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Garbancito

Garbancito

En un pequeño pueblo Ana y Juan soñaban con tener un hijo.

Ana dijo un día a Juan:  por fin vamos a tener un hijo. Hicieron una fiesta para celebrarlo.

Las amigas de Ana le regalaron ropita para el bebé. Juan cortó unos troncos e hizo una preciosa cuna. Ana la pintó con patitos, ositos y florecillas.

La pareja esperaba ansiosa la llegada del bebé. Fue un niño precioso, con unos bonitos ojos y pelo algo rojizo.

Cuando los papás lo vieron, fue tal la sorpresa que se quedaron sin habla: Era tan pequeñín, tan pequeñín que cabía en la mano de la mamá. Ella lo cogió, lo acunó en su mano y lo observó durante un rato. El niño dormía plácidamente.

¡Es precioso!, dijeron los dos a la vez. Y se abrazaron.

Pronto se dieron cuenta de que no le servía ni la ropa ni la cuna por ser demasiado grandes.

La mamá y sus amigas le hicieron ropa muy pequeñita y el papá hizo una cuna pequeñita que colocó dentro de la grande.

¿Qué nombre le pondremos? Preguntó el papá.

Pues… como es tan pequeño le pondremos garbancito, respondió la mamá.

El niño iba cumpliendo años pero no crecía. Era muy feliz y no le importaba ser tan chiquitín. Se divertía mucho jugando, se escondía en una maceta, que para él era un bosque. Se bañaba en un vaso de agua como si fuera una enorme piscina.

La mamá tenía mucho miedo de que saliera a la calle. Pero él cada día insistía en ello, pues era su mayor ilusión. Un día dijo Ana a Juan: Tengo una idea: como Garbancito tiene una fuerte voz, le enseñaremos a cantar.

El niño aprendió su canción. Pachín-pachán-pachón: mucho cuidado con lo que hacéis. Pachín pachán pachón, a Garbancito no piséis.

La mamá explicó a Garbancito: Canta la canción, canta bien fuerte para que te vean.

Así lo haré, mamá, respondió Garbancito, pero ¿cuándo saldré a la calle?

Pronto, Garbancito, pronto, respondió su mamá.

Un día la mamá estaba haciendo la comida y le faltó pimentón.

Mamá, dijo Garbancito: yo puedo ir a la tienda a comprarlo.  La mamá con mucho miedo le dejó ir. Garbancito: no olvides cantar la canción, le dijo en la puerta.

Garbancito cogió sus diez céntimos y se los colocó sobre la cabeza, salió a la calle y comenzó a cantar con todas sus fuerzas. La gente se volvía al escuchar su voz pero no veían a nadie. Extrañados, se preguntaban ¿de dónde vendrá esa voz?

Mirando más detenidamente, veían una moneda que iba calle abajo.

Una amiga de su mamá dijo: es Garbancito, que canta para que lo veamos y no lo pisemos.

El niño llegó a la tienda, y dijo al tendero: Oiga señor, señor tendero, quiero diez céntimos de pimentón. El tendero buscaba y buscaba pero no veía nada.

Oiga, señor, aquí, aquí abajo, que soy Garbancito. Pero el tendero solo vía una moneda que se movía. Se restregó los ojos y dijo: nunca más beberé de noche, lo prometo.

Garbancito seguía gritando: eh señor, mire la moneda que hay en el suelo. Yo estoy debajo.

Por fin, el tendero lo vio, lo puso en una silla y le dijo: Niño, no te veía, pero la próxima vez que vengas, te reconoceré enseguida. Le dio el pimentón, y Garbancito, tan feliz regresó a su casa.

Y desde ese momento, se paseaba solo por el pueblo.

Los vecinos, cuando oían su canción, inmediatamente miraban al suelo para no pisar a Garbancito.

Un día se fue con su papá al huerto.  Lo pasó muy bien porque encontró un caracol grande que lo paseó por allí. Otra vez, estando en el huerto se formó una gran tormenta. El papá se resguardó bajo un árbol y Garbancito entre las hojas de una col.

