era el más lento y decía: Yo peso bastante y tengo que descansar, pero soy una buena silla dispuesta ayudar si me necesitan. 

A Cinco le encantaba ir al campo y a los huertos: allí había conocido a una amiga muy parecida a él, La Hoz.

A Seis le gustaba sorprender a los demás. Hoy me disfrazaré de Nueve –decidió– y haciendo el pino aparecía como Nueve, y entonces Seis y Nueve parecían como hermanos gemelos, imposibles de distinguir.

Siete estaba muy orgulloso de su figura y decía: tengo un aspecto muy elegante: nadie puede confundirme, mi rayita en la cintura me da mucha compostura.

Ocho tenía una vista extraordinaria: le gustaba ponerse acostado en forma de gafas, y decía: Hago el servicio de vigilancia, para que nadie nos coma… pero me canso mucho durante el camino de tanto mirar y vigilar.

 

Nueve siempre estaba enfadado porque todos le decían que parecía un globo con un palito.

Él replicaba: es por mi gran cabeza de pensador. Puedo calcular en un momento la hora, las distancias, y muchas cosas más.

Cero era un poco patoso y siempre estaba tropezando con todo. Los números se reían de él y él les contestaba: Soy patoso, pero pronto aprenderé y ya veréis qué rápido ruedo por las laderas del monte.  

A la excursión, cada uno llevó algo para comer; Uno llevaba el agua, para no pasar sed. Dos, que era muy goloso, trajo chuches, que guardaba en una bolsita. Tres no trajo nada, pero dijo: Yo no necesito traer nada porque soy experto en encontrar comida en el monte para mí y los demás.

Cuatro apareció cargado de bocatas muy sabrosos. Cinco guardaría en su panza los papeles y envoltorios para que no quedasen tirados por el monte. Seis se puso en forma de cesta e iba llena de fruta muy rica. Siete y ocho dijeron: Nosotros dos podemos convertirnos en un refugio donde nos  resguardemos si llueve. Nueve llevó la leche y las galletas para la merienda.

Cero dijo: Yo puedo llevar… Los demás números no le dejaron terminar, dijeron: No, no, no es necesario que traigas  nada; tú ten cuidado de no tropezar y de no perderte. Y no te separes de nosotros. Eso haré,  contestó Cero.

Pasaron el día en la montaña jugando y divirtiéndose. A la hora de la merienda, cada uno hablaba de sus habilidades: Uno, por ser el más viejo e importante,  habló a los demás y dijo a todos ellos: Todos somos importantes, pero nadie es más que los demás.

Cero dijo: Yo solo no valgo nada, y delante de un número, tampoco; ¡qué triste estoy! Y se marchó hacia un lugar apartado.

Cero tropezó y cayó rodando cuesta abajo. Como era redondo, no conseguía levantarse, ni siquiera detenerse…fue a parar al  fondo del valle. Por suerte, no tenía magulladuras ni chichones: al ser hueco, pesaba muy poquito y además no se daba golpes fuertes porque, siendo redondo, rebotaba como un muelle.

Al rato, empezaron a echarlo de menos. Nueve dijo: ¡qué más da si se pierde! Cero no tiene importancia ni vale nada. Nadie le contestaba, pero Uno replicó: Cero es tan importante como cualquiera de nosotros. Sin él de compañero, yo no podría formar Diez ni tú –dijo a Nueve– podrías formar Noventa, ni Dos podría formar Veinte, y así los demás. Cero nos hace falta; sin Cero, estamos incompletos.

Anochecía cuando comenzaron a buscarlo. Uno le dijo a Ocho, por su buena vista, que se subiera encima de él para otear.

Alguien dijo: ¿No oís la canción de los amigos números? Viene de allá abajo. Ocho miró hacia el sitio de donde venía el sonido, y dijo: Allá está, apoyado en aquel pedrusco.

 Cuando lo recogieron, estaban todos muy contentos porque ya estaban completos. Desde entonces cuidaron mucho de Cero para que no se perdiera. Los números sabían que habían de quererse bien porque para trabajar tenían que estar mezclándose todo el tiempo con los demás. Antes de irse a dormir, para celebrarlo, cantaron el rap de los amigos números.

