Seleccionar página
El Don de Fortunato

El Don de Fortunato

Fortunato era un niño muy especial.

Antes de nacer Fortunato, su madre, Celia, tuvo una visión muy extraña: Se le apareció una mujer muy guapa con un vestido cuajado de estrellas de mil colores. Tenía una piel muy blanca, los  ojos de color miel y unos labios rojos como pétalos de una rosa.

Se dirigió a Celia y le dijo: Cuando nazca tu hijo tendrá un don especial. ¿Cuál será?, preguntó Celia. La mujer desapareció en un instante, sin responder a la pregunta.

Por la noche le contó la visión al marido. -No te preocupes mujer, ha sido solo un sueño; te habrá sentado mal la cena. -No, no: era tan real como te estoy viendo a ti, los colores de los árboles del bosque eran de un verde como nunca había visto. –Claro, eran de un sueño. Lo mejor es que te olvides de eso.

Pasaron los meses y nació el niño, que era precioso: parecía un muñequito.

-¿Qué nombre le pondremos? preguntó el papá. -Yo le pondría Fortunato.  -Pero mujer, a mi me parece un nombre muy largo para un niño tan pequeño. Ya sé, estás pensando en la aparición.  -Claro, si es cierto que tiene un don, será un niño afortunado.  -Si es lo que te gusta, le pondremos ese nombre, añadió el padre.

Y así el bebé pasó a llamarse Fortunato. Siempre estaba sonriendo, nunca lloraba ni se enfadaba. Si se le caía la chupeta esperaba pacientemente a que se la colocaran de nuevo, y si le daban el biberón un poco más tarde, tampoco se enfadaba.

-Qué suerte hemos tenido de tener un bebé tan bueno, decía la mamá de Fortunato.

El niño fue creciendo; le encantaba que su mamá lo pusiera en el jardín de la casa para mirar las flores y los pájaros.

Un día Celia observó que cuando Fortunato salía al jardín, los pajarillos y las mariposas se acercaban a él y comenzaban a rodearlo y a cantar con bonitos trinos. Lo que más extrañaba a Celia era que rodearan al niño  pajarillos, mariposas, abejas, chicharras, que nunca le picaban…

Fortunato fue creciendo y aprendió a hablar. Un día en el jardín de casa  Celia observó a su hijo. Hablaba con los animalillos:  -Hola amiguitos, buenos días: ¿Cómo estáis esta mañana? Los pajarillos trinaban y las mariposas se acercaban a sus oídos; los abejorros zumbaban,  y lo más extraño era que él entendía lo que hablaban. Otro día lo escuchó decir: – Hoy os pondré   nombre para poder dirigirme a cada uno de vosotros. No arméis tanto ruido y dejadme pensar.

La mamá escuchaba atónita la conversación…Entonces recordó el sueño que tuvo antes de que naciera Fortunato y dijo en voz alta: El don era que podría hablar con los animales. Cuando venga mi marido le diré mi descubrimiento.

El papá la escuchaba atentamente mientras Celia repetía: Te aseguro que lo he visto yo misma, nuestro hijo tiene ese don.

Una mañana, Fortunato, fue de excursión con su clase a una granja cercana. El granjero les enseñó  sus animales. Tenía cerdos, ocas, pollos, gallinas, conejos, ovejas y dos burritos. El granjero presumía de sus animales. Un niño preguntó: ¿cuántos huevos ponen las gallinas cada día?.

El granjero se puso serio y respondió: hace una semana que han dejado de poner huevos y no lo entiendo.

Entonces Fortunato preguntó: ¿podemos ver  las gallinas? – Claro, venid conmigo.

Fortunato se acercó a una gallina, la acarició y todas las gallinas del gallinero se apiñaron a su alrededor y comenzaron a cacarear.

El granjero, sus compañeros y la profesora se quedaron muy extrañados. ¿Qué tenía Fortunato con las gallinas, que todas cloqueaban a su alrededor?