Cuando cesó de de llover, llegó un buey y se tragó la col con Garbancito dentro. Él se había quedado dormido y cuando despertó se vio en una cueva muy oscura, que se movía. Intentó encontrar la salida pero no veía nada.

Garbancitoooo, ¿Dónde estáaaas? Garbancitoooo, ¿Dónde estáaaas? gritaba su padre.

Al oírlo, le contestó gritando con todas sus fuerzas: en la barriga del buey que se mueve, donde no nieva ni llueve.

Abrió el padre la boca del buey pero no pudo meterle la mano en la garganta. Una mariposa le dijo: hazle cosquillas con una ramita en el morro y ya verás cómo sale Garbancito.

Eso hizo y, al poco, el buey empezó a abrir la boca, dio un gran estornudo y Garbancito salió riendo y tan contento.

El papá lo abrazó y le dijo: ¡qué susto tan grande he pasado, hijo. Y el niño respondió: yo no he tenido miedo pero estoy muy contento de volver a estar  contigo y con mamá.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

FIN

 

Revisión y adaptación por M. T. Carretero García

Lágrimas de Chocolate

Lágrimas de Chocolate

En Vereda azul, el pueblo de Carlitos, hay una escultura en la plaza, la estatua de un vecino llamado Ginés. Fue muy querido por los niños y niñas del pueblo. Él había ayudado con su dinero a construir la escuela, el polideportivo y la biblioteca.

Un domingo, Carlitos sacó a Lope, su perro, temprano a pasear. Había pertenecido a Ginés, y ahora era suyo. Carlitos hablaba con su perro, que le escuchaba muy atento. – ¿Te acuerdas de Ginés?,Guau, guau, guau! , asentía, mientras tocaba con su patita la mano de Carlitos. -¿Te cuento de nuevo la historia? –Guau, guau, guau!, asintió Lope moviendo su rabito.

–Pues ahí va: Ginés era tu amo y mi mejor amigo. Un día fuisteis  al monte. Al anochecer te vimos solo, sin tu amo y ladrando sin parar. Mordías los pantalones de los hombres arrastrándolos hacia al monte. Les estabas avisando de algo. Buscamos a Ginés durante cuatro días. Había desaparecido sin dejar rastro. Yo te recogí y viniste a vivir conmigo. –Guau, guau.

Tu amo era buenísima persona y lo echamos mucho de menos. Recuerda que yo había estado tiempo enfermo y todos los días venía a visitarme. Cuando me curé, no quería salir a la calle porque me había quedado cojico y me veía diferente a los demás. Al saberlo él vino contigo a verme y me dijo:

“Carlitos, eres el mismo de antes. Lo que te ha pasado le puede suceder a cualquiera. Si yo estuviera como tú, ¿ya no serías mi amigo?”  -Sí lo sería, respondí; y él dijo: pues yo igual.

Comprendí sus palabras pero no quería salir ni ver a nadie.

Una tarde, apareció Ginés con todos mis amigos y amigas. -Guau, guau, guau. -Sí, también venías tú. Yo me emocioné. No cabíais en el salón. Mi mamá os ofreció limonada y un gran bizcocho de chocolate.

Cuando marcharon, encontré mensajes de apoyo bajo la funda del sofá, en el ordenador, en mi cuento favorito, en mi silla y hasta en la chimenea.

Pude ver que a ninguno os importaba mi cojera. Aprendí a andar más despacio y disfrutaba los paseos con Ginés y contigo por el pueblo. Y fue a la mañana siguiente cuando mi sorpresa fue enorme, al ver en mi corral su regalo, su potrillo marrón, con aquel mensaje: “Con él correrás y saltarás lo que quieras”. -Guau guau guau -¿Qué quieres, Lope?  Ah, me avisas que ahí viene Manolito. -¿Qué hacéis? -Recordando a Ginés .- Pues seguid, que yo escucho.

Era marrón, con una llama blanca en la cara, un caballo precioso. Lo llamé Centella. Ginés me enseñó a montar.

