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El Caballito de Mar

El Caballito de Mar

Cristina pasaba las vacaciones de verano en el Mediterráneo con sus tíos y sus abuelos Antonio y Pepi. Ese año Cristina estaba muy contenta porque había aprendido mucho en el cole y había sacado buenas notas. De todos los trabajos que había hecho el que más le gustaba era el de Naturaleza. Le tocó trabajar el hipocampo, que es el caballito de mar. Buscó en Internet y en libros de ciencias, y vio muchísimas fotografías de hipocampos. Desde ese momento le interesó mucho el caballito de mar.

Una tarde el abuelo Antonio le contaba historias de cuando era pequeño y de cuando fue por primera vez a conocer el mar.

  -Abuelo: ¿Cuándo tú eras pequeño había caballitos de mar? – Huy, los había a cientos. Los niños y niñas los cogíamos y jugábamos  con ellos, con erizos, con estrellas de mar y con peces pequeños que buscábamos entre las piedras;  se llamaban zorros. También veíamos   doradas, lubinas y  langostinos. Bucear era muy divertido, porque veíamos muchos animales marinos. – ¿Y qué hacíais con ellos?. -Los metíamos en cubos y cuando nos marchábamos a casa, los soltábamos de nuevo al mar.  A mí me encantaba coger los caballitos de mar, tan pequeños y escurridizos: eran como un juguete. – ¿Y no te daba miedo cogerlos? – ¡Qué va!, el caballito enroscaba su cola, a mi me encantaba tocársela. Tenías que ser muy rápido porque de pronto la estiraba y te daba un latigazo que hacía daño – ¡Ja, ja, ja!.  -Claro, el animalico se defendía como podía. -Llevas razón Cristina.

 -Abuelo: ¿Y por qué ahora casi no hay caballitos de mar? – Pues porque necesitan que el agua esté muy limpia y ya has visto tú cómo los océanos y mares están llenos de basuras y plásticos que hacen muy difícil la vida animal- Es verdad. Abuelo: qué pena que estén desapareciendo, con lo bonitos que son.

Días después, estaba Cristina buceando en el mar. Vio  un caballito y lo siguió sigilosamente; el caballito se dirigió hacia unas rocas. Con muchísimo cuidado Cristina se aproximó y quedó encantada… había muchos caballitos de mar. Sintió una gran alegría y pensó: -cuando se lo diga al abuelo Antonio se va a poner muy contento. 

Sintió que le tocaban el hombro y asustada se volvió rápidamente para defenderse. Vio a un niño que le hacía señas para que saliera a la superficie. ¿Has sido tú quien me ha tocado el hombro? -Sí he sido yo. – Pues me has dado un buen susto. –Lo siento, no quería asustarte, me llamo Lorenzo. – Yo Cristina.

Estabas entrando en  nuestro “ santuario de caballitos de mar”

-Perdona, ¿vuestro santuario? Repitió Cristina  – Sí: hace años que una asociación del caballito de mar trabaja para que no desaparezca y yo formo parte de esa asociación. Somos un grupo de voluntarios. Tú estabas adentrándote en el santuario, que es secreto: nadie sabe dónde está y lo ibas a descubrir.

Tenemos miedo de que la gente sepa su ubicación y los caballitos se marchen o, lo que es peor, que los cojan y se los lleven. – Encontré un caballito por casualidad y lo seguí. Eso es todo. -Ya lo sé: te vigilaba desde hacía un rato.

-Háblame de esa asociación. – Verás, somos un grupo cada vez más grande de personas mayores, jóvenes y niños: unos son biólogos, otros amantes de la naturaleza, ecologistas,  amantes de los caballitos de mar: queremos que no desaparezcan.

Nuestra sede está junto a la biblioteca pública. Nos reunimos y hablamos  no solo de los caballitos, sino también de otras especies que están en peligro. Contamos cuentos para que los niños y niñas sepan que el mar es de todos. Les enseñamos que no se debe ensuciar la playa, porque esa basura va al mar y los peces se la tragan y mueren. – Pues hacéis un trabajo muy bueno. – ¿ Qué tengo que hacer para ser socio de la asociación de “hipocampo, el caballito de mar”?. – Pues venir a nuestro local; ah, y puedes traer a quien quieras de tu familia.   –Estupendo. Se lo diré a mis abuelos, ellos dicen que hay que cuidar el mar porque es de todos.

