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El Bocata de Pepito

El Bocata de Pepito

Pepito vivía en un pueblecito con sus papás.

Iba al colegio; le gustaba mucho jugar con sus amigos y escuchar las explicaciones de su seño Ana.

Un día la seño explicaba mates y le preguntó: Pepito, Cuánto son dieciocho más doce? That’s  thirty, respondió el niño.

¡Pepito! ¡Pero si has contestado en inglés!, dijo la seño sorpendida, mientras los niños reían. Lo siento, seño; no me he dado cuenta.

Otro día, en clase de sociales la seño le preguntó y la respuesta del niño fue sorprendente. Los compañeros no entendían lo que había respondido. La seño dijo: ha contestado en francés. Ella empezó a preocuparse…

En clase de música la respuesta de Pepito era imposible de comprender. La seño dijo esta vez: hoy ha contestado en alemán.

La mamá dijo al enterarse: ¡Qué raro! Mi hijo no recibe lecciones de idiomas y mi marido y yo sólo hablamos español. Se preocupó y se lo contó a su marido, que no le dio importancia: no te preocupes, es que Pepito es muy listo; a lo mejor lo ha aprendido de la televisión, dijo.

Cada vez le ocurría con más frecuencia eso de hablar en otros idiomas.

Lo llevaron al médico, quien examinó minuciosamente al niño. Todo está bien, comentó; pero si quieren, vayan a la ciudad y consulten con otros doctores.

Así lo hicieron y visitaron a un psiquiatra y a una psicóloga.

Pepito estaba feliz de conocer la ciudad, a la que volvieron varias veces. Los médicos le hacían dibujar y jugar a juegos muy divertidos.

Tranquilizaron a sus papás diciéndoles que no tenía importancia.

Los resultados decían que todo estaba bien pero ignoraban la causa de que hablara idiomas.

Explicaron: lo mismo que ha empezado a hablar esos idiomas, cualquier día dejará de hacerlo.

Esto tranquilizó mucho a la mamá de Pepito, aunque el niño seguía hablando idiomas diferentes en clase.

Solía ocurrir en las clases de después del recreo y cada vez con más frecuencia. La historia de Pepito se convirtió en un suceso nacional. Todas las televisiones querían entrevistarlo en el patio del cole después de comerse su bocata.

Al principio, a Pepito le gustaba salir en la tele, e incluso le divertía verse hablando en otros idiomas. Pero poco a poco le fue aburriendo este asunto.

Una vez un niño le hizo una broma que le enfadó muchísimo y él le dio un empujón que lo sentó en el suelo. Todos se alarmaron mucho del comportamiento de Pepito, pues era bueno y pacífico.

La directora llamó a los papás del niño: lo que había hecho era grave y estaba muy mal. Pensaron que podía ser por la presión a que estaba sometido.

La seño Ana y la mamá de Pepito llegaron a hacerse muy amigas.

Buscaron en Internet alguien que pudiera ayudar a resolver el enigma. Encontraron personas que sabían curar tristezas, recuperar amigos, hablar con los animales, quitar los miedos y muchísimas cosas más.

.

Un día su mamá encontró en Internet este anuncio: Marisa Olmos, buscadora de duendes, gnomos, duendecillos y hadas traviesas. Anotó la dirección y se puso en contacto con seño Ana.

La seño invitó a Pepito y a su mamá a merendar. Estaba Marisa, una señora mayor de pelo blanco, era menuda, de ojos muy azules, sus manos eran pequeñas y muy blancas.

Marisa sabía muchas historias de países lejanos y conocía muchísimos cuentos. Llevaba un pequeño libro en el que Pepito vio hasta 635 tipos distintos de gnomos, hadas, duendes y geniecillos.

Iba acompañada de una cesta de la que nunca se separaba…

Marisa, la seño y la mamá de Pepito  visitaban con frecuencia la panadería de Angelines.

Marisa le ayudaba a veces a hacer dulces y pasaba tardes enteras en la panadería. Buscaba en realidad el origen del problema de Pepito. A este le intrigaba que Marisa nunca se desprendiese de su cesta y una vez observó la cesta de Marisa abierta. Vio asomar el extremo de un pañito blanco. Tiró de él y descubrió una pequeña trompeta de cristal… quiso acariciarla. Tenía un brillo que deslumbraba. Al posar su mano en ella, observó que emitía un sonido muy especial.