 -Tú, Carlitos le dabas siempre a Centella una manzana y tres zanahorias. -Sí, Manolito. -Guau guau guau.  -Y a ti, Lope, no se me olvida, también te daba manzana. Mi cojera ya no era importante, volví a ser feliz. Me acuerdo mucho de Ginés.  -Guau guau guau!.  – Ya sé, Lope, tú también te acuerdas. Recuerdo cuando Pepito nos propuso hacer algo para recordarlo siempre. Marina propuso colocar una placa en su casa y Dani decir al alcalde que pusieran su nombre a una calle o al Colegioy de pronto dijo Antoñito: Ya lo tengo, yo he visto en una plaza en la ciudad la estatua de alguien muy importante. Ginés era muy importante para nosotros. -¡Eso, una estatua, una estatua! dijimos todos.

Y por eso, Lope, estamos aquí junto a su estatua recordándole. -Y a ti, Carlitos, te tocó descubrir la estatua por ser el mejor amigo de Ginés, añadió Manolito.  -Guau guau guau!. -Tú también eras su mejor amigo perro. Con su escultura parece como si Ginés no se hubiera ido y siguiera entre nosotros. Un día estaba yo triste, continuó Carlitos: le conté mi problema a Ginés y la estatua  lloró. -Sí: nos quedamos impresionados al oírlo cuando nos lo contaste, recordó Manolito.- Yo me quedé parado al ver deslizarse dos lágrimas por su cara de granito. Eran de color oscuro. Me pareció oírle decir «Carlitos, amigo, no estés triste: todos  los problemas se solucionan. Ven y recoge mis lágrimas» . Las recogí  y  dije: ¡Anda, si parecen de chocolate»! -«Así es», dijo su voz. Cómete una y guarda la otra. Hice como dijo. Enseguida me di cuenta de que había olvidado mi problema. Gracias, Ginés, muchas gracias, dije. La escultura me sonrió. Me froté los ojos: no podía creer lo que estaba pasando.

Mientras me iba, me pareció oír a Ginés decir: Cuando tengáis algún problema, venid a contármelo, que yo lo solucionaré con mis lágrimas de chocolate . -Gracias, amigo, dije.

Os lo conté a todos y todos prometisteis no decírselo a nadie. Era un secreto entre Ginés y nosotros, niños y niñas de Vereda Azul.

 Los mayores del pueblo se preguntaban por qué los niños llamaban a la estatua Lágrimas de chocolate; nunca llegaron a saberlo. Los niños siempre estaban contentos y felices. Los mayores nunca supieron que desde su pedestal Ginés cuidaba de ellos y que sus lágrimas de chocolate eran como vitaminas de cariño y amistad.

FIN                © Mª Teresa Carretero García   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Libro de Carlitos

El Libro de Carlitos

Carlitos era un niño a quien le encantaba leer. Su gato Nicki y su perro Rupert lo escuchaban cuando les leía los cuentos. A veces  inventaba y cambiaba cosas, ponía un personaje nuevo o encerrado en una mazmorra… o un dragón malvado  que asustaba a los niños y niñas.

Como solo tenía cuatro cuentos, se los sabía de memoria. Le encantaba construir esos castillos, mazmorras y otras cosas que inventaba, con el sillón de su mesa de estudiar, la silla, las sábanas, la papelera y todo lo que encontrara. El gato y el perro escuchaban sus cuentos en silencio, sin pestañear.

Cuando su mamá lo llamaba para merendar,  Carlitos guardaba el libro, ordenaba la habitación y decía: ya bajamos mamá. Y los tres bajaban rápidamente la escalera.

¿Qué hacías arriba Carlitos?

-Estaba leyendo un cuento a mi público, decía.

La mamá, sonriente, respondía ¡qué cosas tienes, Carlitos!, y entonces el perro ladraba y el gato maullaba, diciendo en sus lenguajes que les encantaba.

Pero Carlitos, decía la madre: ¡Si ya te sabes los cuentos de memoria!