 FIN  © Mª Teresa Carretero García

Los Números van de Excursión

Los Números van de Excursión

Un día un grupo de amigos decidió hacer una excursión. Se llamaban Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve y Cero. Eran… sí, Los Números.

Uno parecía un soldadito, y les dijo a sus amigos: Yo marcharé el primero, pues soy el más viejo y quien más experiencia tiene de todos nosotros. Me seguirá Dos. Dos dijo: Yo iré, bien limpito y aseado y no me separaré de Uno porque soy un poco miedoso. Todos sabían que lo que más miedo le daba a Dos era oír el ruido del viento moviendo las hojas.

Tres era muy atrevido y se ponía hacia delante, con las patitas en el suelo, y corría y corría hasta perderse al fondo del camino; entonces se escondía, pues le encantaba asustar a sus amigos. Se oía de pronto ¡ZAS! (era Tres detrás de ellos, y los otros números, asustados, corrían a formar un círculo: Uno, que era muy sabio, les había dicho: Si formamos un círculo, nadie podrá con nosotros: gritaremos y gritaremos hasta que alguien venga y nos ayude, pues los chillidos de los números son muy penetrantes y hacen daño al oído.

Cuatro era el más lento y decía: Yo peso bastante y tengo que descansar, pero soy una buena silla dispuesta ayudar si me necesitan. 

A Cinco le encantaba ir al campo y a los huertos: allí había conocido a una amiga muy parecida a él, La Hoz.

A Seis le gustaba sorprender a los demás. Hoy me disfrazaré de Nueve –decidió– y haciendo el pino aparecía como Nueve, y entonces Seis y Nueve parecían como hermanos gemelos, imposibles de distinguir.

Siete estaba muy orgulloso de su figura y decía: tengo un aspecto muy elegante: nadie puede confundirme, mi rayita en la cintura me da mucha compostura.

Ocho tenía una vista extraordinaria: le gustaba ponerse acostado en forma de gafas, y decía: Hago el servicio de vigilancia, para que nadie nos coma… pero me canso mucho durante el camino de tanto mirar y vigilar.

 

Nueve siempre estaba enfadado porque todos le decían que parecía un globo con un palito.

Él replicaba: es por mi gran cabeza de pensador. Puedo calcular en un momento la hora, las distancias, y muchas cosas más.

Cero era un poco patoso y siempre estaba tropezando con todo. Los números se reían de él y él les contestaba: Soy patoso, pero pronto aprenderé y ya veréis qué rápido ruedo por las laderas del monte.  

A la excursión, cada uno llevó algo para comer; Uno llevaba el agua, para no pasar sed. Dos, que era muy goloso, trajo chuches, que guardaba en una bolsita. Tres no trajo nada, pero dijo: Yo no necesito traer nada porque soy experto en encontrar comida en el monte para mí y los demás.

Cuatro apareció cargado de bocatas muy sabrosos. Cinco guardaría en su panza los papeles y envoltorios para que no quedasen tirados por el monte. Seis se puso en forma de cesta e iba llena de fruta muy rica. Siete y ocho dijeron: Nosotros dos podemos convertirnos en un refugio donde nos  resguardemos si llueve. Nueve llevó la leche y las galletas para la merienda.

Cero dijo: Yo puedo llevar… Los demás números no le dejaron terminar, dijeron: No, no, no es necesario que traigas  nada; tú ten cuidado de no tropezar y de no perderte. Y no te separes de nosotros. Eso haré,  contestó Cero.

Pasaron el día en la montaña jugando y divirtiéndose. A la hora de la merienda, cada uno hablaba de sus habilidades: Uno, por ser el más viejo e importante,  habló a los demás y dijo a todos ellos: Todos somos importantes, pero nadie es más que los demás.

Cero dijo: Yo solo no valgo nada, y delante de un número, tampoco; ¡qué triste estoy! Y se marchó hacia un lugar apartado.

Cero tropezó y cayó rodando cuesta abajo. Como era redondo, no conseguía levantarse, ni siquiera detenerse…fue a parar al  fondo del valle. Por suerte, no tenía magulladuras ni chichones: al ser hueco, pesaba muy poquito y además no se daba golpes fuertes porque, siendo redondo, rebotaba como un muelle.

