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El pueblo de los Artesanos

El pueblo de los Artesanos

Castro de arriba era un pequeño  pueblo de montaña. La escuela del pueblo estaba cerrada, también la farmacia y el centro de salud. Vivían en el pueblo tres familias: las de Blasa y Perico, Adelina y Jesús, Octavio y Electra, todos muy mayores; no querían abandonar su pueblo.

Ana era una niña de ciudad. Su papá se quedó sin trabajo y toda la familia estaba muy preocupada. Un amigo de su papá quiso ayudarle y le dijo: Pedro, tengo en Castro de Arriba una casa a la que nunca voy. Necesita muchos arreglos. Si quieres, te la vendo. -Pero yo no tengo dinero para pagártela. -No te preocupes: cuando puedas, me la pagas. Solo te pido una cosa: que me hospedes en tu casa cuando vaya al pueblo –Eso está hecho, dijo muy sonriente el amigo.

En la cena, Pedro les dijo en la cena a su mujer y a Ana: un amigo me ha ofrecido una casa en un pueblo, ¿os gustaría ir a vivir en él? – Nos encantaría, dijeron las dos a la vez.

Al domingo siguiente fueron a visitar la casa de Castro de Arriba.

Cuando la vieron, Ana y María se quedaron mudas – ¿Pero esto es la casa?,  dijo al fin Ana muy decepcionada.

 Las ventanas estaban medio rotas, las contraventanas medio sueltas, la puerta atrancada e hinchada de la humedad, una parte del tejado medio hundido y las gallinas de los vecinos  paseándose por la cocina. -Pero papá, esto es una pocilga, una cuadra, un, un… -No sigas, hija. Está muy mal pero es lo único que nos podemos permitir. Todo se puede arreglar con trabajo y empeño; y entre los tres la dejaremos como nueva. –Pero papá, ¡si habría que derribarla!. -Vamos a examinar las habitaciones, y ya veremos.

Terminada la inspección dijo el papá mientras sonreía y se frotaba las manos: ¡Esto no está tan mal. -Tu has visto otra casa, dijo Ana – No, nena; esto tiene muchas posibilidades. Ya verás que cuando empiece el cole estaremos instalados en la casa. -Mucho tendrá que cambiar para que podamos vivir en ella, pensó Ana.  La cocina y las dos habitaciones de abajo las podemos poner pronto a punto, prosiguió él. Venga, moveos. Os veo a las dos muy paradas, vamos, vamos, que pronto nos podremos instalar en nuestra casita. Ana, elije una de las dos habitaciones de abajo para ti, abre la ventana, barre el suelo y piensa cómo dispondrás tu habitación. De mala gana la niña obedeció a su padre. –Mientras, revisaré el piso superior, que es el que más problemas tiene.  Yo revisaré la cocina y veré lo que puedo hacer -añadió la mamá, quien muy contenta decía desde la cocina: ¡sale agua por el grifo y hay luz, esto marcha y está mejor de lo que pensaba!.

Esa tarde, cuando se volvían a la ciudad, la casa parecía otra: La planta baja estaba para ser ocupada, salvo pintar y sustituir algún cristal roto. – ¿Ves?, mira todo lo que hemos hecho entre los tres en un solo día, dijo la mamá. -Mamá: ¿y si se nos cae el tejado? – Eso no dejará papá que ocurra, antes de vivir en la casa, el techo estará arreglado y como nuevo.

Cuando comenzaron las vacaciones de verano, todo estaba preparado para llevar los muebles al pueblo e instalarse en la casita.

Poco a poco, Anita le fue tomando cariño a la casa. Su habitación había quedado preciosa y por primera vez tenía una chimenea en su cuarto.