Claro, pero no tengo otros –respondía el niño… ¡Y me gusta tanto leer!

Este año pediré a Papá Noel un libro gordo de cuentos, o mejor una maleta de cuentos.

-¡Buena idea!, me encanta que te guste leer, dijo la mamá; eso es muy importante.

Un día, cuando volvía del cole vio un libro en el suelo. Se agachó y al recogerlo vio que era un libro de cuentos. ¡Qué alegría, ya tengo un cuento más!, se dijo.

Cuando lo ojeó, se dio cuenta de que ese cuento no lo conocía y nunca había oído hablar de él. Pero vio que sus hojas estaban muy estropeadas.

Muy contento con su nuevo cuento, llegó a casa y se lo mostró a su mamá.

-Pero hijo, está hecho un desastre, dijo.-Ya lo sé, pero lo arreglaré y verás qué bien se queda. Subió a su habitación, tomó el cuento y lo examinó más detalladamente.

Verdaderamente está hecho un desastre, pensó… pero seguro que lo dejaré nuevo.

Con la goma borró todo lo que estaba señalado. Con ayuda de su mamá planchó las hojas que estaban arrugadas, y entre los dos las cosieron al lomo del libro, que quedó casi perfecto. La portada del cuento tenía partes irrecuperables, pero Carlitos estaba seguro de que la dejaría como nueva.

Mamá –dijo muy orgulloso Carlitos. ¡¿A que el cuento parece otro?!

-Sí, está como nuevo: has hecho un buen trabajo.

-No habría podido hacerlo sin tu ayuda.

 

Por la noche se durmió pensando en su nuevo cuento: Ya tengo cinco cuentos, se decía; enseguida tendré seis, siete, ocho… y después la docena, hasta que llene toda la habitación… y cayó dormido acariciando el cuento.

Al día siguiente comenzó a leerlo. Era la historia de una niña que vivía con su abuelita en el bosque.

-Qué historia tan bonita la del cuento, mamá; es preciosa.

-¿De qué trata?  -Es de una niña que vive en el bosque con su abuela. Te lo dejo para que lo leas.

Cuando volvió Carlitos del cole, le preguntó: ¿Te ha gustado el cuento?

¿De qué decías que trataba?, dijo la mamá.

-De una niña y su abuela.

-¿Estás seguro?

– Pues claro. A Nicky, a Rupert y a mí nos ha encantado.

-¡Pues vaya: la historia que yo he leído es de una niña que quiere ser conductora de trenes!

¡Pero eso es imposible, mami!

-¡Míralo tú mismo!

¡Cómo es posible!, dijo el niño después de mirarlo bien: ¡Esto es otro cuento nuevo!

-Puede ser que como estabas con sueño lo hayas soñado, dijo la mamá…

-No sé, no sé, dijo Carlitos.

-Bueno, a partir de ahora escribiré cada historia en mi cuaderno y así no me confundiré.

Esa tarde cuando salió a pasear a Nicky y a Rupert, iba pensando en la cosa tan extraña que había sucedido con su cuento. ¿Me ayudáis a solucionar el enigma?, dijo al gato y al perro; porque yo estoy seguro que el cuento era de una niña y su abuela.

El gato miró a Carlitos y maulló, al tiempo que se le erizaba el rabo. El niño lo acarició y dijo: ¡Tú has visto algo que  yo no sé!. Rupert miró hacia la ventana de la habitación de Carlitos y vio cómo dos geniecillos se colaban en ella; Nicky se acercó al árbol cuyas ramas llegaban hasta la ventana de Carlitos y olisqueó su tronco, mientras los geniecillos se escondían entre las páginas del cuento. 

   FIN

© Mª Teresa Carretero García

 

El Flautista de Hamelín

El Flautista de Hamelín

Esta es la historia del flautista más mágico jamás conocido.

Johan Salz, vecino del pueblo de Hamelín, lloraba un día a la puerta de su casa.

¿Qué te pasa?, le dijo un vecino.

– Algo muy triste: Todas las coles que iba a vender en el mercado se las han comido esas desgraciadas ratas, contestó casi llorando.