La devolvió a la cesta y no habló a nadie sobre ello.

Marisa lo olía todo en la panadería; decía que su olfato le permitía distinguir la presencia de geniecillos, hadas o gnomos; “a veces se esconden tan bien que estando muy cerca no los ves».

«Una vez un geniecillo estuvo acostado en un botón de mi abrigo varios días sin que me diese cuenta, ni tampoco mi gato Paco, que es experto en olfatear y descubrir geniecillos!”  Un día Pepito vio la pequeña trompeta en las manos de Marisa.

La trompeta cambiaba de color según quien la tenía: Si la cogía la panadera, era roja; con la seño Ana era azul; si la cogía su mamá era rosa y naranja. Pero si la cogía Marisa era de todos los colores a la vez.

Estuvo en la panadería soplando la trompeta tres días. Por fin salió, muy contenta y sonriente.

De nuevo invitaron a Pepito a merendar en casa de la seño Ana.

Entonces le contaron esta historia rogándole no revelarla hasta que fuese mayor.

aMarisa comenzó:

Sospechábamos que el origen del enigma podría estar en la panadería de Angelines. Y efectivamente descubrí con mi trompeta que se habían instalado allí unos geniecillos muy traviesos.

Les gustaba mucho jugar y gastar bromas.

Se entretenían en rozarse las alas unos con otros. Después bailaban y cantaban mientras las sacudían: eran transparentes y estaban cubiertas de un polvillo dorado. Como supondrás… “Polvos mágicos”, interrumpió Pepito. Así es, asintió Marisa. Esos polvillos caían en la harina, en los dulces y sobre todo en el chocolate.

“¡Mi dulce favorito!” dijo el niño… “Y lo comías a todas horas” –añadió la mamá.

“Ese polvillo hacía que pudieras hablar esos idiomas sin haberlos estudiado”. “¡Qué guay” –dijo Pepito- “saber las cosas sin estudiar”!  “Pero cuando se vayan los geniecillos, tú perderás ese don”, advirtió la seño Ana. “Vale”, asintió Pepito.

Bueno, prosiguió Marisa: Los geniecillos que se quedarán en el pueblo hasta la víspera de San Juan. y tendrán una gran reunión en el bosque cercano. Es una noche mágica y especial para ellos. Esa noche las hadas jóvenes hacen su juramento. Ellas y los geniecillos se reparten el cuidado de los bosques, pueblos y ciudades, que protegerán de los espíritus y de las brujas.

Marisa prosiguió: pronto dejarán la panadería y tú volverás a comportarte como los demás niños.

Así conoció Pepito el origen de lo que le había sucedido. No contó nada a nadie, ni a su mejor amigo, como había prometido. Cuando se hizo mayor, escribió esta historia para los niños de habla española, francesa, inglesa y alemana, cuyos idiomas llegó Pepito a aprender y hablar.           FIN 

      © Mª Teresa Carretero García           

Valiente, la Corderilla

Valiente, la Corderilla

Como cada día, la corderilla Valiente salía al prado a comer hierba fresca.

Valiente sabía que tenía que vigilar y tener cuidado.

 No debes alejarte del grupo, le había aconsejado su mamá: hay un lobo que se lleva corderillas jóvenes como tú para comérselas.

Mamá, preguntaba la corderilla valiente: ¿y por qué hace eso?

No lo sé, respondió la mamá de Valiente.

Pero ese lobo ¿se alimenta solo de corderillas? Pues yo no le dejaré que me coma. No, no lo dejaré.

Esa noche la corderilla soñó que se la comía el lobo y en el sueño lloraba y lloraba llamando a su mamá.

Desde aquel momento, Valiente siempre estaba vigilante. Nunca descuidaba la guardia  y no se alejaba de las corderas y borreguitos mayores.

Un día oyó Valiente unos gritos muy tristes cerca de donde pastaba. Dejó de comer y se puso a escuchar atentamente. Los gritos venían de entre unos árboles cercanos.

Miró alrededor y dijo: ¿Quién llama?  Pensó: alguien necesita mi ayuda, puede que esté alguien en peligro. Y como ella era la corderilla Valiente, con cuidado se dirigió al sitio de donde venían los gritos de auxilio. Ahora los oía muy claramente: ¡Socorro, auxilio, ayuda por favor..!

Cuando llegó quedó paralizada: ¡era el lobo que se comía las corderillas jóvenes!

