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El Don de Fortunato

El Don de Fortunato

Fortunato era un niño muy especial.

Antes de nacer Fortunato, su madre, Celia, tuvo una visión muy extraña: Se le apareció una mujer muy guapa con un vestido cuajado de estrellas de mil colores. Tenía una piel muy blanca, los  ojos de color miel y unos labios rojos como pétalos de una rosa.

Se dirigió a Celia y le dijo: Cuando nazca tu hijo tendrá un don especial. ¿Cuál será?, preguntó Celia. La mujer desapareció en un instante, sin responder a la pregunta.

Por la noche le contó la visión al marido. -No te preocupes mujer, ha sido solo un sueño; te habrá sentado mal la cena. -No, no: era tan real como te estoy viendo a ti, los colores de los árboles del bosque eran de un verde como nunca había visto. –Claro, eran de un sueño. Lo mejor es que te olvides de eso.

Pasaron los meses y nació el niño, que era precioso: parecía un muñequito.

-¿Qué nombre le pondremos? preguntó el papá. -Yo le pondría Fortunato.  -Pero mujer, a mi me parece un nombre muy largo para un niño tan pequeño. Ya sé, estás pensando en la aparición.  -Claro, si es cierto que tiene un don, será un niño afortunado.  -Si es lo que te gusta, le pondremos ese nombre, añadió el padre.

Y así el bebé pasó a llamarse Fortunato. Siempre estaba sonriendo, nunca lloraba ni se enfadaba. Si se le caía la chupeta esperaba pacientemente a que se la colocaran de nuevo, y si le daban el biberón un poco más tarde, tampoco se enfadaba.

-Qué suerte hemos tenido de tener un bebé tan bueno, decía la mamá de Fortunato.

El niño fue creciendo; le encantaba que su mamá lo pusiera en el jardín de la casa para mirar las flores y los pájaros.

Un día Celia observó que cuando Fortunato salía al jardín, los pajarillos y las mariposas se acercaban a él y comenzaban a rodearlo y a cantar con bonitos trinos. Lo que más extrañaba a Celia era que rodearan al niño  pajarillos, mariposas, abejas, chicharras, que nunca le picaban…

Fortunato fue creciendo y aprendió a hablar. Un día en el jardín de casa  Celia observó a su hijo. Hablaba con los animalillos:  -Hola amiguitos, buenos días: ¿Cómo estáis esta mañana? Los pajarillos trinaban y las mariposas se acercaban a sus oídos; los abejorros zumbaban,  y lo más extraño era que él entendía lo que hablaban. Otro día lo escuchó decir: – Hoy os pondré   nombre para poder dirigirme a cada uno de vosotros. No arméis tanto ruido y dejadme pensar.

La mamá escuchaba atónita la conversación…Entonces recordó el sueño que tuvo antes de que naciera Fortunato y dijo en voz alta: El don era que podría hablar con los animales. Cuando venga mi marido le diré mi descubrimiento.

El papá la escuchaba atentamente mientras Celia repetía: Te aseguro que lo he visto yo misma, nuestro hijo tiene ese don.

Una mañana, Fortunato, fue de excursión con su clase a una granja cercana. El granjero les enseñó  sus animales. Tenía cerdos, ocas, pollos, gallinas, conejos, ovejas y dos burritos. El granjero presumía de sus animales. Un niño preguntó: ¿cuántos huevos ponen las gallinas cada día?.

El granjero se puso serio y respondió: hace una semana que han dejado de poner huevos y no lo entiendo.

Entonces Fortunato preguntó: ¿podemos ver  las gallinas? – Claro, venid conmigo.

Fortunato se acercó a una gallina, la acarició y todas las gallinas del gallinero se apiñaron a su alrededor y comenzaron a cacarear.

El granjero, sus compañeros y la profesora se quedaron muy extrañados. ¿Qué tenía Fortunato con las gallinas, que todas cloqueaban a su alrededor?

Cuando salieron del gallinero, Fortunato le dijo al granjero: las gallinas están bien, pero asustadas porque desde hace varios días un zorro se acerca al gallinero e intenta abrirlo para comérselas. Eso las estresa y hace que no puedan poner huevos. Cuando se solucione el problema,  pondrán más huevos que antes. Muchas gracias niño, nunca olvidaré tu ayuda.