Cuando se instalaron en la casa, hicieron una fiesta de inauguración e invitaron a merendar a las tres parejas que vivían en el pueblo. Blasa y Perico les regalaron un gallo y una gallina para que tuvieran pollitos y huevos frescos todos los días. Adelina y Jesús, que tenían muchas tierras, les dejaron un huerto para que plantaran frutas y verduras. Además en el huerto había un castaño y un nogal -las castañas y las nueces le encantaban a Ana. Octavio y Electra les dieron las llaves de la vieja panadería y les dijeron: si queréis, os enseñaremos a hacer pan y dulces típicos de la zona. Y por el huerto no os preocupéis, dijeron todos: nosotros os enseñaremos a cultivarlo y os diremos cuándo se tiene que plantar cada cosa.

 

Los papás de Ana agradecieron su amabilidad a los vecinos.

¿Y cómo se va a llamar la casa?, preguntaron los ancianos a la vez. Pues… no sabemos, respondieron los papás sorprendidos. Blasa apuntó: la tradición es que el nombre lo ponga la persona más joven de la casa. Anda, me toca a mí, dijo la niña. Tras pensarlo decidió: se llamará  Casa Vieja. Y con ese nombre se quedó.

Toda la familia aprendió a hacer pan y dulces y pusieron la panadería en marcha. El pan y los dulces que hacían eran demasiados para los nueve vecinos, así que pensaron y pensaron. Al fin decidieron que se dedicarían a vender lo que hacían. El papá bajó un día al valle y habló con el jefe de Correos. Este dijo que podían subir a recoger los dulces para  enviarlos a otros pueblos. Pronto se supo que los dulces y el pan eran artesanos y venía gente a comprarlos y a pasar el día en el pueblo.

Poco después vino otra familia, que  abrió el bar restaurante, donde daban ricas comidas y también una pequeña tienda donde tenían de todo: comida,  ferretería y más cosas. Los ancianos estaban muy contentos porque su pueblo  estaba menos despoblado. Eso los hacía muy felices.

Al verano siguiente vino otra familia con cuatro niños y Ana ya no necesitaba pasar tiempo con las gallinas y los conejos: ahora tendría amigos de verdad. El papá era un gran carpintero que hacía muebles y también los vendía  mediante el Servicio de Correos.

Los nuevos vecinos se reunieron y consiguieron tener acceso a internet. Eso lo cambió todo:  ahora podrían vender y ser conocidos en muchos lugares del país y del mundo.

En otoño se abrió la escuela, pues ya había niños suficientes. A los ancianos les encantaba escuchar la sirena llamando a los niños al colegio y sobre todo las risas de los niños y niñas,  que resonaban como un eco por las calles del pueblo.

Poco después vino otra familia que hacía telas artesanas y abrió una tienda de moda ecológica, que también se dio a conocer por internet.

Un día llegó Juan,  un joven zapatero: hacía zapatos a medida y también  vendía por internet.

Poco a poco  fueron viniendo más vecinos, hasta que  Castro de Arriba llegó a ser un pueblo conocido, con más de doscientos habitantes: Blasa y Perico, Adelina y Jesús y Octavio y Elena estaban muy felices. Enseñaban a los nuevos vecinos todo lo que sabían. Ayudaron a la gente a arreglar las casas y a comenzar en sus negocios. Ana estaba muy contenta: ella y su familia habían conseguido salvar un pueblo y hacer felices a sus seis habitantes, que no tuvieron ya que abandonar el pueblo.

Publicaron la historia de cómo recuperaron el pueblo, que fue conocido como Castro de Arriba, el Pueblo de los Artesanos.

Ana aprendió que con esfuerzo y voluntad se pueden arreglar muchas cosas, como ellos hicieron con el pueblo, que pasó de estar despoblado a ser un pueblo alegre y lleno de vida.

F I N   © Mª Teresa Carretero García

El Caballito y el Cocodrilo

El Caballito y el Cocodrilo

Esta es la historia de un caballito valiente. En un claro del bosque vivía un grupo de caballos. Se pasaban el día pastando y galopando por el bosque y las praderas. Cuando tenían sed  bebían agua en un pequeño arroyo. Nuestro caballito era muy curioso y le gustaba inspeccionarlo todo.