”Un, dos, tres/ estamos en las cosas pero no nos veis. /  Cuatro, cinco y seis – que rima con jersey.

Siete ocho nueve, ¡bien! / con el cero hacemos diez”.

FIN   ©Mª Teresa Carretero García

El Albergue de las dos Amigas

El Albergue de las dos Amigas

Estaba una cerdita en su cochinera esperando que le dieran de comer.

Pasaron las horas y su amo no venía. Tenía hambre y sed. ¿Cómo es posible que mi amo se haya olvidado de mí?, pensaba la cerdita.

Pasó la mañana y nadie vino.

Por la tarde, Juani, que así se llamaba la cerdita, tenía ya mucha hambre y  mucha sed. Entonces decidió salir a buscarse la vida. Con cuidado abrió  la puerta y salió al prado.

Era inmenso: todo verde, verde. Juani comió hierba y más hierba hasta hartarse y bebió muchísima agua. Después se tumbó al sol y se entretuvo mirando las flores. Al poco rato pasó por allí una corderilla muy guapa.

¿Dónde vas, corderilla?. -Voy de paseo. –Pues quédate aquí conmigo, que estoy sola tomando el sol.

Bueno, dijo la corderilla; me llamo Rosita, y tú? Yo soy Juani, dijo la cerdita. ¿Qué haces sola en el prado?

-Mi amo ha desaparecido y he salido para comer y beber; ¿y tú, Rosita? 

-Yo me he escapado porque mi ama ha dicho que ya estaba casi criada y como vienen las fiestas, seguro que me comerán.

-No digas eso, Rosita. – ¡Pero si es verdad, Juani!

-Si te quieres quedar conmigo, tengo sitio en la cuadra.

-Bueno, ya  lo pensaré, dijo Rosita.  Esa noche durmieron las dos en la cuadra haciéndose compañía.

A los pocos días encontraron una tortuga boca arriba en el prado.  La tortuga intentaba ponerse en pie pero no podía.

-He tropezado con una piedra y me he volcado, decía. Rosita y Juani le ayudaron a ponerse en pie.

Gracias, dijo la tortuga.

¿Adónde vas, tortuga? -Por ahí, a buscar comida.

-Pues en este prado hay mucha, dijo Rosita, la corderilla. –Sí, pero yo quiero ver mundo.

-Bueno, ya sabes dónde estamos; si quieres jugar con nosotras, ven cuando quieras.

Esa noche Rosita y Juani no pudieron dormir: Todos los animales de las granjas cercanas chillaban sin parar. –¿Qué pasa esta noche con tanto ruido?, se preguntaban.

Al día siguiente se enteraron de que un lobo había entrado en los gallineros y se había comido gallinas, huevos y hasta algunos conejos. 

Estaban asustadas. -Tendremos que tener cuidado, dijeron Rosita y Juani.  

 Desde entonces, cada día cerraban muy bien la puerta de la cuadra para que no entrara el lobo.

 Cuando encontraban algún animal que iba de paso, le ofrecían la cuadra para que pudiera descansar. Así conocieron a muchos animales.

 Y a su cuadra la llamaron Albergue de las Dos Amigas. Y vivieron felices como dos buenas amigas muuuchos años.     

FIN        © Mª Teresa Carretero

 

Azul, color del Arco Iris

Azul, color del Arco Iris

Azul era un color obediente. Nunca se había separado de los otros colores. Aquella tarde, después de la lluvia todos los colores del Arco se habían colocado en fila uno a uno ocupando su lugar exacto en el cielo: en riguroso orden, uno junto a otro se extendieron en arco tomados de la mano, formando una curva bien redondeada.  Sabían que niños y mayores saldrían a admirar su belleza y colorido.

Azul era muy joven… y se aburría de hacer cada vez lo mismo, siempre igual. Él quería tener una vida algo más divertida. Por la noche, cuando los colores se retiraron a dormir a sus camitas de algodón, Azul se dijo: mañana me marcho a recorrer mundo y a buscar divertidas aventuras.