-Pues al marido de mi prima Ana, se le han comido la camisa, y el vestido de la niña.

Hay que exigir al alcalde que haga algo; así no podemos vivir, dijeron los dos.

Ojalá encuentre algún remedio que nos libre pronto de las ratas –dijo Johan.

Al día siguiente había un bando pegado en las esquinas de la plaza y en la puerta de la iglesia.

El bando del alcalde decía que había contratado al flautista que con su flauta mágica eliminó las ratas del teatro del pueblo vecino con algún encantamiento.

-¿Sabes, Johan?  El jueves vendrá el flautista –dijo a Johan su vecino. -¿Qué flautista?  

–¿Es que no lo sabes? : Toca una música que hace desaparecer las ratas.

Llegó el jueves, y esa mañana apareció el flautista sin que nadie supiera de dónde ni cómo.

Empezó a tocar su flauta. Las mujeres y los niños se metieron asustados en las casas, porque aparecían ratas de todas partes tras el flautista. Él iba tocando camino del bosque y todas las ratas detrás, siguiéndole, se perdieron en la espesura.

Por la tarde, hacia las cuatro, se presentó el flautista al alcalde a cobrar el dinero  que le había prometido.

El alcalde le dijo que  sólo le pagaba la mitad, porque el ayuntamiento se había quedado casi sin dinero por las inundaciones del río Weser. El flautista insistía, y  el alcalde se negaba a darle toda su paga. Al final dijo el flautista:

¡Está bien, Usted lo ha querido!: Ya verá como me paga usted todo lo prometido y veinte florines más. Y entonces sí podrá librarse de las ratas. Y se marchó muy enfadado dando un portazo.

Al jueves siguiente, volvió a aparecer, como por arte de magia, el flautista y se puso a tocar. Enseguida fueron acudiendo las ratas que se habían perdido en el bosque.

Él empezó a pasear por las calles del pueblo con todas las ratas detrás y al llegar cada una al lugar de donde había salido, se iba metiendo cada cual a su casita de antes.

Enfadados los aldeanos, cogieron azadas y palos para darle un escarmiento al flautista, y cuando se acercaron a él,  la flauta seguía sonando pero nadie lo podía ver; luego se fue perdiendo la música hasta dejar de oírse.

El pueblo siguió teniendo ratas hasta que el alcalde puso un bando como el primero, pero prometiendo veinte florines más, como quería el flautista.

Al jueves siguiente, volvió a aparecer el flautista con botas altas como las de los pescadores de río. Y el alcalde le mandó un alguacil con una bolsa conteniendo todo el dinero prometido.

El flautista tomó la bolsa con su paga y volvió a tocar su mágica melodía. Se dirigió al río, seguido por las ratas, y allí se ahogaron todas, quedando los vecinos libres de ellas.

Y el pueblo de Hamelín ya no tuvo nunca  más ninguna plaga de ratones ni de ratas.

 FIN           (Versión abreviada de Mª Teresa Carretero)

La Niña del Faro

La Niña del Faro

Nieves vivía en la ciudad con su familia.

Una noche, después de la cena, le dijeron sus papás: queremos contarte algo. ¿Qué es? preguntó Nieves. Mira, dijo su papá: me he quedado sin trabajo y tenemos que irnos a vivir en casa de los abuelitos.

Tendrás que dejar el cole y a tus amigos, pero seguro que encontrarás otros nuevos, añadió la mamá.

-¿Y no volveremos aquí nunca más?

-Ya no volveremos.

La niña guardó silencio. Luego respondió: no me importa, si estoy con vosotros. Y les dio un abrazo.

Nieves fue recogiendo sus cosas. Guardó en cajas su colección de piedras de río, su hospital de muñecas, su colección de cromos antiguos, sus juguetes y sus pinceles.

Un sábado por la mañana partieron para el pueblo de los abuelos.

 

Como en el pueblo vivían tíos, primos y primas, pronto tuvo amigas y amigos.