Ah, eres tú, dijo ella ¿Qué haces ahí?. El lobo, con voz lastimera le dijo: Soy un lobito bueno, que he pisado una trampa que han puesto al lobo que se come las ovejitas.

¡Ah, ya! Respondió Valiente la corderilla muy enfadada. ¡Estás mintiendo, lobo malo!, añadió. El único lobo que hay por estos prados eres tú, tú, comedor de corderillas! ¡Así que no te soltaré!

El lobo, llorando, le dijo: pero estoy atrapado y no me puedo soltar. El cepo me ha hecho daño en una patita y si no me ayudas, me moriré aquí.

La corderilla Valiente le dijo aún más enfadada: Eso lo dices para darme lástima y que te suelte, pero seguro que cuando estés libre intentarás comerme. No me engañes, eres malo y no quieres a nadie, eres un egoísta y solo piensas en ti.

El lobo guardó silencio y al poco dijo: Y por qué no pensamos en algo que nos sirva a los dos?

Buena idea, dijo ella; me sentaré aquí al lado a pensar. Pero no tardes, que la patita me duele mucho, dijo el lobo.

Mira, lobo, dijo Valiente: yo te soltaré pero primero prométeme que no comerás ni a mí ni a ningún cordero ni cordera del prado, o no te suelto.

El lobo contestó: pero es que me pides un sacrificio muy grande, grandísimo y no sé si lo podré cumplir, porque yo siempre he comido corderillas, que están buenísimas (y dijo esto relamiéndose).

La corderilla Valiente le dijo: no digas tonterías: O me prometes que nunca más comerás corderas ni corderos o no te suelto.

Pero es que es tan fuerte y tan difícil lo que me pides, que no sé si lo podré cumplir. Pues piénsalo bien: O me prometes que nos dejarás en paz o te dejo en el cepo.

La corderilla, mientras tanto se iba alejando del lobo.

No, no te vayas, vuelve, gritaba el lobo: no me dejes así.

El lobo comenzó a llorar y la corderilla volvió, pues le dio lástima.

Venga, ¿te decides o no? Porque mi mamá me está esperando, dijo Valiente.

Bueno, dijo el lobo entre sollozos: libérame y me volveré vegetariano para siempre jamás.

¿Lo prometes? Lo prometo, palabra de lobo bueno.

La corderilla liberó al lobo de la trampa, lo llevó a un riachuelo y le puso en la patita una cataplasma de hierba; dijo: estate dos días sin moverte y al tercer día tendrás la patita bien. Y se marchó.

Tiempo después una corderilla en el prado gritó: ¡Que viene un lobo! ¡Que viene un lobo!

Todas, asustadas, formaron un círculo cerrado para defenderse.

Cuando la corderilla Valiente vio al lobo, dijo: no os asustéis, es mi amigo lobo y solo come hierba: es vegetariano.

¿Y eso cómo es? Dijeron sus amigas corderas. ¡Es una larga historia!, respondió Valiente mientras se acercaba al lobo para saludarlo.

FIN   

©Mª Teresa Carretero García

Garbancito

Garbancito

En un pequeño pueblo Ana y Juan soñaban con tener un hijo.

Ana dijo un día a Juan:  por fin vamos a tener un hijo. Hicieron una fiesta para celebrarlo.

Las amigas de Ana le regalaron ropita para el bebé. Juan cortó unos troncos e hizo una preciosa cuna. Ana la pintó con patitos, ositos y florecillas.

La pareja esperaba ansiosa la llegada del bebé. Fue un niño precioso, con unos bonitos ojos y pelo algo rojizo.

Cuando los papás lo vieron, fue tal la sorpresa que se quedaron sin habla: Era tan pequeñín, tan pequeñín que cabía en la mano de la mamá. Ella lo cogió, lo acunó en su mano y lo observó durante un rato. El niño dormía plácidamente.

¡Es precioso!, dijeron los dos a la vez. Y se abrazaron.

Pronto se dieron cuenta de que no le servía ni la ropa ni la cuna por ser demasiado grandes.

La mamá y sus amigas le hicieron ropa muy pequeñita y el papá hizo una cuna pequeñita que colocó dentro de la grande.

¿Qué nombre le pondremos? Preguntó el papá.

Pues… como es tan pequeño le pondremos garbancito, respondió la mamá.