Sin decir nada a nadie tomó un hatillo y se marchó antes de que amaneciera.

No sabía adónde dirigirse. Se sentó con su hatillo. Esperó un poco a que saliera el sol, luego se dirigió hacia donde iluminaban los rayos solares. Oyó un sonido que se acercaba: era una bandada de pájaros volando, que pasaban y se iban alejando hacia el horizonte. Le encantaba ese vuelo libre y veloz: decidió seguirlos. Pronto comenzó a sentir sed y se detuvo junto a una fuente. Allí descansó y bebió agua.

Había cerca unas hojas de árbol bien grandes.

Azul pensó: estaría muy bien que me hiciese un sombrero con esas hermosas hojas… pero no sé cómo unirlas para hacerlo. Un animalillo lo observaba desde su escondite; le dijo: ¿No sabes cómo hacerte un sombrero con esas hojas, eh?. –Pues no, no lo he hecho nunca y me vendría bien para protegerme del sol, ¿sabes tú cómo se hace? –No, pero un amigo mío te puede enseñar. -¿cuándo? –Ahora.

El animalillo dio un fuerte silbido y apareció un pequeño ratón de campo. ¿Quién me llama con tanta prisa?, dijo. –Amigo ratón, aquí Azul necesita de tu ayuda: enséñale a hacerse un sombrero.

–Muy bien, ahora mismito: y con sus rápidos movimientos de uñitas y dientecitos, en un chís-garabís hizo de las hojas un precioso sombrero. Toma, dijo el ratoncito: ya lo puedes usar.

Gracias, muchas gracias; ¿qué puedo yo hacer por ti? –Nada, me lo ha pedido el amigo y yo le he complacido; ¿tienes hambre?  –Un poco, dijo Azul. –Pues ahora traigo algo. Y en menos de un minuto apareció con un cuenco de avellanas, que a Azul le encantaron; hasta entonces solo había comido sopa de nubes.

Me encanta esto que coméis, dijo Azul, pero lo que yo quiero es conocer mundo y correr aventuras. Y los dos dijeron a una: -Si eso es lo que quieres, debes cumplir tu sueño. –Mirad: si queréis que vuelva azul cualquier cosa, os lo puedo hacer. Ellos dos cuchichearon algo y luego dijeron: Bien, cámbianos el color, que queremos divertirnos un poco. Azul pronunció unas palabritas y sus dos amigos se volvieron completamente azules. Enseguida fueron a mirarse en el agua de un estanque: ¡Era cierto, ahora eran azules!

Se pusieron a andar por el monte y se encontraron a un pitufo, que se enfadó muchísimo al verlos de ese color. ¡Venid aquí!, dijo en voz alta, muy serio. ¿Qué hacéis, de ese color azul? Es el color de los pitufos y vosotros no podéis ir así; ¡bañaos en el arroyo y quitaos ese color!

Pero oiga, que no es pintura: nos ha puesto de ese color nuestro amigo Azul y no nos lo podemos quitar. ¡Bueno, pues poneos algo encima: un disfraz o lo que queráis: No os quiero ver así!. Y se fue muy enfadado.

En una casita cercana cenaban una niña y un perro. El perro comenzó a ladrar y la niña salió a la puerta con un palo paya ahuyentar a aquellos extraños.

Al ver a Azul cansado y con frío, se le acercó: -¿Estás solo? –Sí, viajo para conocer mundo y correr aventuras. -¿Y nadie te acompaña? – No. –¿Tienes hambre? –Sí, y también sed y sueño; ¿te importa que duerma junto a tu casa? –No, no; pero mejor estarás dentro: pasa, te podré un plato.-Gracias, niña; me llamo Azul, ¿y tú? .- Mariela. Y mi perro, Cariñoso. Es mi fiel amigo.