Un día que bebía agua junto a un grupo de compañeros, preguntó al más anciano: ¿por qué siempre  bebemos en el arroyo, si tenemos cerca un gran río donde beber agua y bañarnos?. El anciano caballito  respondió: Hace mucho tiempo que no bajamos al río. Una familia de cocodrilos se instaló en él y ya se han comido a varios caballos mientras bebían agua o se bañaban. Ahora solo queda un cocodrilo al que llamamos Malo. Se pasea río arriba y río abajo buscando presas para atraparlas y comérselas.

Pues yo, dijo el caballito, no le tengo miedo a nadie ni a nada, soy un caballito  muy valiente y me gustaría que me llamarais “Caballito Valiente”. Un día iré al río a beber agua, a ver si se atreve conmigo. El anciano caballito repitió: tú ya estas avisado; si te hace daño es cosa tuya.

Pasó el tiempo. Un día corría el caballito cerca del río, sintió sed y se aproximó a beber. Se introdujo en el agua con mucho cuidado. Mientras bebía, no dejaba de mirar el agua por si aparecía el cocodrilo Malo. Qué pena que no podamos disfrutar de este hermoso río con tantos árboles que hay aquí y lo bien que se está, pensaba.  Desde lejos, agazapado tras unas rocas y muy enfadado, Malo lo vigilaba. No soportaba que alguien que no fuera él entrara en su  río, que era muy grande y con aguas cristalinas muy fresquitas.

Al caballito Valiente le gustó tanto que ya no iba nunca al arroyo a beber.

    Una vez mientras bebía observó una sombra bajo el agua, que se acercaba sigilosamente. El agua apenas se movía. El caballito dio un brinco y salió del agua. Malo sacó la cabeza  del agua y dijo con voz fuerte y muy desagradable: de esta te has librado hoy, pero ya verás la próxima vez. Valiente no se asustó. Tenía siempre mucho cuidado desde  que una vez estuvo el cocodrilo a punto de morderle una pata: le soltó una coz y el cocodrilo se marchó rápidamente. Espero que el chichón que te salga te haga recordar que yo sé defenderme muy bien, dijo. Y se puso a relinchar.

   Valiente observó que el río traía cada vez menos agua; no sabía por qué. El cocodrilo ya no se podía esconder bajo el agua, era imposible no verlo; eso lo ponía de malísimo humor.

   Pasó el tiempo. Un día Malo estaba llorando y muy agotado. El río casi no traía agua.

  Valiente le preguntó desde la orilla: ¿qué le pasa al río?. Malo dijo entre sollozos: Unos hombres están haciendo una presa y eso retiene el agua de mi río. -¿Tu río-?. –Bueno, el río de todos, dijo el cocodrilo. Eso está mejor- respondió el caballito.-Me moriré si sigue disminuyendo el agua: nadie me puede ayudar. Este río dejará de tener un hermoso cocodrilo como yo, bua buaaa. -¿Y sabes por qué nadie te ayuda?- Pero eso es otra cosa. – No, cocodrilo, tú has sido malo con los demás y por eso no te quieren. –Y ahora, ¿qué puedo hacer?. –Pues pedir ayuda. Pero ¿a quién?.  -A todos nosotros.

Poco a poco habían ido llegando al río unos animales del bosque, que escuchaban atentamente la conversación. Malo lloraba y lloraba porque sin agua se moriría. –No llores, te ayudaremos. ¿De verdad?, ¿en serio?.

Se escuchó cómo todos los animalillos aplaudían y gritaban muy contentos.

Solo te ponemos una condición: que prometas delante de todos que nos dejarás  beber a los animales del bosque y descansar a la orilla del río.

Los animalillos gritaban y aplaudían al tiempo que decían: Como eres un mentiroso, no nos fiamos de ti. Promételo ya. -El cocodrilo lo prometió a su pesar. –Pero vosotros tenéis que cumplir lo prometido. -¡Eso está hecho!, gritaron todos a la vez.

El caballito Valiente y sus amigos cumplieron su promesa y días después comenzó a crecer el agua del río hasta volver a su estado normal.