Al rato, empezaron a echarlo de menos. Nueve dijo: ¡qué más da si se pierde! Cero no tiene importancia ni vale nada. Nadie le contestaba, pero Uno replicó: Cero es tan importante como cualquiera de nosotros. Sin él de compañero, yo no podría formar Diez ni tú –dijo a Nueve– podrías formar Noventa, ni Dos podría formar Veinte, y así los demás. Cero nos hace falta; sin Cero, estamos incompletos.

Anochecía cuando comenzaron a buscarlo. Uno le dijo a Ocho, por su buena vista, que se subiera encima de él para otear.

Alguien dijo: ¿No oís la canción de los amigos números? Viene de allá abajo. Ocho miró hacia el sitio de donde venía el sonido, y dijo: Allá está, apoyado en aquel pedrusco.

 Cuando lo recogieron, estaban todos muy contentos porque ya estaban completos. Desde entonces cuidaron mucho de Cero para que no se perdiera. Los números sabían que habían de quererse bien porque para trabajar tenían que estar mezclándose todo el tiempo con los demás. Antes de irse a dormir, para celebrarlo, cantaron el rap de los amigos números.

”Un, dos, tres/ estamos en las cosas pero no nos veis. /  Cuatro, cinco y seis – que rima con jersey.

Siete ocho nueve, ¡bien! / con el cero hacemos diez”.

FIN   ©Mª Teresa Carretero García

LAS EXTRAORDINARIAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE

LAS EXTRAORDINARIAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE

Alonso Quijano, era un hombre a quien le gustaba muchísimo leer.

Tenía una gran biblioteca y poco a poco fue leyendo todos los libros que había en ella. Quería ser caballero andante como los protagonistas de sus libros. ¿Y qué era un caballero andante? Pues era como Super Mario: un caballero que ayudaba a pastores, a mujeres, a niños…Peleaba contra gigantes malos, encantadores, duendes malvados y magos perezosos. 

Un día decidió ir en busca de aventuras. Para ser caballero andante, necesito una armadura, pensó. Revolvió toda la casa y al final encontró una vieja armadura. Muy contento dijo: ya tengo armadura. Cuando la vio más de cerca, notó que estaba sucísima y que olía un poco mal… bueno,

muy mal porque el gato la utilizaba para… Ahora tendré que limpiarla. Pero aún me falta el escudo, la espada, la lanza…

Pasó mucho rato buscando lo que le faltaba. Al final de la tarde se puso la armadura y dijo: Parece de plata. Será la armadura más bonita de un caballero andante. Comenzó a andar con ella y hacía un ruido horrible: ñac, ñec, ñac.

El galgo, que dormía en la cocina junto al fuego, al oír el ruido salió corriendo y ladrando: guau, guau. Topó con Alonso, quien cayó al suelo mientras decía: ¡Ay, ay ay mis huesos!

La criada, al oír el estruendo de la armadura al caer, acudió y cuando vio la armadura en el suelo y una voz que salía de ella, gritó: ¡Dios mío: un hombre de hierro! Y corría de un lado a otro de la casa gritando: ¡Socorro, auxilio! ¡A mí, a mí!

Alonso se quejaba cada vez más fuerte para que lo oyeran: ¡Ay. Ay! Que soy Alonso. Ven, ven ¿es que no me reconoces? ¡Ayúdame!.

La criada se acercó y le dijo: Nunca se había disfrazado Usted así. -Pues ayúdame a levantarme y a buscar mi espada y mi escudo que acabo de perder.

A la mañana siguiente, Alonso se despertó sobresaltado. No puedo ser caballero andante, dijo, si no tengo un buen caballo. Entonces se acordó de que en la cuadra había uno y fue a verlo. Allí dormía plácidamente su caballo.

Oye, caballito, soy tu amo, dijo Alonso. Te contaré una cosa. Pronto tú y yo viviremos maravillosas aventuras. Tú serás el caballo más famoso de los caballeros andantes.

El caballito abrió un ojo, miró a D. Quijote y siguió durmiendo.

Días después, una mañana muy temprano, se levantó Alonso, se puso su armadura, cogió la lanza y la espada, montó en su caballo y salió en busca de aventuras.

Dijo Alonso: desde ahora me llamaré Don Quijote y como vivo en La Mancha, seré Don Quijote de La Mancha. Y tú, dijo al caballo, te llamarás Rocinante.

El caballo respondió: Pues no me gusta ese nombre; ¿no puedo elegir yo uno?

Alonso, que ahora se llamaba Don Quijote, paró el caballo y dijo enfadado: ¿Qué pasa aquí?