-Señor granjero: al pasar junto a un burrito he visto que estaba triste. -Es cierto,  lo he llevado al veterinario. Dice que está muy sano para su edad. -Podría acercarme a él? – Claro que sí.

Fortunato se acercó al borrico; tras escuchar un rato sus rebuznos, volvió junto a sus compañeros y el granjero, algo nervioso, preguntó: ¿ qué  le pasa a mi borrico?. Fortunato dijo sonriendo: no se preocupe, el burrito está bien. Está triste porque cree que como es viejo lo va a  vender y traerá otro joven. A él le gusta vivir con usted y con  todos sus amigos en esta granja.

El granjero, con lágrimas en los ojos, dijo: No lo voy a abandonar, porque a los buenos amigos nunca se los abandona, aunque estén viejos y ya no puedan trabajar. Efectivamente, traeré otro joven para que me ayude en la granja y haga las tareas que él ya no puede hacer, pero aquí hay sitio para  tres burritos.

Él me acompaña desde hace tiempo y yo lo considero un amigo. Díselo, Fortunato, por favor. El burrito tras escuchar al niño se acercó a su amo y empezó a rebuznar de alegría mientras todos los niños reían y hacían palmas.

Así fue como los niños y niñas de su clase supieron que tenían un compañero muy especial a quien recurrir cuando sus mascotas se pusieran tristes o enfermas. Fortunato fue feliz porque  con su don podía ayudar a sus compañeros y amigos.

F I N    © Mª Teresa Carretero

La Nube Caprichosa

La Nube Caprichosa

Las nubes se paseaban por el cielo. Cada día, antes de salir, se reunían para decidir adónde ir.

La nube secretaria apuntaba en su libreta los lugares donde iban, para así poder visitar todos los rincones de la tierra.

Hoy, dijo la nube más anciana, saldremos pronto porque más tarde el viento va a soplar fuerte  y nos arrastraría lejos y entonces no podríamos llover sobre los campos resecos que vimos ayer.

Las nubes jóvenes replicaron: no siempre tenemos que producir lluvia. Nosotras queremos jugar y divertirnos. Hace mucho tiempo que no hemos hecho figuras de animales y es lo que hoy nos apetece hacer. La nube secretaria dijo: pero nosotras somos nubes buenas y debemos descargar agua donde se necesite. Si cada una hace lo que quiere, ocurrirá como el mes pasado, que fuimos a parar a un mismo lugar y estuvo lloviendo allí demasiado. Y al final, en vez de ayudar, estropeamos la cosecha.

Las nubes jóvenes contestaron: De acuerdo, pero nosotras queremos divertirnos, y eso haremos. Sin hacer caso a las nubes mayores, se marcharon a divertirse.  Estuvieron una semana jugando y divirtiéndose. Pero poco a poco se fueron aburriendo y regresaron con las demás nubes; todas menos Blanquita.

Blanquita no quiso hacer caso a las otras nubes y se quedó sola. Pronto entendió que sola no servía para mucho.  Si se ponía a llover, era poca el agua que soltaba y no ayudaba a nadie. Si estaba ventoso, el viento la arrastraba muy fuerte y aunque ella le gritaba, el viento no la oía, y no tenía con quien hablar.

Entonces dudó si no sería mejor volver con sus amigas al grupo de nubes. Pero ella aún quería seguir sus aventuras.

Un día que estaba cansada y triste, se quedó dormida. Despertó sobre un gran árbol. Vio una casita y una niña que jugaba en el jardín.

La niña miró al árbol y vio la nube. Se frotó los ojos, pues era la primera vez que veía una nube tan cerca y  en su jardín. Llamó a su hermano Luis y los dos se sentaron mirando la nube.

Oye, dijo Luis a su hermana: ¿Cuánto tiempo seguirás mirando a la nube? Sólo un poquito más, respondió La nube se fue a dar una vuelta por el cielo, y los niños volvieron a sus juegos.

Por la noche, la nube volvió al árbol. A la mañana siguiente dijo Luis: María, la nube está ahí, durmiendo.

No hables fuerte, dijo María, no la despertemos, tendrá sueño.