El cocodrilo Malo era feliz y nunca se arrepintió de no ser ya mentiroso, orgulloso y desagradable con los demás.

El río se convirtió en un lugar alegre y divertido, donde todos los habitantes del bosque eran felices  y respetaban a los demás.

Malo el cocodrilo había aprendido que las promesas se deben cumplir.

FIN  ©Mª Teresa Carretero García

El Niño y la Rosa

El Niño y la Rosa

Pedrito vivía en una casa con jardín. Había en él árboles y flores de muchos colores. Su mamá cuidaba con esmero los rosales. Los tenía de rosas blancas, rosadas, azules, amarillas…

Su rosal favorito era uno de rosas rojas con un perfume único. Lo habían traído del Valle de las Rosas, en Bulgaria.

Cada día una mariposa muy bonita venía a libar en su mejor rosa. La olía, libaba, revoloteaba por el jardín y desaparecía. Cuando la mariposa venía, el niño dejaba de jugar y acudía a observarla.

Un día le dijo a Pedro su mamá: Tráeme la cesta de mimbre y las tijeras, que vamos a coger flores. La mamá cortó flores y Pedrito vio asombrado cómo cortó también ¡la rosa roja!

No podía creer lo que acababa de hacer su madre: ¡Había cortado la mejor rosa del jardín! ¿Qué pasará ahora con la mariposa?. ¡Yo quiero volver a verla!, se dijo. Cuando se acostó, pensó y pensó… A media noche despertó. Una idea se le acababa de ocurrir. ¡Ya lo tengo! Dibujaré una rosa lo mejor que yo sepa. La pintaré con el color rojo más bonito que encuentre y le pondré perfume de mamá para que huela estupendo.

La pegaré a la rama del rosal con pegamento y la mariposa podrá venir otra vez.

Al día siguiente comenzó Pedrito su tarea. Estudió cómo los pétalos conformaban cada rosa del jardín. Después dibujó muchas hasta que consiguió una que parecía de verdad.

Mezcló una y otra vez sus colores hasta conseguir un rojo igual al de la original. Con mimo recortó los pétalos para luego recomponerlos: cogió el pegamento y con gran esmero los pegó como él había pensado, formando una rosa perfecta.

 Ahora solo faltaba un toque final: darle su aroma. Entró en el dormitorio de su madre y en un frasco mezcló unos perfumes.

Olió la mezcla y quedó encantado: había conseguido el mismo aroma de la original. Bieen! Gritó. ¡bien! ¡bien! Lo conseguí.

Pero me falta aún algo muy importante, pensó Pedrito: ¿Cómo va a comer la mariposa?. Vendrá un día, pero al siguiente volará a otro lugar. Tengo que pensar algo, se dijo. Se fue a su habitación y desde su ventana vio cómo abejorros, avispas y mariposas pequeñas se acercaban a olerla. Bueno, se dijo; al menos funciona un poco.

 

En un cuenco mezcló un poquito de miel con granitos de polen. Salió al jardín y con cuidado colocó la mezcla dentro de la rosa. Su trabajo estaba concluido… pero no sabía si funcionaría y cruzó los dedos. Esperó esa tarde y todo el día siguiente. La mariposa no vino. ¡Qué pena!, pensó. Tanto trabajo para nada…

Bueno, al menos he aprendido a hacer cosas que antes no sabía.

Al día siguiente, desde la ventana vio a la mariposa, que revoloteaba sobre la rosa. ¡Se paraba en ella!. La olió y comió en ella como siempre. ¡Había funcionado la idea!

Terminó Pedrito su desayuno y salió al jardín a observar su rosa. Al acercarse a ella se quedó asombrado. No es posible, dijo. Él había hecho la rosa, la había pegado, le había puesto

perfume… ¿Qué había ahí? Esa no era su rosa, se la habían cambiado. Se acercó y la tocó. Los pétalos eran suaves como la seda, el rojo brillaba como un rubí y su perfume se expandía

suave por el jardín. ¡Su esmerada rosa se había transformado en una de verdad!