El niño iba cumpliendo años pero no crecía. Era muy feliz y no le importaba ser tan chiquitín. Se divertía mucho jugando, se escondía en una maceta, que para él era un bosque. Se bañaba en un vaso de agua como si fuera una enorme piscina.

La mamá tenía mucho miedo de que saliera a la calle. Pero él cada día insistía en ello, pues era su mayor ilusión. Un día dijo Ana a Juan: Tengo una idea: como Garbancito tiene una fuerte voz, le enseñaremos a cantar.

El niño aprendió su canción. Pachín-pachán-pachón: mucho cuidado con lo que hacéis. Pachín pachán pachón, a Garbancito no piséis.

La mamá explicó a Garbancito: Canta la canción, canta bien fuerte para que te vean.

Así lo haré, mamá, respondió Garbancito, pero ¿cuándo saldré a la calle?

Pronto, Garbancito, pronto, respondió su mamá.

Un día la mamá estaba haciendo la comida y le faltó pimentón.

Mamá, dijo Garbancito: yo puedo ir a la tienda a comprarlo.  La mamá con mucho miedo le dejó ir. Garbancito: no olvides cantar la canción, le dijo en la puerta.

Garbancito cogió sus diez céntimos y se los colocó sobre la cabeza, salió a la calle y comenzó a cantar con todas sus fuerzas. La gente se volvía al escuchar su voz pero no veían a nadie. Extrañados, se preguntaban ¿de dónde vendrá esa voz?

Mirando más detenidamente, veían una moneda que iba calle abajo.

Una amiga de su mamá dijo: es Garbancito, que canta para que lo veamos y no lo pisemos.

El niño llegó a la tienda, y dijo al tendero: Oiga señor, señor tendero, quiero diez céntimos de pimentón. El tendero buscaba y buscaba pero no veía nada.

Oiga, señor, aquí, aquí abajo, que soy Garbancito. Pero el tendero solo vía una moneda que se movía. Se restregó los ojos y dijo: nunca más beberé de noche, lo prometo.

Garbancito seguía gritando: eh señor, mire la moneda que hay en el suelo. Yo estoy debajo.

Por fin, el tendero lo vio, lo puso en una silla y le dijo: Niño, no te veía, pero la próxima vez que vengas, te reconoceré enseguida. Le dio el pimentón, y Garbancito, tan feliz regresó a su casa.

Y desde ese momento, se paseaba solo por el pueblo.

Los vecinos, cuando oían su canción, inmediatamente miraban al suelo para no pisar a Garbancito.

Un día se fue con su papá al huerto.  Lo pasó muy bien porque encontró un caracol grande que lo paseó por allí. Otra vez, estando en el huerto se formó una gran tormenta. El papá se resguardó bajo un árbol y Garbancito entre las hojas de una col.

Cuando cesó de de llover, llegó un buey y se tragó la col con Garbancito dentro. Él se había quedado dormido y cuando despertó se vio en una cueva muy oscura, que se movía. Intentó encontrar la salida pero no veía nada.

Garbancitoooo, ¿Dónde estáaaas? Garbancitoooo, ¿Dónde estáaaas? gritaba su padre.

Al oírlo, le contestó gritando con todas sus fuerzas: en la barriga del buey que se mueve,

donde no nieva ni llueve.

Abrió el padre la boca del buey pero no pudo meterle la mano en la garganta. Una mariposa le dijo: hazle cosquillas con una ramita en el morro y ya verás cómo sale Garbancito.

Eso hizo y, al poco, el buey empezó a abrir la boca, dio un gran estornudo y Garbancito salió riendo y tan contento.

El papá lo abrazó y le dijo: ¡qué susto tan grande he pasado, hijo. Y el niño respondió: yo no he tenido miedo pero estoy muy contento de volver a estar  contigo y con mamá.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

FIN

 

Revisión y adaptación por M. T. Carretero García

El Libro de Carlitos

El Libro de Carlitos

Carlitos era un niño a quien le encantaba leer. Su gato Nicki y su perro Rupert lo escuchaban cuando les leía los cuentos. A veces  inventaba y cambiaba cosas, ponía un personaje nuevo o encerrado en una mazmorra… o un dragón malvado  que asustaba a los niños y niñas.

Como solo tenía cuatro cuentos, se los sabía de memoria. Le encantaba construir esos castillos, mazmorras y otras cosas que inventaba, con el sillón de su mesa de estudiar, la silla, las sábanas, la papelera y todo lo que encontrara. El gato y el perro escuchaban sus cuentos en silencio, sin pestañear.