Alguien le ha hecho a mi caballo algún encantamiento: un mago malandrín que yo conozco. Como lo agarre…

El caballo respondió: De encantamiento, nada. Yo hablo desde pequeño como mi mamá, mi papá, mis hermanos…

Bueno, bueno, no sigas, dijo Don Quijote. Se me hace muy raro que hables. Y Rocinante dijo: pues se tendrá que acostumbrar, porque cuando estoy nervioso, hablo mucho.

Bien, dijo D. Quijote, continuaremos andando hasta que anochezca.

Pasaron varias horas y Rocinante preguntó: Amo, ya está anocheciendo y tengo hambre; ¿Cuándo paramos? Pronto, dijo D. Quijote.

-Mira, mira allí, veo un castillo, Rocinante. -¿Queeeé?, dijo el caballo, ¡pero si eso es una venta!.

Que no, que te equivocas, es un castillo y un buen castillo. Y Rocinante pensó: ¡madre mía, cómo está este!

Llegaron a la venta que Don Quijote creía castillo. Cenaron y le pidió al dueño, que él creía señor del castillo, que lo armara caballero para poder correr aventuras.

El ventero cogió la espada, se la puso encima del hombre, le dio un abrazo y le dijo: Ya eres caballero. Ahora vete a dormir que es muy tarde.

A la mañana siguiente, Don Quijote, muy contento, salió de lo que él creía un castillo, dispuesto a correr todas las aventuras que se le presentaran. Pronto volvieron al pueblo, para buscar un escudero y por medicinas por si se hacía algún chichón.

En el pueblo habló con un labrador vecino llamado Sancho Panza. Le dijo: Si quieres ser mi escudero, yo te ofreceré un reino para que lo gobiernes. Es un reino muy rico donde hay muchísima comida y se llama Ínsula Barataria. Sancho Panza aceptó, pues tenía mucha hambre y pensaba que en la ínsula Barataria comería todo lo que quisiera.

Tengo todo lo que necesito,  se dijo: hasta un escudero. Enseguida volveremos a salir de aventuras.

Un día caminaban por los campos y dijo Rocinante: Yo estoy cansado y quiero descansar a la sombra de un árbol. Sancho Panza, que iba distraído, dijo: Señor Don Quijote, ¡Qué ha dicho?

Don Quijote respondió. Yo, nada. -Pues yo he oído hablar a alguien. Claro, dijo Rocinante, he sido yo.

-¿Cómo?, ¿qué? este caballo está embrujado: algún mago malandrín se ha metido dentro de él.

¿Qué dices, Sancho? Dijo Don Quijote. Rocinante habla. -¿Y…  y por qué no me lo ha dicho? Me ha dado un susto de muerte. –Pues porque yo hablo a quien quiero y cuando quiero, dijo Rocinante.

A partir de ese instante, Sancho siempre iba sobresaltado por si hablaba el caballo.

Oye, Sancho, dijo Rocinante: que si te da miedo, no hablo.

Sancho respondió: un poco sí pero ya me acostumbraré. Solo te pido que no me hables por la noche cuando duerma, porque entonces gritaré y gritaré.

Caminaban un día lentamente y Don Quijote se paró de pronto, miró al horizonte y dijo: Mira, Sancho, un ejército de gigantes. Vienen hacia nosotros. Son Muchísimos, mira, mira sus grandes brazos, cómo se mueven.

-Señor  Don Quijote, yo no veo a nadie; esos son molinos de viento con sus aspas girando. -¿Qué dices, Sancho, bellaco? Si tú tienes miedo, yo lucharé contra ellos. Y salió al trote.

Sancho gritaba; ¡Don Quijote, que son molinos!,¡ que no son gigantes!

Don Quijote sacó la lanza y le dio al aspa de un molino; como giraba con fuerza, lanzó a Don Quijote por el aire. Y al caer se dio un gran coscorrón. Sancho Panza le curó el chichón y le dijo: eran molinos, señor. -No, contestó Don Quijote; eran gigantes y se han convertido en molinos.

Otra de las aventuras sucedió una vez que iban caminando y Don Quijote dijo: Mira esa polvareda, Sancho, es un grandísimo ejército que se nos acerca.

Sancho respondió: pues deben ser dos ejércitos, porque por ahí veo otro, señor. -Van a luchar entre ellos y veo a los jefes de los dos ejércitos y son personas muy importantes. ¿Ves a los gigantes que van con ellos? ¿No oyes el relinchar de los caballos? Sancho panza escuchó con atención y dijo: Yo solo oigo balar ovejas y cabras.