Esta ya no la cortaremos, pensó. No te preocupes, Pedro, dijo la mamá adivinando sus pensamientos: nunca más cortaremos la rosa roja.

Niños y mayores vinieron a su jardín para admirar la rosa. En un rincón del jardín, un geniecillo, acostado sobre las flores de un galán de noche, reía y reía. 

FIN

© Mª Teresa Carretero

Gato Sibi y Sabueso

Gato Sibi y Sabueso

El gato Sibi vivía en una granja con muchos otros animales. Era pequeño y le gustaba observar todo lo que se movía: una bobina de hilo, una pluma de pato, una madeja de lana… Era capaz de pasar largo rato corriendo tras las mariposas o persiguiendo algún pajarillo.

No seas malo, le decía su dueña al verlo perseguir una abeja. Sibi pensaba: pero yo solo quiero jugar y divertirme, no hacerle daño: a veces me aburro, y yo necesito jugar para aprender. Por la mañana, después de tomar su leche caliente acompañaba a su dueña a la cuadra. Allí intentaba jugar con los polluelos, pero ellos permanecían quietos.

-Qué raros son esos polluelos, que no quieren jugar, pensaba.

Un día fue a subirse a una cesta de huevos, y esta resbaló cayéndole los huevos encima. Sibi quedó todo cubierto de huevo. Rápidamente corrió a un rincón y empezó a lamerse para limpiarse.

Sibi era muy presumido y no resistía ir sucio; pero el huevo se secó dejándole el pelo tieso como si fuera un puercoespín. Qué haré ahora –se dijo. Estoy horrible y huelo mal. Así no quiero que me vea nadie. Entonces fue a esconderse entre unas flores del jardín. Un pajarillo lo vio y le dijo: ¿pero tú quién eres?

-Soy yo, Sibi, el gatito juguetón . -¡Sibi, no te reconozco; pero qué requetefeo estás! -Ya lo sé, estoy lleno de huevo. Soy, soy una tortilla andante –y comenzó a llorar.

No llores, le dijo el pajarillo. –Es que no me gusta que me vean sucio y con estos pelos horribles. ¿Me puedes ayudar? –No sé cómo hacerlo, Soy muy pequeño y el agua que coja con mi pico no te servirá para nada.

-Es verdad. Gracias por interesarte por mí. -Adiós, Sibi. –Una lágrima del gato cayó al suelo y mojó a un topo que salía de su madriguera.

-¡Anda! comienza a llover! Y yo con mis tareas sin hacer! Y rápidamente empezó a limpiar la entrada a su madriguera. Prestó atención y oyó cómo Sibi maullaba tristemente. -Un gato, se dijo. –¡Sálvese quien pueda. El gato va por mí! Y se escondió tras unas hojas. Como Sibi no se movía, se acercó. Este, al ver al gato con los pelos tiesos comenzó a reír y reír.

¡Pero gatuno!, ¿quién te ha puesto esos pelos así ? ja, ja. -No te rías. ¿Puedes ayudarme a limpiarme? -Con mucho gusto. Te echaré tierra y más tierra y así no se verán tiesos tus pelos. 

-¡Pero Topo, así me ensuciarás más y me cubrirás de tierra! -Bueno, pero esa es la única forma que tengo de limpiar. -Gracias, Topo, por intentarlo.

Se acercó a la cuadra, donde encontró a un cordero, que al verlo se asustó y empezó a balar y balar. –Calla, y no bales tanto, que vendrán todos y no quiero que me vean. Perdona. Es que nunca había visto un gato tan raro –y comenzó a reírse. Pero dime qué te ha pasado. -Pues verás… he trepado a una cesta llena de huevos y se me han caído encima. -¿Y qué quieres que haga? –Que me ayudes a limpiarme, corderito.

-Yo lo único que puedo hacer es dejar que te limpies en mi lana, pero no creo que eso te sirva mucho, porque estás ya seco. -Bueno, cordero, déjalo. Gracias por tu ayuda. Sibi estaba cada vez más triste y preocupado. Ya era la hora de comer, pero a él se le había quitado el hambre.