Cuando salieron del gallinero, Fortunato le dijo al granjero: las gallinas están bien, pero asustadas porque desde hace varios días un zorro se acerca al gallinero e intenta abrirlo para comérselas. Eso las estresa y hace que no puedan poner huevos. Cuando se solucione el problema,  pondrán más huevos que antes. Muchas gracias niño, nunca olvidaré tu ayuda.

-Señor granjero: al pasar junto a un burrito he visto que estaba triste. -Es cierto,  lo he llevado al veterinario. Dice que está muy sano para su edad. -Podría acercarme a él? – Claro que sí.

Fortunato se acercó al borrico; tras escuchar un rato sus rebuznos, volvió junto a sus compañeros y el granjero, algo nervioso, preguntó: ¿ qué  le pasa a mi borrico?. Fortunato dijo sonriendo: no se preocupe, el burrito está bien. Está triste porque cree que como es viejo lo va a  vender y traerá otro joven. A él le gusta vivir con usted y con  todos sus amigos en esta granja.

El granjero, con lágrimas en los ojos, dijo: No lo voy a abandonar, porque a los buenos amigos nunca se los abandona, aunque estén viejos y ya no puedan trabajar. Efectivamente, traeré otro joven para que me ayude en la granja y haga las tareas que él ya no puede hacer, pero aquí hay sitio para  tres burritos.

Él me acompaña desde hace tiempo y yo lo considero un amigo. Díselo, Fortunato, por favor. El burrito tras escuchar al niño se acercó a su amo y empezó a rebuznar de alegría mientras todos los niños reían y hacían palmas.

Así fue como los niños y niñas de su clase supieron que tenían un compañero muy especial a quien recurrir cuando sus mascotas se pusieran tristes o enfermas. Fortunato fue feliz porque  con su don podía ayudar a sus compañeros y amigos.

F I N    © Mª Teresa Carretero

La Nube Caprichosa

La Nube Caprichosa

Las nubes se paseaban por el cielo. Cada día, antes de salir, se reunían para decidir adónde ir.

La nube secretaria apuntaba en su libreta los lugares donde iban, para así poder visitar todos los rincones de la tierra.

Hoy, dijo la nube más anciana, saldremos pronto porque más tarde el viento va a soplar fuerte  y nos arrastraría lejos y entonces no podríamos llover sobre los campos resecos que vimos ayer.

Las nubes jóvenes replicaron: no siempre tenemos que producir lluvia. Nosotras queremos jugar y divertirnos. Hace mucho tiempo que no hemos hecho figuras de animales y es lo que hoy nos apetece hacer. La nube secretaria dijo: pero nosotras somos nubes buenas y debemos descargar agua donde se necesite. Si cada una hace lo que quiere, ocurrirá como el mes pasado, que fuimos a parar a un mismo lugar y estuvo lloviendo allí demasiado. Y al final, en vez de ayudar, estropeamos la cosecha.

Las nubes jóvenes contestaron: De acuerdo, pero nosotras queremos divertirnos, y eso haremos. Sin hacer caso a las nubes mayores, se marcharon a divertirse.  Estuvieron una semana jugando y divirtiéndose. Pero poco a poco se fueron aburriendo y regresaron con las demás nubes; todas menos Blanquita.

Blanquita no quiso hacer caso a las otras nubes y se quedó sola. Pronto entendió que sola no servía para mucho.  Si se ponía a llover, era poca el agua que soltaba y no ayudaba a nadie. Si estaba ventoso, el viento la arrastraba muy fuerte y aunque ella le gritaba, el viento no la oía, y no tenía con quien hablar.

Entonces dudó si no sería mejor volver con sus amigas al grupo de nubes. Pero ella aún quería seguir sus aventuras.

Un día que estaba cansada y triste, se quedó dormida. Despertó sobre un gran árbol. Vio una casita y una niña que jugaba en el jardín.

La niña miró al árbol y vio la nube. Se frotó los ojos, pues era la primera vez que veía una nube tan cerca y  en su jardín. Llamó a su hermano Luis y los dos se sentaron mirando la nube.

Oye, dijo Luis a su hermana: ¿Cuánto tiempo seguirás mirando a la nube? Sólo un poquito más, respondió La nube se fue a dar una vuelta por el cielo, y los niños volvieron a sus juegos.