El cole le gustaba mucho. La seño daba las clases de Naturaleza al aire libre junto al río. Todo era nuevo para ella y, por eso, muy divertido.

Un día fueron muy temprano a ver a Pedro  hacer el pan en su panadería. Otro día fueron a casa de Antonia a ver cómo hacía el queso.

Otro día ayudaron a Nicolás a recoger verduras de su huerto. No echaba de menos la ciudad: parecía que siempre había vivido en el pueblo. Y de noche le encantaba ver las estrellas.

Un día hablaban en voz baja sus papás.  Nieves pensó: aquí pasa algo.

Más tarde mamá le explicó: Papá va a ir a la ciudad a examinarse. Si aprueba, le darán un trabajo.

Nieves estaba contenta y pensaba: Estaría muy bien que papá tuviera un trabajo. Ahora está un poco triste… eso lo animaría.

Semanas después su papá recibió una carta: ¡había aprobado el examen! ¡Lo habían nombrado farero en un pueblo de la costa! Todos se pusieron muy contentos.

¿Ahora qué haremos?, preguntó a su mamá.

-Nos quedaremos con los abuelos y papá vendrá una vez al mes a visitarnos.

-¡Qué bien: no tendremos que cambiarnos de pueblo ni de escuela!.

Nieves y su mamá echaban mucho de menos al papá… A los tres meses decidieron que querían estar los tres en el faro.

Nieves recogió lo más necesario. Tras un día de viaje, llegaron al pueblo del faro. El lugar era precioso, pero estaban solos en un islote.

¿Cómo iré al cole ahora?, preguntó Nieves. –Verás, Nieves: es que no irás; no hará falta.

¿Y cómo es eso?, dijo la niña.

Y papá contestó: ¿Ves ese ordenador?, es tu clase, nena. Todos los días estarás en contacto con la profesora por el ordenador. Es como si estuvieras en clase, pero en tu faro.

Lo que Nieves echaba de menos eran sus amigas y amigos y pasear por el pueblo.

Un día, abrió el ordenador y tenía un mensaje: Hola, Nieves: quieres ser mi amiga? Soy Santiago. Nieves no contestó.

Días después vio otra vez el mismo mensaje y tampoco contestó.

Y un día que estaba muy aburrida, contestó: Soy Nieves, la niña del faro. Hola, Santiago.

Así empezaron a mandarse mensajes a diario. Santiago le contaba cosas increíbles del mar: Barcos que habían embarrancado cerca de su faro, tempestades, historias de piratas que intentaron tomar el faro en  que ahora vivía Santiago.

Desde su faro, Santiago había avistado delfines, ballenas y algún tiburón. Le mandó fotos impresionantes de nubes, tempestades y olas gigantes.

Aquello le cambió a Nieves su vida en el faro: todo lo del mar empezó a interesarle. Lo veía como algo mágico.

Un día, abrió Nieves el ordenador y encontró un  mensaje cifrado. Creyó que era de Santiago. Pero él le dijo que no sabía hacer mensajes cifrados.

El papá de Nieves vio muy raro el mensaje y miró en los libros más antiguos del faro. Días después le dijo: he conseguido descifrarlo. Escucha lo que dice.

‘Me encanta que os guste el mar a ti y a tu amigo Santiago. En unos días, recibiréis la visita de una de mis hijas: la sirena Desirée’. Ella os llevará un mensaje de mi parte. Firmado: el Rey del Mar.

Nieves quedó tan impresionada que no durmió en toda la noche.

Los dos niños esperaban impacientes la misteriosa visita.

La sirena visitó primero a Nieves. Le trajo una concha de madreperla. Contenía una perla rarísima de maravilloso colorido. Y a Santiago le regaló una preciosa caracola. Un mensaje dentro de ellas decía: os protegeré y os haré felices si conserváis mi amistad.

La sirena Desirée se hizo muy amiga de los dos niños: los visitaba y les contaba historias preciosas de su padre el Rey del Mar, de sus hermanas sirenas y de sus amigas.