-Eso es el miedo que tienes, Sancho. Y Don Quijote fue directo a luchar contra uno de los ejércitos. Sacó su lanza y empezó a abrirse camino entre las ovejas y entre las cabras, que él creía soldados.

 Los pastores gritaban: ¡deje en paz a las ovejas, no se meta con ellas, déjelas tranquilas! Uno de los pastores le tiró una gran piedra y Don Quijote cayó del caballo, y así terminó esta historia.

Cansado de aventuras, volvió a casa, donde cayó enfermó. Su familia y Sancho Panza cuidaron de él.

Don Quijote había olvidado todas las aventuras. Sancho Panza se las contaba y él decía: Seguramente un mago debió hechizarme y perdí la cabeza. Pero ahora ya estoy bien y nunca más iré a correr aventuras.

FIN

(relato y extractos adaptados para niños por Mª Teresa Carretero)

El Albergue de las dos Amigas

El Albergue de las dos Amigas

Estaba una cerdita en su cochinera esperando que le dieran de comer.

Pasaron las horas y su amo no venía. Tenía hambre y sed. ¿Cómo es posible que mi amo se haya olvidado de mí?, pensaba la cerdita.

Pasó la mañana y nadie vino.

Por la tarde, Juani, que así se llamaba la cerdita, tenía ya mucha hambre y  mucha sed. Entonces decidió salir a buscarse la vida. Con cuidado abrió  la puerta y salió al prado.

Era inmenso: todo verde, verde. Juani comió hierba y más hierba hasta hartarse y bebió muchísima agua. Después se tumbó al sol y se entretuvo mirando las flores. Al poco rato pasó por allí una corderilla muy guapa.

¿Dónde vas, corderilla?. -Voy de paseo. –Pues quédate aquí conmigo, que estoy sola tomando el sol.

Bueno, dijo la corderilla; me llamo Rosita, y tú? Yo soy Juani, dijo la cerdita. ¿Qué haces sola en el prado?

-Mi amo ha desaparecido y he salido para comer y beber; ¿y tú, Rosita? 

-Yo me he escapado porque mi ama ha dicho que ya estaba casi criada y como vienen las fiestas, seguro que me comerán.

-No digas eso, Rosita. – ¡Pero si es verdad, Juani!

-Si te quieres quedar conmigo, tengo sitio en la cuadra.

-Bueno, ya  lo pensaré, dijo Rosita.  Esa noche durmieron las dos en la cuadra haciéndose compañía.

A los pocos días encontraron una tortuga boca arriba en el prado.  La tortuga intentaba ponerse en pie pero no podía.

-He tropezado con una piedra y me he volcado, decía. Rosita y Juani le ayudaron a ponerse en pie.

Gracias, dijo la tortuga.

¿Adónde vas, tortuga? -Por ahí, a buscar comida.

-Pues en este prado hay mucha, dijo Rosita, la corderilla. –Sí, pero yo quiero ver mundo.

-Bueno, ya sabes dónde estamos; si quieres jugar con nosotras, ven cuando quieras.

Esa noche Rosita y Juani no pudieron dormir: Todos los animales de las granjas cercanas chillaban sin parar. –¿Qué pasa esta noche con tanto ruido?, se preguntaban.

Al día siguiente se enteraron de que un lobo había entrado en los gallineros y se había comido gallinas, huevos y hasta algunos conejos. 

Estaban asustadas. -Tendremos que tener cuidado, dijeron Rosita y Juani.  

 Desde entonces, cada día cerraban muy bien la puerta de la cuadra para que no entrara el lobo.

 Cuando encontraban algún animal que iba de paso, le ofrecían la cuadra para que pudiera descansar. Así conocieron a muchos animales.

 Y a su cuadra la llamaron Albergue de las Dos Amigas. Y vivieron felices como dos buenas amigas muuuchos años.     

FIN        © Mª Teresa Carretero

 

Azul, color del Arco Iris

Azul, color del Arco Iris

Azul era un color obediente. Nunca se había separado de los otros colores. Aquella tarde, después de la lluvia todos los colores del Arco se habían colocado en fila uno a uno ocupando su lugar exacto en el cielo: en riguroso orden, uno junto a otro se extendieron en arco tomados de la mano, formando una curva bien redondeada.  Sabían que niños y mayores saldrían a admirar su belleza y colorido.