Y los niños estuvieron callados observándola hasta que la nube despertó.

¡Hola!, dijo la nube, ¿Qué hacéis? . -Mirándote dormir, respondieron.

Si me subo al árbol -dijo Luis, ¿me dejarás que te toque?; nunca he tocado una nube.

No hace falta, respondió la nube: yo bajaré un poco más para que me puedas tocar. – Gracias, nube, dijo el niño.

¿Qué hacéis aquí solos?, preguntó la nube.

No estamos solos, respondieron los niños. Nuestros papás están dentro de la casa; nosotros jugamos todo el día en el jardín porque estamos de vacaciones; ahora no hay cole.

Oye, nube, dijo María, ¿Quieres jugar con nosotros?

¿Y qué tengo que hacer? preguntó la nube.

Forma figuras de animales, dijo la niña. Luego decimos qué vemos y tú dirás quién ha acertado.

Me encanta, dijo la nube, ¡vamos ya! Y se alejó del árbol para hacer sus figuras.

Estuvieron jugando toda la tarde; al día siguiente volvieron a jugar. Esta vez fueron al prado. Los niños corrían o saltaban y la nube les hacía sombra cuando tenían mucho calor.

La nube dijo: si queréis os puedo refrescar. ¿Cómo? preguntaron los niños. Pues lloviendo sobre vosotros. Y eso hizo la nube. Se dieron la ducha más divertida de su vida.

Poco a poco, la nube y los niños se hicieron amigos y se quedó a vivir en el árbol del jardín.

Por la mañana temprano, la nube se posaba sobre las ventanas de las habitaciones de los niños y los llamaba. Los acompañaba hasta el colegio y se quedaba en el cielo del patio hasta que salía del cole, para volver con ellos a casa.

Oye, nube, le dijeron un día los niños: ¿Tú nos darías un paseo? Nunca hemos visto nuestra casa desde el cielo.  Ella los montó encima y se dieron un paseo por el cielo.

¡Qué chuli! decían los niños mientras saltaban y  daban volteretas en la nube. ¡Qué blandita y blanca eres! Gracias por pasearnos. Nube, te queremos.

Y la nube se puso muy contenta.

Oye, nube, dijeron los niños un día: ¿Por qué no te quedas a vivir con nosotros?

¿Queréis que me quede?. preguntó la nube

Sí, sí, por favor, respondieron los niños.

Y la nube se quedó a vivir sobre el árbol del jardín hasta que se hizo muy mayor. Un día desapareció. Los niños preguntaron a su mamá por la nube. Ella les contó que unas nubes jóvenes habían venido a llevarla con su familia de nubes.

FIN                  © M. T. Carretero

La Uña Mágica de Alberto

La Uña Mágica de Alberto

En las afueras de una pequeña ciudad vivía un hombre en su vieja cabaña. Su único entretenimiento era cuidarse la uña del dedo índice de su mano derecha. Esta había crecido más que las otras. Estuvo cortándola varios años, y cada vez que lo hacía esta crecía más.

Un día, cansado del trabajo que le daba la uña dijo: “Se acabó, quieres tomarme el pelo, pues no lo conseguirás, crece todo lo que quieras, desde ahora no te haré ni caso”. Cumplió lo que dijo y la uña creció y creció, hasta que dejó de hacerlo.

Así fue como la uña se convirtió en algo muy útil para Alberto, que ese era su nombre.

Con un tamaño de varios centímetros la uña resultó muy, pero que muy útil para Alberto. Con ella alcanzaba las cosas que estaban en los lugares altos de los armarios, se peinaba con ella e incluso le servía para recoger las semillas de las amapolas que había en el campo.

Un día al despertarse descubrió una cosa maravillosa en su uña  ¡le había nacido en ella una amapola roja, muy roja, preciosa!.  La cuidó con mucho mimo, regaba la amapola con agua clara de un manantial que había cerca de su casa y mientras vivió la amapola, tuvo mucho cuidado de no dañarla, pero la amapola se secó y la uña se volvió a utilizar para  los trabajos que había hecho siempre.

 La cabaña de Alberto era muy sencilla, él no necesitaba grandes cosas para vivir.