 

Después de cenar, colocaron entre los dos un colchón cerca de la chimenea. Mariela y Cariñoso se fueron a dormir y Azul quedó en el salón. Azul estaba muy contento de la suerte que había tenido en su primer día de aventuras. Durmió de un tirón hasta que el sol le guiñó en su cara despertándole.

Salió a la puerta para despedirse y vio a la niña y el perro en el porche pelando manzanas.

.–¿Qué hacéis? –Preparando las manzanas para hacer rica mermelada para el invierno: cuando comience a nevar será muy difícil bajar al pueblo. ¿Estás preparado para el viaje? -¿Es que hay que prepararse? –Claro: habrá lugares en que no encuentres comida ni agua ni sitio donde dormir. –Anda, no lo había pensado.

Mariela se puso seria y dijo: Antes de hacer un viaje hay que planificarlo. –Y entonces ¿dónde está la aventura, Mariela?.- No te preocupes, Azul: siempre surgirán un montón de cosas inesperadas. –¡Pero si ya he comenzado el viaje, Mariela!¡No puedo volver con mis amigos sin haber vivido una aventura!

La niña seguía callada pelando sus manzanas… y de pronto dijo -¡Ya lo tengo!, te quedarás conmigo y con mi perro hasta que aprendas lo básico para viajar solo. –¡O. K., choca esos cinco! (el perro se levantó y extendió su manita para chocarla también). ¿Cuándo empezamos, Mariela?. –Esta tarde; ahora puedes pasear por aquí cerca; luego pondremos la mesa entre los tres y comeremos. –De acuerdo, Mariela; hasta ahora.

Las lecciones comenzaron esa tarde, y eran:

La primera, saber orientarse: los puntos cardinales. Azul los conocía y sabía que de día te guía el sol y de noche las estrellas.

La segunda lección era hacer fuego. Le costó un poco más, porque el palito se le escurría de la mano. La tercera era buscar agua; a Azul le encantó aprenderlo. La cuarta, saber qué se puede comer y qué no y la quinta buscar refugio.

-¡No sabía yo que había que aprender tantas cosas para ir de aventuras!

–Claro, a veces tendrás que dormir al raso tapándote con lo que encuentres. Otras veces el viento te impedirá andar. Otras, tendrás que usar el ingenio para encontrar agua y comida. Cuando sepas todo eso serás un perfecto explorador.

Al cabo de un mes, Azul empezó a echar de menos las tareas que él tenía con sus amigos haciendo el Arco Iris.

Un día llovió mucho. Mariela y Cariñoso salieron a admirar el Arco Iris. Azul quedó impresionado: en medio de los colores había una franja en blanco, era el hueco que había dejado en el arco Iris. – ¡Qué pena: sin ti no parece realmente el Arco Iris!, dijo Mariela. Cariñoso, entretanto miraba a Azul y ladraba.

La gente se extrañaba del nuevo Arco Iris con una franja en blanco. ¿Qué habrá pasado?, se preguntaban todos.

Los demás colores se colocaban como mejor podían; formaban una fila impecable y perfecta, pero nada podía suplir la ausencia del Azul. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que la mejor aventura que le había sucedido en su vida era formar parte del Arco Iris y poder alegrar a niños y mayores después de la lluvia.

Un día dijo Mariela: Azul, ya estás preparado para vivir aventuras. –Sí, pero me he dado cuenta de que mi mejor aventura es formar parte del Arco Iris. Mañana volveré con mis amigos. –Si es lo que tú quieres, me alegro por tu decisión. –Gracias por todo. He aprendido mucho contigo y con Cariñoso. Lo hemos pasado muy bien; hasta pronto. Adiós, amigos.  

Y diciendo esto se volvió para encontrarse con sus compañeros.

Días después llovió. Mariela y Cariñoso salieron a  contemplar el Arco Iris: Azul lucía más espectacular y brillante que nunca.         