Azul era muy joven… y se aburría de hacer cada vez lo mismo, siempre igual. Él quería tener una vida algo más divertida. Por la noche, cuando los colores se retiraron a dormir a sus camitas de algodón, Azul se dijo: mañana me marcho a recorrer mundo y a buscar divertidas aventuras.

Sin decir nada a nadie tomó un hatillo y se marchó antes de que amaneciera.

No sabía adónde dirigirse. Se sentó con su hatillo. Esperó un poco a que saliera el sol, luego se dirigió hacia donde iluminaban los rayos solares. Oyó un sonido que se acercaba: era una bandada de pájaros volando, que pasaban y se iban alejando hacia el horizonte. Le encantaba ese vuelo libre y veloz: decidió seguirlos. Pronto comenzó a sentir sed y se detuvo junto a una fuente. Allí descansó y bebió agua.

Había cerca unas hojas de árbol bien grandes.

Azul pensó: estaría muy bien que me hiciese un sombrero con esas hermosas hojas… pero no sé cómo unirlas para hacerlo. Un animalillo lo observaba desde su escondite; le dijo: ¿No sabes cómo hacerte un sombrero con esas hojas, eh?. –Pues no, no lo he hecho nunca y me vendría bien para protegerme del sol, ¿sabes tú cómo se hace? –No, pero un amigo mío te puede enseñar. -¿cuándo? –Ahora.

El animalillo dio un fuerte silbido y apareció un pequeño ratón de campo. ¿Quién me llama con tanta prisa?, dijo. –Amigo ratón, aquí Azul necesita de tu ayuda: enséñale a hacerse un sombrero.

–Muy bien, ahora mismito: y con sus rápidos movimientos de uñitas y dientecitos, en un chís-garabís hizo de las hojas un precioso sombrero. Toma, dijo el ratoncito: ya lo puedes usar.

Gracias, muchas gracias; ¿qué puedo yo hacer por ti? –Nada, me lo ha pedido el amigo y yo le he complacido; ¿tienes hambre?  –Un poco, dijo Azul. –Pues ahora traigo algo. Y en menos de un minuto apareció con un cuenco de avellanas, que a Azul le encantaron; hasta entonces solo había comido sopa de nubes.

Me encanta esto que coméis, dijo Azul, pero lo que yo quiero es conocer mundo y correr aventuras. Y los dos dijeron a una: -Si eso es lo que quieres, debes cumplir tu sueño. –Mirad: si queréis que vuelva azul cualquier cosa, os lo puedo hacer. Ellos dos cuchichearon algo y luego dijeron: Bien, cámbianos el color, que queremos divertirnos un poco. Azul pronunció unas palabritas y sus dos amigos se volvieron completamente azules. Enseguida fueron a mirarse en el agua de un estanque: ¡Era cierto, ahora eran azules!

Se pusieron a andar por el monte y se encontraron a un pitufo, que se enfadó muchísimo al verlos de ese color. ¡Venid aquí!, dijo en voz alta, muy serio. ¿Qué hacéis, de ese color azul? Es el color de los pitufos y vosotros no podéis ir así; ¡bañaos en el arroyo y quitaos ese color!

Pero oiga, que no es pintura: nos ha puesto de ese color nuestro amigo Azul y no nos lo podemos quitar. ¡Bueno, pues poneos algo encima: un disfraz o lo que queráis: No os quiero ver así!. Y se fue muy enfadado.

En una casita cercana cenaban una niña y un perro. El perro comenzó a ladrar y la niña salió a la puerta con un palo paya ahuyentar a aquellos extraños.

Al ver a Azul cansado y con frío, se le acercó: -¿Estás solo? –Sí, viajo para conocer mundo y correr aventuras. -¿Y nadie te acompaña? – No. –¿Tienes hambre? –Sí, y también sed y sueño; ¿te importa que duerma junto a tu casa? –No, no; pero mejor estarás dentro: pasa, te podré un plato.-Gracias, niña; me llamo Azul, ¿y tú? .- Mariela. Y mi perro, Cariñoso. Es mi fiel amigo.

 

Después de cenar, colocaron entre los dos un colchón cerca de la chimenea. Mariela y Cariñoso se fueron a dormir y Azul quedó en el salón. Azul estaba muy contento de la suerte que había tenido en su primer día de aventuras. Durmió de un tirón hasta que el sol le guiñó en su cara despertándole.