Detrás de la cabaña tenía un huerto donde había rosas, plantas aromáticas, naranjos, limoneros, lechugas tomates, perejil…decía Alberto que todas las plantas juntas crecían mejor, porque así se hacían compañía.

Un día fue a la ciudad a comprar clavos, pues se había estropeado una estantería de su casa. 

Volviendo a casa encontró a una niña llorando junto a un pozo. La miró, se detuvo y preguntó:-por qué lloras niña?. – Porque acabo de perder mis libros y mis cuadernos y dentro de unos días tengo los exámenes y quiero sacar buenas notas. – Y como los has perdido?. La niña lloraba y lloraba – tranquilízate y cuéntame lo ocurrido a lo mejor te puedo ayudar.

Pues verá señor… Me llamo Alberto, dijo el hombre.   Y yo Margarita: Como le decía, los ancianos del pueblo dicen que este pozo es mágico y que si dices ciertas palabras se cumple tu petición. Yo había pedido ser la primera de la clase para poder estudiar en la ciudad cercana. Es lo que me gusta y ahora sin mis libros no lo conseguiré.

Alberto se rascó la cabeza con su uña mientras pensaba, y dijo: Margarita, dime las palabras mágicas que pronunciaste. La niña comenzó de nuevo a llorar desconsoladamente y dijo con voz entrecortada por el llanto: Es que las llevaba escritas en la  libreta que se cayó al pozo. Alberto intentó consolarla: No te preocupes, encontraremos una solución.

Buscaron por los alrededores alguna rama de árbol,  pero todas era cortas. Entonces el dedo comenzó a girar y la uña  a señalar hacia el pozo. Alberto estaba muy extrañado, pues aunque sabía que su uña era especial, nunca se había comportado de esa manera. Se dirigieron los dos al borde del pozo y Alberto colocó su mano sobre el pozo e inmediatamente el dedo y la uña señalaron en dirección al fondo. Ante el asombro de los dos, el agua comenzó a subir hasta llegar al borde, y pudieron rescatar los libros y el cuaderno. La niña no sabía cómo agradecerle su ayuda.

Alberto se llevo el dedo a los labios y dijo: de esto ni una palabra a nadie por favor. Así lo haré, respondió la niña. Y estudia mucho para que se cumpla tu deseo.

– Vale. Y muchas gracias por tu ayuda.

Nunca olvidó Margarita el gran favor que le hizo Alberto

Pasó el tiempo y un día que Alberto dormía la siesta escuchó  ladridos y voces de personas  cerca de su casa. Salió a la puerta y vio a su amiga Margarita.  ¿Qué pasa, con tanto ruido?

-Un niño se ha perdido y andamos buscándolo. -Válgame Dios, pues si que es un problema.        -Estamos muy preocupados porque si se nos hace de noche sin encontrarlo, el niño pasará mucho frío y mucho miedo.

-¿Y qué puedo hacer yo por vosotros? – Pues verás, recuerdas lo que pasó en el pozo? –Claro, para mí fue toda una sorpresa lo que ocurrió. -Pues ahora quiero que utilices tu uña mágica para que nos ayude a encontrar al niño.  -Bien lo intentaré; veremos si funciona.

No quiero que nos vea nadie, Margarita. No te preocupes, me quedaré junto a ti y luego alcanzaré a los demás.

Alberto abrió sus manos e inmediatamente, de nuevo el dedo comenzó a girar y la uña, como si fuera una flecha, apuntó justo al lugar contrario por donde marchaba la gente.

Margarita exclamó: Madre mía, íbamos por el sitio equivocado. Muchísimas gracias por tu ayuda, Alberto. La niña corrió a avisar a la gente que el buen camino era otro.

Antes del anochecer encontraron al niño, que estaba sentado junto a un árbol y jugaba con unos pajarillos.

En el pueblo todos agradecieron a Margarita que les hubiera ayudado a encontrar el niño. Pero ella estaba muy preocupada porque  fue la uña mágica de Alberto la que les indicó el camino correcto para encontrar al niño; debería decirlo, pensaba.

Un día fue a la cabaña de Alberto  y ella dijo que no veía justo que se lo agradecieran a ella, que quería que se supiera la verdad. Alberto, sonrió y le dijo: Margarita, es mi deseo que no se sepa. A veces lo importante es ayudar a los demás, aunque nunca sepan quien lo hizo.