Cuando su mamá lo llamaba para merendar,  Carlitos guardaba el libro, ordenaba la habitación y decía: ya bajamos mamá. Y los tres bajaban rápidamente la escalera.

¿Qué hacías arriba Carlitos?

-Estaba leyendo un cuento a mi público, decía.

La mamá, sonriente, respondía ¡qué cosas tienes, Carlitos!, y entonces el perro ladraba y el gato maullaba, diciendo en sus lenguajes que les encantaba.

Pero Carlitos, decía la madre: ¡Si ya te sabes los cuentos de memoria!

Claro, pero no tengo otros –respondía el niño… ¡Y me gusta tanto leer!

Este año pediré a Papá Noel un libro gordo de cuentos, o mejor una maleta de cuentos.

-¡Buena idea!, me encanta que te guste leer, dijo la mamá; eso es muy importante.

Un día, cuando volvía del cole vio un libro en el suelo. Se agachó y al recogerlo vio que era un libro de cuentos. ¡Qué alegría, ya tengo un cuento más!, se dijo.

Cuando lo ojeó, se dio cuenta de que ese cuento no lo conocía y nunca había oído hablar de él. Pero vio que sus hojas estaban muy estropeadas.

Muy contento con su nuevo cuento, llegó a casa y se lo mostró a su mamá.

-Pero hijo, está hecho un desastre, dijo.-Ya lo sé, pero lo arreglaré y verás qué bien se queda. Subió a su habitación, tomó el cuento y lo examinó más detalladamente.

Verdaderamente está hecho un desastre, pensó… pero seguro que lo dejaré nuevo.

Con la goma borró todo lo que estaba señalado. Con ayuda de su mamá planchó las hojas que estaban arrugadas, y entre los dos las cosieron al lomo del libro, que quedó casi perfecto. La portada del cuento tenía partes irrecuperables, pero Carlitos estaba seguro de que la dejaría como nueva.

Mamá –dijo muy orgulloso Carlitos. ¡¿A que el cuento parece otro?!

-Sí, está como nuevo: has hecho un buen trabajo.

-No habría podido hacerlo sin tu ayuda.

 

Por la noche se durmió pensando en su nuevo cuento: Ya tengo cinco cuentos, se decía; enseguida tendré seis, siete, ocho… y después la docena, hasta que llene toda la habitación… y cayó dormido acariciando el cuento.

Al día siguiente comenzó a leerlo. Era la historia de una niña que vivía con su abuelita en el bosque.

-Qué historia tan bonita la del cuento, mamá; es preciosa.

-¿De qué trata?  -Es de una niña que vive en el bosque con su abuela. Te lo dejo para que lo leas.

Cuando volvió Carlitos del cole, le preguntó: ¿Te ha gustado el cuento?

¿De qué decías que trataba?, dijo la mamá.

-De una niña y su abuela.

-¿Estás seguro?

– Pues claro. A Nicky, a Rupert y a mí nos ha encantado.

-¡Pues vaya: la historia que yo he leído es de una niña que quiere ser conductora de trenes!

¡Pero eso es imposible, mami!

-¡Míralo tú mismo!

¡Cómo es posible!, dijo el niño después de mirarlo bien: ¡Esto es otro cuento nuevo!

-Puede ser que como estabas con sueño lo hayas soñado, dijo la mamá…

-No sé, no sé, dijo Carlitos.

-Bueno, a partir de ahora escribiré cada historia en mi cuaderno y así no me confundiré.

Esa tarde cuando salió a pasear a Nicky y a Rupert, iba pensando en la cosa tan extraña que había sucedido con su cuento. ¿Me ayudáis a solucionar el enigma?, dijo al gato y al perro; porque yo estoy seguro que el cuento era de una niña y su abuela.

El gato miró a Carlitos y maulló, al tiempo que se le erizaba el rabo. El niño lo acarició y dijo: ¡Tú has visto algo que  yo no sé!. Rupert miró hacia la ventana de la habitación de Carlitos y vio cómo dos geniecillos se colaban en ella; Nicky se acercó al árbol cuyas ramas llegaban hasta la ventana de Carlitos y olisqueó su tronco, mientras los geniecillos se escondían entre las páginas del cuento. 

   FIN

© Mª Teresa Carretero García