Un día se reunieron por fin los tres. Se hicieron tan inseparables que todos los veranos se reunían. Y lo hicieron hasta que fueron muy, muy mayores.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

El Avestruz Federico

El Avestruz Federico

Esta es la historia de Federico, un avestruz blanco como el algodón,  con plumas  tan suaves que al tocarlas  parecen de seda y huele tan bien que da gusto estar a su lado.

La historia comenzó cuando Belén paseaba por unos campos cerca de su casa. Encontró una piedra de tamaño mediano, blanca y redonda y le gustó tanto que la recogió y se la llevó a casa.

Llegó a casa muy contenta con su nuevo tesoro, pero cuando se la enseñó a su madre, esta dijo: Nena, ¿pero que has traido?. Belén extrañada replicó: pues ya ves, mami: una piedra nueva para mi colección de recuerdos. – Pero Belén: no es una piedra, es un huevo de avestruz. – ¡Madre mía qué he hecho, le he quitado un huevo a una mamá avestruz!, ¿qué hacemos ahora, mami? –Pues devolverlo a donde lo has encontrado para que su mamá lo cuide hasta que pueda salir del cascarón. Elena, mamá de Belén, y la niña fueron en busca de la mamá avestruz; como no sabían el tiempo que estarían en el campo  llevaban la merienda, una botella de agua y el huevo de avestruz en una cesta.

Por el camino escuchaban los sonidos del campo. A Belén y a Elena les gustaba jugar a adivinar los sonidos.

Belén acertó el canto de un mirlo y la voz de una urraca; la mamá acertó el sonido de las campanas de un pueblo próximo y cerraron los ojos y se dejaron  acariciar por el soplo del viento.  

Belén se divertía mucho con su madre cuando iban de paseo, siempre aprendía algo sobre la naturaleza.

Cuando llegaron al lugar donde la niña había encontrado el huevo, se pararon a descansar, a distancia para que la mamá avestruz se pudiera aproximar a su huevo  sin temor. Aprovecharon el descanso para merendar. Elena, la mamá, dijo:  -En cuanto la avestruz se lleve el huevo, volvemos a casa. No me gustaría que se nos hiciera de noche. – bien, respondió Belén.-

El tiempo iba pasando. Cuando ya se marchaban, se acercaron  al huevo y allí seguía. Belén se decepcionó mucho – No ha venido su madre a recogerlo, ¿qué hacemos ahora?. Si lo dejamos, cualquier animal se lo puede comer. ¡Ha sido por mi culpa!… Y se puso muy triste. La mamá la consoló. – No te preocupes: nos lo llevaremos a casa-. Así fue como el avestruz entró en la vida de Belén.

Ya en casa lo pusieron en un cojín y lo taparon con la mantica y Belén lo puso bajo su cama hasta que estuviera maduro para abrir el cascarón.

Pasó el tiempo y una noche la niña escuchó unos ruiditos debajo de su cama. Vio una cosita amarilla que sobresalía del cascarón, era el piquito de Federico. Después apareció el cuello, el cuerpo y al final las patitas.

Federico era pequeño, parecía un juguete. No paraba de llamar a su mamá con débiles graznidos. Cuando Belén se cercó, el avestruz creyó que era su mamá, así que siempre iba tras ella. 

 La niña buscó y encontró cómo alimentar al pequeño Federico. Todos los días le daba de comer y beber y lo sacaba a pasear y tomar el sol por el jardín. Federico siempre la esperaba junto a la puerta de casa a que volviera del colegio.

Los dos jugaban y se reían mucho mientras Federico crecía y crecía. Un día le dijo su mamá: nena, el avestruz ya no puede estar en casa; tenemos que hacerle una casita. Hicieron una casita  con espacio alrededor y una cerca: así Federico se podía pasear. Ella le enseñó a abrir y cerrar la cerca para que pudiera entrar y salir a su gusto. Cada mañana Federico tocaba con el pico en la ventana de Belén para despertarla y que no se le hiciera tarde para ir a clase.   FIN

  ©Mª Teresa Carretero García