Salió a la puerta para despedirse y vio a la niña y el perro en el porche pelando manzanas.

.–¿Qué hacéis? –Preparando las manzanas para hacer rica mermelada para el invierno: cuando comience a nevar será muy difícil bajar al pueblo. ¿Estás preparado para el viaje? -¿Es que hay que prepararse? –Claro: habrá lugares en que no encuentres comida ni agua ni sitio donde dormir. –Anda, no lo había pensado.

Mariela se puso seria y dijo: Antes de hacer un viaje hay que planificarlo. –Y entonces ¿dónde está la aventura, Mariela?.- No te preocupes, Azul: siempre surgirán un montón de cosas inesperadas. –¡Pero si ya he comenzado el viaje, Mariela!¡No puedo volver con mis amigos sin haber vivido una aventura!

La niña seguía callada pelando sus manzanas… y de pronto dijo -¡Ya lo tengo!, te quedarás conmigo y con mi perro hasta que aprendas lo básico para viajar solo. –¡O. K., choca esos cinco! (el perro se levantó y extendió su manita para chocarla también). ¿Cuándo empezamos, Mariela?. –Esta tarde; ahora puedes pasear por aquí cerca; luego pondremos la mesa entre los tres y comeremos. –De acuerdo, Mariela; hasta ahora.

Las lecciones comenzaron esa tarde, y eran:

La primera, saber orientarse: los puntos cardinales. Azul los conocía y sabía que de día te guía el sol y de noche las estrellas.

La segunda lección era hacer fuego. Le costó un poco más, porque el palito se le escurría de la mano. La tercera era buscar agua; a Azul le encantó aprenderlo. La cuarta, saber qué se puede comer y qué no y la quinta buscar refugio.

-¡No sabía yo que había que aprender tantas cosas para ir de aventuras!

–Claro, a veces tendrás que dormir al raso tapándote con lo que encuentres. Otras veces el viento te impedirá andar. Otras, tendrás que usar el ingenio para encontrar agua y comida. Cuando sepas todo eso serás un perfecto explorador.

Al cabo de un mes, Azul empezó a echar de menos las tareas que él tenía con sus amigos haciendo el Arco Iris.

Un día llovió mucho. Mariela y Cariñoso salieron a admirar el Arco Iris. Azul quedó impresionado: en medio de los colores había una franja en blanco, era el hueco que había dejado en el arco Iris. – ¡Qué pena: sin ti no parece realmente el Arco Iris!, dijo Mariela. Cariñoso, entretanto miraba a Azul y ladraba.

La gente se extrañaba del nuevo Arco Iris con una franja en blanco. ¿Qué habrá pasado?, se preguntaban todos.

Los demás colores se colocaban como mejor podían; formaban una fila impecable y perfecta, pero nada podía suplir la ausencia del Azul. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que la mejor aventura que le había sucedido en su vida era formar parte del Arco Iris y poder alegrar a niños y mayores después de la lluvia.

Un día dijo Mariela: Azul, ya estás preparado para vivir aventuras. –Sí, pero me he dado cuenta de que mi mejor aventura es formar parte del Arco Iris. Mañana volveré con mis amigos. –Si es lo que tú quieres, me alegro por tu decisión. –Gracias por todo. He aprendido mucho contigo y con Cariñoso. Lo hemos pasado muy bien; hasta pronto. Adiós, amigos.  

Y diciendo esto se volvió para encontrarse con sus compañeros.

Días después llovió. Mariela y Cariñoso salieron a  contemplar el Arco Iris: Azul lucía más espectacular y brillante que nunca.         

FIN                                       ©  Mª Teresa Carretero

Juanito y las Alubias

Juanito y las Alubias

Hace mucho tiempo, en un pueblo cerca de Londres vivía una viuda con su único hijo Juanito. Eran muy pobres: solo tenían una vaca.

No nos queda dinero ni para comprar el pan, -dijo, preocupada, la madre; pero aún tenemos la vaca.

Juanito propuso vender la vaca en Ramfield. El jueves siguiente fue al mercado de ese pueblo a venderla.

De camino al mercado, encontró a un hombre con un saco de alubias:

-¿Adónde vas con esa vaca, muchacho? –A venderla en el mercado. -Pues si quieres, te cambio la vaca por todas estas alubias.

El niño pensó que era un trato muy bueno, pues en casa no tenían nada que comer, y muy contento dijo: De acuerdo: deme su saquito de alubias y quédese con la vaca.