¡Qué raro! , dijo su ama: siempre viene puntual a comer; bueno, estará jugando por el jardín. El pelo de Sibi estaba cada vez más seco y pinchoso; así nadie podía ayudarle. Se marchó a un rincón del patio a seguir llorando. Nunca más haré travesuras ni jugaré en la cocina ni en el salón, ni … Y lloraba y lloraba.

Pasó por allí Sabueso, un perro de la granja poco amigo de los demás animales. Se acercó, pero Sibi no se pudo erizar porque estaba ya bien erizado. Sabueso dijo: ¡Pero Sibi, ¿Quién te ha puesto así?

-Nadie, dijo Sibi. –Pues así no se pone el pelo solo, dijo Sabueso; pareces un gato-peine. -Ya lo sé; trepé a un cesta de huevos y…

-No me digas más:  se te cayeron encima y te preocupa que te vean así, ¿no? -Pues sí; he pedido ayuda a otros animales pero nadie ha podido ayudarme. -No te preocupes, gatirrín: eso lo arreglo yo.-¿Y cómo? –Pues dándote un buen baño. -Y ¿dónde? –He visto un barreño lleno de agua cerca de la cuadra.

-¡ Pe..pero si los gatos no nos lavamos! –Ya lo sé, pero o te lavas o te quedas así de horrible.   

-¿Me ayudarás a bañarme? –Con mucho gusto. Nunca he bañado a un gato-peine ja ja ja. Oye, Sibi: pero en el baño tendrás que obedecerme. -O K, te lo prometo.

Y así fue como Sibi quedó limpísimo. Siempre le agradeció a Sabueso su gran ayuda. Desde entonces fueron los mejores amigos que hubo en la granja. Y Sibi aprendió lo importante que es ayudar a los demás cuando lo necesitan.

© Mª Teresa Carretero García

El Caballito de Mar

El Caballito de Mar

Cristina pasaba las vacaciones de verano en el Mediterráneo con sus tíos y sus abuelos Antonio y Pepi. Ese año Cristina estaba muy contenta porque había aprendido mucho en el cole y había sacado buenas notas. De todos los trabajos que había hecho el que más le gustaba era el de Naturaleza. Le tocó trabajar el hipocampo, que es el caballito de mar. Buscó en Internet y en libros de ciencias, y vio muchísimas fotografías de hipocampos. Desde ese momento le interesó mucho el caballito de mar.

Una tarde el abuelo Antonio le contaba historias de cuando era pequeño y de cuando fue por primera vez a conocer el mar.

  -Abuelo: ¿Cuándo tú eras pequeño había caballitos de mar? – Huy, los había a cientos. Los niños y niñas los cogíamos y jugábamos  con ellos, con erizos, con estrellas de mar y con peces pequeños que buscábamos entre las piedras;  se llamaban zorros. También veíamos   doradas, lubinas y  langostinos. Bucear era muy divertido, porque veíamos muchos animales marinos. – ¿Y qué hacíais con ellos?. -Los metíamos en cubos y cuando nos marchábamos a casa, los soltábamos de nuevo al mar.  A mí me encantaba coger los caballitos de mar, tan pequeños y escurridizos: eran como un juguete. – ¿Y no te daba miedo cogerlos? – ¡Qué va!, el caballito enroscaba su cola, a mi me encantaba tocársela. Tenías que ser muy rápido porque de pronto la estiraba y te daba un latigazo que hacía daño – ¡Ja, ja, ja!.  -Claro, el animalico se defendía como podía. -Llevas razón Cristina.

 -Abuelo: ¿Y por qué ahora casi no hay caballitos de mar? – Pues porque necesitan que el agua esté muy limpia y ya has visto tú cómo los océanos y mares están llenos de basuras y plásticos que hacen muy difícil la vida animal- Es verdad. Abuelo: qué pena que estén desapareciendo, con lo bonitos que son.