F I N   ©Mª Teresa Carretero García

Valiente, la Corderilla

Valiente, la Corderilla

Como cada día, la corderilla Valiente salía al prado a comer hierba fresca.

Valiente sabía que tenía que vigilar y tener cuidado.

 No debes alejarte del grupo, le había aconsejado su mamá: hay un lobo que se lleva corderillas jóvenes como tú para comérselas.

Mamá, preguntaba la corderilla valiente: ¿y por qué hace eso?

No lo sé, respondió la mamá de Valiente.

Pero ese lobo ¿se alimenta solo de corderillas? Pues yo no le dejaré que me coma. No, no lo dejaré.

Esa noche la corderilla soñó que se la comía el lobo y en el sueño lloraba y lloraba llamando a su mamá.

Desde aquel momento, Valiente siempre estaba vigilante. Nunca descuidaba la guardia  y no se alejaba de las corderas y borreguitos mayores.

Un día oyó Valiente unos gritos muy tristes cerca de donde pastaba. Dejó de comer y se puso a escuchar atentamente. Los gritos venían de entre unos árboles cercanos.

Miró alrededor y dijo: ¿Quién llama?  Pensó: alguien necesita mi ayuda, puede que esté alguien en peligro. Y como ella era la corderilla Valiente, con cuidado se dirigió al sitio de donde venían los gritos de auxilio. Ahora los oía muy claramente: ¡Socorro, auxilio, ayuda por favor..!

Cuando llegó quedó paralizada: ¡era el lobo que se comía las corderillas jóvenes!

Ah, eres tú, dijo ella ¿Qué haces ahí?. El lobo, con voz lastimera le dijo: Soy un lobito bueno, que he pisado una trampa que han puesto al lobo que se come las ovejitas.

¡Ah, ya! Respondió Valiente la corderilla muy enfadada. ¡Estás mintiendo, lobo malo!, añadió. El único lobo que hay por estos prados eres tú, tú, comedor de corderillas! ¡Así que no te soltaré!

El lobo, llorando, le dijo: pero estoy atrapado y no me puedo soltar. El cepo me ha hecho daño en una patita y si no me ayudas, me moriré aquí.

La corderilla Valiente le dijo aún más enfadada: Eso lo dices para darme lástima y que te suelte, pero seguro que cuando estés libre intentarás comerme. No me engañes, eres malo y no quieres a nadie, eres un egoísta y solo piensas en ti.

El lobo guardó silencio y al poco dijo: Y por qué no pensamos en algo que nos sirva a los dos?

Buena idea, dijo ella; me sentaré aquí al lado a pensar. Pero no tardes, que la patita me duele mucho, dijo el lobo.

Mira, lobo, dijo Valiente: yo te soltaré pero primero prométeme que no comerás ni a mí ni a ningún cordero ni cordera del prado, o no te suelto.

El lobo contestó: pero es que me pides un sacrificio muy grande, grandísimo y no sé si lo podré cumplir, porque yo siempre he comido corderillas, que están buenísimas (y dijo esto relamiéndose).

La corderilla Valiente le dijo: no digas tonterías: O me prometes que nunca más comerás corderas ni corderos o no te suelto.

Pero es que es tan fuerte y tan difícil lo que me pides, que no sé si lo podré cumplir. Pues piénsalo bien: O me prometes que nos dejarás en paz o te dejo en el cepo.

La corderilla, mientras tanto se iba alejando del lobo.

No, no te vayas, vuelve, gritaba el lobo: no me dejes así.

El lobo comenzó a llorar y la corderilla volvió, pues le dio lástima.

Venga, ¿te decides o no? Porque mi mamá me está esperando, dijo Valiente.

Bueno, dijo el lobo entre sollozos: libérame y me volveré vegetariano para siempre jamás.

¿Lo prometes? Lo prometo, palabra de lobo bueno.

La corderilla liberó al lobo de la trampa, lo llevó a un riachuelo y le puso en la patita una cataplasma de hierba; dijo: estate dos días sin moverte y al tercer día tendrás la patita bien. Y se marchó.