Cerca ya de su casa, iba gritando muy contento: -Mamá, mamá: ¡mira lo que traigo!

Al escuchar lo que contó Juanito y ver el saquito de alubias, la mamá se enfadó tanto que las tiró al corral y se puso a llorar desconsoladamente. Juanito no entendía el enfado de su mamá; él creía haber hecho un buen trato.

Al día siguiente, al levantarse Juanito vio que algo hacía sombra a su ventana.

¡Qué raro! si en mi corral no hay árboles, pensó.

Cuando salió al corral, quedó impresionado: Las alubias habían prendido en el suelo echando raíces y hojas. Sus tallos habían crecido muy alto, hasta las nubes: eran muy gruesos y se podía escalar por ellos. Y eso hizo Juanito: trepó y trepó, mientras su madre le decía:

-Baja, Juanito, que luego no podrás descender desde tan alto, es muy peligroso, baja, hijo.

Y Juanito trepaba y trepaba hasta lo más alto, mientras su madre seguía llamándolo muy preocupada.

Muy cansado y ya en las alturas, Juanito se encontró en un suelo entre las nubes. Echó a andar y después de un rato se sentó a pensar qué haría: Quizá terminaré muriendo de hambre, porque aquí no hay nada que comer.

 Siguió andando y vio a una mujer con un precioso vestido; llevaba una varita  adornada con un pavo real de oro.                                            

– ¿Cómo has llegado hasta aquí, niño? Él le habló de las alubias y de cómo trepó por sus tallos.

-¿Qué recuerdas de tu padre?, preguntó la joven. –Nada, señora, y cada vez que pregunto a mi madre, se pone triste y nunca me cuenta nada, dijo.

Yo te lo contaré: Yo era el hada protectora de tu padre; pero, por un error que cometí, perdí mis poderes y tu padre murió, sin que pudiera ayudarle. Si prometes obedecerme te lo contaré todo.

Juanito lo prometió y ella continuó su historia: Tu padre era muy rico, pero un gigante, a quien él ayudó, lo mató y se apoderó de todo lo vuestro. Nada pude hacer, pues estaba privada de mis poderes. Cuando tu vaca fuera vendida, yo recuperaría mis poderes.

Yo hice que adquirieras las alubias y llegaras hasta aquí, donde vive el gigante. Y tú tienes que castigarlo. Juanito prometió hacerlo.

 Era ya de noche cuando Juanito llegó ante una casa muy grande, que parecía una fortaleza.

A la puerta había una señora de aspecto amable, que le dio comida y un lugar para dormir. Estaba muy extrañada, porque a la casa del  gigante malvado nadie se atrevía a llamar.

De pronto se oyeron unos fuertes golpes – Es el gigante, mi marido. Si te descubre, te matará; y también a mí por darte albergue.

Rápidamente escondió a Juanito en el horno. Por las rendijas veía el niño al gigante devorar enormes trozos de carne.

¡Quiero divertirme!, dijo a su mujer; y ella trajo una gallina. -¡A poner huevos!, dijo él. Al instante, puso la gallina un huevo de oro. Por tres veces repitió la orden y consiguió tres huevos de oro, que el gigante metió en una bolsa que llevaba en la cintura. Luego, se quedó dormido.

El niño observaba la gallina maravillado.

Cuando Juanito salió del escondite, tomó la gallina y corrió hasta la planta de alubias, por la que había subido, llegando así hasta su casa en pocos minutos.

Juanito abrazó a su madre, que lloró de alegría al ver a su hijo sano y salvo.

-¡Mira!, le dijo mostrándole la gallina. –“Ahora pon”, le ordenó. Y la gallina obedeció dejando sobre la mesa un huevo de oro. Una y otra vez le mandó poner y la gallina siempre obedecía. La madre de Juanito estaba muy sorprendida.

El gigante supo al despertarse que un niño había llegado por un tallo de alubias y se había llevado la gallina. Intentó entonces bajar y recuperar su gallina.  Juanito lo vio desde abajo y cortó con su hacha el tallo. El gigante cayó desde lo alto y murió.

Una vez vendidos los huevos, Juanito y su mamá nunca más pasaron hambre.  Y desde entonces vivieron siempre felices.

FIN

(Abreviado y adaptado por Mª Teresa Carretero -de la versión recogida por Dinah Craik en ‘The Fairy Book’)