FIN                                       ©  Mª Teresa Carretero

Un Amigo Invisible

Un Amigo Invisible

Eulalia era una anciana que vivía sola;  poco a poco se había quedado el pueblo sin gente; ni un solo amigo: se habían ido yendo todos a la ciudad, los jóvenes y los mayores. Se cerró el colegio, también la iglesia, las tiendas…
Ella estaba a gusto sola, pues era muy valiente y no tenía miedo.
Se levantaba temprano y daba de comer a sus gallinas, ovejas y a su vieja vaca Margarita.
Hola, Margarita, le decía, buenos días, ¿cómo estás? Y la vaca le respondía: Muuu. –Muy bien, Margarita; yo también estoy bien; ¿te canto una canción mientras te ordeño?, y Margarita volvía a decir Muuu. Eulalia comenzaba a cantar. Las gallinas, empezaban a cacarear, los corderos se ponían muy contentos, los gallos entonaban su más sonoro ki-kirikí y entonces las gallinas empezaban a poner huevos una tras otra.
Qué contentos estamos todos, ¿eh?, les decía.
La cuadra y el gallinero eran un alegre griterío con el mugir de la vaca, el cacareo de las gallinas, el kikirikí de los gallos y el balar de las ovejas. Y ella decía: Yo con vosotros soy feliz y no necesito de nadie más.
Ha comenzado el otoño y pronto llegará el frio. Tengo que preparar todo para el invierno. Cortaré mucha leña para calentarme; parece que este invierno hará más frío.
Mañana tomaré el hacha e iré al bosque a cortar leña de unos árboles secos que he visto.
Y a la mañana siguiente, Eulalia cuando salía con su hacha, vio al lado de su casa… ¡un montón de leña ya cortada! ¡Vaya! ¡esto sí que es un regalo!, se dijo. No sé quién habrá sido, pero yo soy una mujer de suerte.
Por la noche, al cerrar las ventanas antes de acostarse, vio que una de ellas no cerraba bien, y pensó: hay que arreglarlas antes de que venga el frío, mañana lo haré. Al día siguiente fue por unos libros de la biblioteca de la escuela, pues ella guardaba la llave. Esa tarde la pasó leyendo en casa. Al ir a cerrar las contraventanas se llevó una sorpresa: ¡Anda! ¡La ventana me la han arreglado y cierra perfectamente! Soy muy, muy afortunada: me aparece cortada la leña y la ventana se me arregla de un día para otro…
El gato de Eulalia, de nombre Compañero, era friolero y dormilón. Una noche después de la cena estaba enroscado como un ovillo junto a la chimenea. –Ya tienes frío, Compañero, le dijo Eulalia; y el gato levantó la cabeza y se puso a ronronear. Ella entonces recordó que en mucho tiempo no había limpiado la chimenea porque la escoba de deshollinar tenía el palo roto. Hay que limpiarla para poder encender bien el fuego. Mañana le haré un mango nuevo a esa escoba con esas cañas gordas que hay junto al río. Pero deshollinar… es trabajo duro: no sé si lo podré hacer.
Al día siguiente, a la hora de la siesta estuvo leyendo y se quedó dormida un largo rato. Cuando despertó vio restos de hollín por el suelo. ¡Madre mía!, gritó, al ver que estaba la chimenea limpia como los chorros del oro. ¡Se ha limpiado sola!, exclamó. ¡Qué dices, Eulalia!, se corrigió– eso que digo es imposible, nada se limpia solo; ¡aquí hay gato encerrado!

-Miau, Miau! , chilló Compañero enfadado. ¡Que no estoy encerrado, que estoy aquí!
-Esto lo ha hecho alguien, porque en este pueblo no hay, ni nunca hubo, fantasmas. Además los fantasmas solo asustan y no hacen tareas de la casa.
Salió a la puerta y se puso a bailar de contenta; cantaba:

Con sueeeeerte. Con mucha sueeeeerte.
Soy mujer con mucha, con mucha, con mucha sueeerte.
Y los animales, al oírla cantar, comenzaron también a entonar sus melodías. Amigas mías, decía: Sabed que soy una mujer con mucha suerte.
Contempló la noche estrellada, con un cielo muy limpio, y pensó: Una de estas noches caerá la primera nevada. Tengo que recoger las verduras de mi huerta antes de que puedan helarse. También recogeré las manzanas, las peras y alguna granada que aún queda en el árbol. Tuvo un dormir muy tranquilo y feliz al pensar que su casa estaba arreglada y su chimenea bien limpia.
¡Qué disgusto se llevó por la mañana cuando no había verduras ni frutas en su huerto! ¿Quién se las habrá llevado?; me he quedado sin nada.
Bueno, será alguien que las habrá necesitado. Aún puedo conseguir que me traigan lo que necesito, porque ya pronto aparecerán los cazadores y me ayudarán.
Cuando volvió a la casa, al acercarse a la cuadra vio la puerta del almacén abierta y dentro bien ordenadas, todas sus verduras. Alguien se las había recogido. Eulalia, esto no es magia –se dijo- esto es alguien que nos está ayudando.
Miau, miau –asintió Compañero. ¿Quién eres?, gritó Eulalia, ¿estás ahí, buen amigo?, sal, que quiero conocerte. Nadie contestó y Eulalia entró en su casa y cerró la puerta.
Siguió muy atenta a cualquier ruido, tenía curiosidad por averiguar qué pasaba o quién era su amigo invisible. Compañero, decía a su gato: No estamos solos; hay alguien en el pueblo que nos ayuda. Un rato después encontró delante de su casa la fruta recogida. Compañero, dijo al gato: Es el amigo invisible que vela por nosotros y nos ayuda. Soy la mujer con más suerte del mundo.

Y ya no buscó más quién era; sabía que tenía un amigo invisible y eso le bastaba.
Esa noche, en otra casa del pueblo, unos troncos ardían en la lumbre. Un hombre calentaba sus manos al fuego de la chimenea. Era Juan, el hijo del herrero, que había vuelto al pueblo para quedarse. Por el cielo volaba el geniecillo protector de los ancianos.
FIN              © Mª Teresa Carretero

 

 

La Casita de Perro Joey

La Casita de Perro Joey

Joey era un perrillo vagabundo que solo tenía un pensamiento: construirse una casita donde vivir y resguardarse del frío y la lluvia en invierno y del sol en verano.

Con mucho esfuerzo se construyó la casa: era la más bonita que hubiera podido construir un perro.

Por fin vio cumplido su sueño. Entonces pensó: quiero enseñársela a mis amigos… Pero pronto le entró miedo y se dijo: si dejo la casita sola, la pueden ocupar y me la pueden estropear y romper las cosas que tengo dentro y que me gustan. Si pasara eso, sería horrible.

Tomó entonces una gran decisión: nunca me alejaré de mi casita.

A los pocos días comenzó a aburrirse de estar siempre vigilando la casita. ¡Qué fastidio!, se dijo. Antes no tenía donde guarecerme, pero todo el campo era mi casa y podía jugar con otros animalillos y divertirme…

Entonces comenzó a ponerse triste. Se le quitaron las ganas de ladrar y de correr alrededor de la casita. ¿Por qué ahora solo quiero llorar si ya tengo mi casita y soy feliz? No lo entiendo.

Un soplo de aire que jugaba con una hoja lo miró y dijo: Estás triste porque pasas todo tu tiempo vigilando la casa.

Es verdad, respondió Joey. Antes no tenía donde dormir, me mojaba, pasaba frío, pero me divertía un montón. ¿Cómo haré para ser como antes?

Un rayo de sol  lo escuchó, se paró y le dijo: No vigiles tanto tu casa y pásatelo bien con tus amigos. Joey quedó muy pensativo: ¿Tendrá razón el rayo de sol? ¿Es posible que me haya olvidado de mis amigos?

Pensando y pensando tuvo una gran idea: Haré una fiesta para que todos vean mi casita.

A todos les entusiasmó su casa y admiraron las buenas artes de Joey para la construcción.

A partir de entonces, la casita fue importante para él porque ya tenía dónde resguardarse y no era ya un perro vagabundo, pero los amigos fueron ya lo más importante de su vida.

FIN                   ©Mª Teresa Carretero