Tiempo después una corderilla en el prado gritó: ¡Que viene un lobo! ¡Que viene un lobo!

Todas, asustadas, formaron un círculo cerrado para defenderse.

Cuando la corderilla Valiente vio al lobo, dijo: no os asustéis, es mi amigo lobo y solo come hierba: es vegetariano.

¿Y eso cómo es? Dijeron sus amigas corderas. ¡Es una larga historia!, respondió Valiente mientras se acercaba al lobo para saludarlo.

FIN   

©Mª Teresa Carretero García

Pipo, el Abejorro Rojo

Pipo, el Abejorro Rojo

Había una vez una familia de abejorros que vivían en un árbol del bosque. Todas las mañanas salían con sus hijos Pipo y Suki a buscar comida.

Una vez se adentraron en el bosque y Pipo se quedó atrás mirando mariposas y pajarillos que jugaban al corro.

De pronto Pipo se encontró solo, se había perdido.

Sus papás lo llamaron muchas veces pero él no los oía. Cansado de volar y con mucha hambre se paró al borde de un camino. Comió de unas flores y se quedó dormido.

Cuando despertó miró a su alrededor. No conocía el lugar. Comenzó a llorar…

Se había quedado dormido sobre una flor y sus lágrimas resbalaron por las hojas hasta el suelo. A la sombra de esa flor descansaba un pequeñín, un ser diminuto, como un gnomo.

Las lágrimas de Pipo lo mojaron y Tin creyó que llovía. ¡Anda, un abejorro rojo, con lo que me gustan!

¿Me hablas a mí?, dijo Pipo enfadado.  Sí, dijo Tin. -Me llamo Pipo; estoy solo y me he perdido. Y continuó llorando.

Tin, condujo a Pipo hasta su casa y contó a sus papás cómo lo había encontrado: «está perdido y no tiene dónde ir”.  Su papá Tadeo le mostró el hueco de un árbol donde antes había vivido un abejorro. Pipo se puso muy contento al ver que ya tenía una casita donde dormir. Tras limpiar su casita, se dio una vuelta por el bosque y se preparó una cama bien mullida. Por la tarde estuvo jugando con los pequeñines de la aldea.  Todos los días jugaba y se divertía con sus nuevos amigos. Un día, el pequeñín Ifo se cayó y se rompió un brazo. Nadie sabía cómo arreglárselo.

Tin y Pipo quisieron ayudarle y, tras mucho pensar idearon un aparato, que llamaron aviobús, para llevarlo al médico al pueblo grande más cercano con el señor Tadeo y con la mamá de Ifo. En pocos días y con ayuda de todo el pueblo estaba listo el aviobús.

-Ahora hay que probarlo, a ver si funciona. El señor Tadeo preguntó a Pipo: ¿ Estás seguro que podrás con nosotros y con el aviobús? -Estoy segurísimo: soy muy fuerte. Yo seré el primero que se suba en el aviobús, dijo Tin.  -Y yo te acompaño, añadió su papá.

Entre todos empujaron el aviobús por una rampa y cuando estaba arriba, Pipo se ciñó el aviobús al cuerpo con mucho cuidado de no estropear sus alas.

El aviobús subía y subía con la ayuda del aire.

Dieron una vuelta sobre el bosque y pronto descendieron en un lugar donde habían colocado hojas secas y musgo para aterrizar suavemente. La prueba había salido bien, y enseguida prepararon el viaje.

El señor Tadeo llevaba un mapa y una brújula por si se perdían y a las tres en punto se pusieron en camino. Cada quince minutos, Pipo hacía una parada de descanso. Después de la tercera parada, ya casi de noche, el señor Tadeo dijo: ese es el pueblo.

Pipo preguntó: ¿Está usted seguro? -pues era un pueblo de pequeñines, todo muy diminuto.

Aterrizaron en un lugar cubierto de hierba y musgo. Pronto les rodearon muchos pequeñines, amigos del señor Tadeo. Este les contó que traían a Ifo para que lo viera el médico.

Rápidamente lo llevaron a la consulta del doctor Tomillo.

Estuvieron varios días en el pueblo hasta que Ifo se curó. Pipo aprovechó para descansar y prepararse para el viaje de vuelta. El pueblo tenía escuela, mercado, hospital y muchos jardines y plazas donde jugaban los pequeñines.