Días después, estaba Cristina buceando en el mar. Vio  un caballito y lo siguió sigilosamente; el caballito se dirigió hacia unas rocas. Con muchísimo cuidado Cristina se aproximó y quedó encantada… había muchos caballitos de mar. Sintió una gran alegría y pensó: -cuando se lo diga al abuelo Antonio se va a poner muy contento. 

Sintió que le tocaban el hombro y asustada se volvió rápidamente para defenderse. Vio a un niño que le hacía señas para que saliera a la superficie. ¿Has sido tú quien me ha tocado el hombro? -Sí he sido yo. – Pues me has dado un buen susto. –Lo siento, no quería asustarte, me llamo Lorenzo. – Yo Cristina.

Estabas entrando en  nuestro “ santuario de caballitos de mar”

-Perdona, ¿vuestro santuario? Repitió Cristina  – Sí: hace años que una asociación del caballito de mar trabaja para que no desaparezca y yo formo parte de esa asociación. Somos un grupo de voluntarios. Tú estabas adentrándote en el santuario, que es secreto: nadie sabe dónde está y lo ibas a descubrir.

Tenemos miedo de que la gente sepa su ubicación y los caballitos se marchen o, lo que es peor, que los cojan y se los lleven. – Encontré un caballito por casualidad y lo seguí. Eso es todo. -Ya lo sé: te vigilaba desde hacía un rato.

-Háblame de esa asociación. – Verás, somos un grupo cada vez más grande de personas mayores, jóvenes y niños: unos son biólogos, otros amantes de la naturaleza, ecologistas,  amantes de los caballitos de mar: queremos que no desaparezcan.

Nuestra sede está junto a la biblioteca pública. Nos reunimos y hablamos  no solo de los caballitos, sino también de otras especies que están en peligro. Contamos cuentos para que los niños y niñas sepan que el mar es de todos. Les enseñamos que no se debe ensuciar la playa, porque esa basura va al mar y los peces se la tragan y mueren. – Pues hacéis un trabajo muy bueno. – ¿ Qué tengo que hacer para ser socio de la asociación de “hipocampo, el caballito de mar”?. – Pues venir a nuestro local; ah, y puedes traer a quien quieras de tu familia.   –Estupendo. Se lo diré a mis abuelos, ellos dicen que hay que cuidar el mar porque es de todos.

 FIN  © Mª Teresa Carretero García

Los Números van de Excursión

Los Números van de Excursión

Un día un grupo de amigos decidió hacer una excursión. Se llamaban Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve y Cero. Eran… sí, Los Números.

Uno parecía un soldadito, y les dijo a sus amigos: Yo marcharé el primero, pues soy el más viejo y quien más experiencia tiene de todos nosotros. Me seguirá Dos. Dos dijo: Yo iré, bien limpito y aseado y no me separaré de Uno porque soy un poco miedoso. Todos sabían que lo que más miedo le daba a Dos era oír el ruido del viento moviendo las hojas.

Tres era muy atrevido y se ponía hacia delante, con las patitas en el suelo, y corría y corría hasta perderse al fondo del camino; entonces se escondía, pues le encantaba asustar a sus amigos. Se oía de pronto ¡ZAS! (era Tres detrás de ellos, y los otros números, asustados, corrían a formar un círculo: Uno, que era muy sabio, les había dicho: Si formamos un círculo, nadie podrá con nosotros: gritaremos y gritaremos hasta que alguien venga y nos ayude, pues los chillidos de los números son muy penetrantes y hacen daño al oído.

Cuatro era el más lento y decía: Yo peso bastante y tengo que descansar, pero soy una buena silla dispuesta ayudar si me necesitan. 

A Cinco le encantaba ir al campo y a los huertos: allí había conocido a una amiga muy parecida a él, La Hoz.

A Seis le gustaba sorprender a los demás. Hoy me disfrazaré de Nueve –decidió– y haciendo el pino aparecía como Nueve, y entonces Seis y Nueve parecían como hermanos gemelos, imposibles de distinguir.