Pipo conoció a otros abejorros y a todos preguntaba por su familia, pero nadie los había visto.

Cuando el médico dio permiso a Ifo para volver a casa, los vecinos hicieron una rampa para despegar, como la que utilizaron al emprender el viaje.

Entre todos llevaron el aviobús a lo alto de la rampa.  Pipo se ciñó el aviobús con cuidado de no rozar sus alas y emprendieron el camino de vuelta a la aldea. Antes de anochecer ya estaban en casa.

Salieron todos los vecinos a recibirlos. Cuando aterrizaron decían aplaudiendo: ¡Viva Pipo, viva Pipo! Tin se acercó a Pipo y le dio las gracias por ayudar a Ifo. –De nada, ha sido un placer. Ahora tengo una nueva familia. Y además muchos amigos en el otro pueblo de pequeñines.

Y le dijo a Tin: tenemos que mejorar el aviobús: debe pesar menos; así irá más rápido. Propondré a tu padre viajar al pueblo cada vez que lo necesitéis. Ahora tengo sueño, voy a dormir. Buenas noches, Tin. Buenas noches, Pipo. Hasta mañana.

FIN

© María Teresa Carretero García

El León y el Conejito

El León y el Conejito

Un león paseaba por la selva, muy enfadado. Rugía sin parar grr. grr. grr., tengo hambre, tengo mucha hambre.

Los animales se escondían, se subían  a los árboles, cuando el león tenía hambre, pues se ponía furioso.

Se cruzó con  un conejito. Hola  señor león, buenos días, saludó el conejito. El león le respondió grr… grr… grr… ¿Dónde va tan serio?, preguntó el conejito.

Tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa. Incluso a ti, dijo el león. El conejito, separándose un poco le dijo: pero los leones no comen conejitos: somos muy pequeños y tenemos muchos huesos.

¿Si te ayudo a encontrar comida, dejarías tranquilos a los animalitos de la selva?

Bueno, dijo el león, si la comida me gusta, a lo mejor.

El conejito habló con los monos, que trajeron plátanos y piñas. Los elefantes trajeron sabrosas ramas muy dulces. Las jirafas cogieron las manzanas más grandes de los árboles. El hipopótamo trajo sabrosos pescados muy grandes. Los pájaros también ayudaron y les dijeron que  había un búfalo ahogado en el río.

Todos ayudaron y prepararon un gran banquete. Asaron el búfalo con manzanas, piña y las ramas dulces de árbol.

El león durmió la siesta. Después se preparó para la cena, se bañó, se secó bien al sol y se peinó la hermosa y larga cabellera.

Todos los animalitos preparaban la cena del león. Cada uno ayudaba como podía. Los pajarillos buscaron hojas que colocaron a modo de mantel.

Los monos pelaron las frutas y las colocaron sobre él junto con las otras viandas. La jirafa, con su gran cuello oteó un asiento para que el león estuviera cómodo.

El conejito formó un coro, que cantaba y bailaba al son de la música de otros animalillos. Cuando la cena estuvo preparada, despertaron al león, que se puso a seguir el rastro de la comida con su buen olfato.

Al ver la cena, se puso muy serio. El conejito le preguntó: Señor león, ¿es que no te gusta lo que hemos preparado?

El león tosió un poco y dijo con fuerte voz: nunca nadie me había preparado una comida como esta. Todos se sentaron en silencio, esperando la reacción del león cuando terminase de comer. Y dijo: ¡Vamos, ¿qué esperáis? Que suene la música, bailemos todos.

El conejito le preguntó: pe pe… pero te ha gustado?

Claro que sí, chaval, todo estaba muy bueno. Si me preparáis comidas así, nunca más perseguiré ni me comeré a ningún animal de la selva.

Y desde entonces los animales de aquella selva tuvieron al león como amigo. Los animalitos quisieron agradecer al conejito su ayuda y le hicieron una gran tarta de zanahorias, que era lo que más le gustaba.

El león aprendió a convivir con los demás animalitos y muchas veces él también ponía la mesa, buscaba la comida y la cocinaba. Era un bosque conde reinaba la armonía.

FIN                ©  María Teresa Carretero