Siete estaba muy orgulloso de su figura y decía: tengo un aspecto muy elegante: nadie puede confundirme, mi rayita en la cintura me da mucha compostura.

Ocho tenía una vista extraordinaria: le gustaba ponerse acostado en forma de gafas, y decía: Hago el servicio de vigilancia, para que nadie nos coma… pero me canso mucho durante el camino de tanto mirar y vigilar.

 

Nueve siempre estaba enfadado porque todos le decían que parecía un globo con un palito.

Él replicaba: es por mi gran cabeza de pensador. Puedo calcular en un momento la hora, las distancias, y muchas cosas más.

Cero era un poco patoso y siempre estaba tropezando con todo. Los números se reían de él y él les contestaba: Soy patoso, pero pronto aprenderé y ya veréis qué rápido ruedo por las laderas del monte.  

A la excursión, cada uno llevó algo para comer; Uno llevaba el agua, para no pasar sed. Dos, que era muy goloso, trajo chuches, que guardaba en una bolsita. Tres no trajo nada, pero dijo: Yo no necesito traer nada porque soy experto en encontrar comida en el monte para mí y los demás.

Cuatro apareció cargado de bocatas muy sabrosos. Cinco guardaría en su panza los papeles y envoltorios para que no quedasen tirados por el monte. Seis se puso en forma de cesta e iba llena de fruta muy rica. Siete y ocho dijeron: Nosotros dos podemos convertirnos en un refugio donde nos  resguardemos si llueve. Nueve llevó la leche y las galletas para la merienda.

Cero dijo: Yo puedo llevar… Los demás números no le dejaron terminar, dijeron: No, no, no es necesario que traigas  nada; tú ten cuidado de no tropezar y de no perderte. Y no te separes de nosotros. Eso haré,  contestó Cero.

Pasaron el día en la montaña jugando y divirtiéndose. A la hora de la merienda, cada uno hablaba de sus habilidades: Uno, por ser el más viejo e importante,  habló a los demás y dijo a todos ellos: Todos somos importantes, pero nadie es más que los demás.

Cero dijo: Yo solo no valgo nada, y delante de un número, tampoco; ¡qué triste estoy! Y se marchó hacia un lugar apartado.

Cero tropezó y cayó rodando cuesta abajo. Como era redondo, no conseguía levantarse, ni siquiera detenerse…fue a parar al  fondo del valle. Por suerte, no tenía magulladuras ni chichones: al ser hueco, pesaba muy poquito y además no se daba golpes fuertes porque, siendo redondo, rebotaba como un muelle.

Al rato, empezaron a echarlo de menos. Nueve dijo: ¡qué más da si se pierde! Cero no tiene importancia ni vale nada. Nadie le contestaba, pero Uno replicó: Cero es tan importante como cualquiera de nosotros. Sin él de compañero, yo no podría formar Diez ni tú –dijo a Nueve– podrías formar Noventa, ni Dos podría formar Veinte, y así los demás. Cero nos hace falta; sin Cero, estamos incompletos.

Anochecía cuando comenzaron a buscarlo. Uno le dijo a Ocho, por su buena vista, que se subiera encima de él para otear.

Alguien dijo: ¿No oís la canción de los amigos números? Viene de allá abajo. Ocho miró hacia el sitio de donde venía el sonido, y dijo: Allá está, apoyado en aquel pedrusco.

 Cuando lo recogieron, estaban todos muy contentos porque ya estaban completos. Desde entonces cuidaron mucho de Cero para que no se perdiera. Los números sabían que habían de quererse bien porque para trabajar tenían que estar mezclándose todo el tiempo con los demás. Antes de irse a dormir, para celebrarlo, cantaron el rap de los amigos números.

”Un, dos, tres/ estamos en las cosas pero no nos veis. /  Cuatro, cinco y seis – que rima con jersey.

Siete ocho nueve, ¡bien! / con el cero hacemos diez”.

FIN   ©Mª Teresa Carretero García