Por la noche, la nube volvió al árbol. A la mañana siguiente dijo Luis: María, la nube está ahí, durmiendo.

No hables fuerte, dijo María, no la despertemos, tendrá sueño.

Y los niños estuvieron callados observándola hasta que la nube despertó.

¡Hola!, dijo la nube, ¿Qué hacéis? . -Mirándote dormir, respondieron.

Si me subo al árbol -dijo Luis, ¿me dejarás que te toque?; nunca he tocado una nube.

No hace falta, respondió la nube: yo bajaré un poco más para que me puedas tocar. – Gracias, nube, dijo el niño.

¿Qué hacéis aquí solos?, preguntó la nube.

No estamos solos, respondieron los niños. Nuestros papás están dentro de la casa; nosotros jugamos todo el día en el jardín porque estamos de vacaciones; ahora no hay cole.

Oye, nube, dijo María, ¿Quieres jugar con nosotros?

¿Y qué tengo que hacer? preguntó la nube.

Forma figuras de animales, dijo la niña. Luego decimos qué vemos y tú dirás quién ha acertado.

Me encanta, dijo la nube, ¡vamos ya! Y se alejó del árbol para hacer sus figuras.

Estuvieron jugando toda la tarde; al día siguiente volvieron a jugar. Esta vez fueron al prado. Los niños corrían o saltaban y la nube les hacía sombra cuando tenían mucho calor.

La nube dijo: si queréis os puedo refrescar. ¿Cómo? preguntaron los niños. Pues lloviendo sobre vosotros. Y eso hizo la nube. Se dieron la ducha más divertida de su vida.

Poco a poco, la nube y los niños se hicieron amigos y se quedó a vivir en el árbol del jardín.

Por la mañana temprano, la nube se posaba sobre las ventanas de las habitaciones de los niños y los llamaba. Los acompañaba hasta el colegio y se quedaba en el cielo del patio hasta que salía del cole, para volver con ellos a casa.

Oye, nube, le dijeron un día los niños: ¿Tú nos darías un paseo? Nunca hemos visto nuestra casa desde el cielo.  Ella los montó encima y se dieron un paseo por el cielo.

¡Qué chuli! decían los niños mientras saltaban y  daban volteretas en la nube. ¡Qué blandita y blanca eres! Gracias por pasearnos. Nube, te queremos.

Y la nube se puso muy contenta.

Oye, nube, dijeron los niños un día: ¿Por qué no te quedas a vivir con nosotros?

¿Queréis que me quede?. preguntó la nube

Sí, sí, por favor, respondieron los niños.

Y la nube se quedó a vivir sobre el árbol del jardín hasta que se hizo muy mayor. Un día desapareció. Los niños preguntaron a su mamá por la nube. Ella les contó que unas nubes jóvenes habían venido a llevarla con su familia de nubes.

FIN                  © M. T. Carretero

La Uña Mágica de Alberto

La Uña Mágica de Alberto

En las afueras de una pequeña ciudad vivía un hombre en su vieja cabaña. Su único entretenimiento era cuidarse la uña del dedo índice de su mano derecha. Esta había crecido más que las otras. Estuvo cortándola varios años, y cada vez que lo hacía esta crecía más.

Un día, cansado del trabajo que le daba la uña dijo: “Se acabó, quieres tomarme el pelo, pues no lo conseguirás, crece todo lo que quieras, desde ahora no te haré ni caso”. Cumplió lo que dijo y la uña creció y creció, hasta que dejó de hacerlo.

Así fue como la uña se convirtió en algo muy útil para Alberto, que ese era su nombre.

Con un tamaño de varios centímetros la uña resultó muy, pero que muy útil para Alberto. Con ella alcanzaba las cosas que estaban en los lugares altos de los armarios, se peinaba con ella e incluso le servía para recoger las semillas de las amapolas que había en el campo.

Un día al despertarse descubrió una cosa maravillosa en su uña  ¡le había nacido en ella una amapola roja, muy roja, preciosa!.  La cuidó con mucho mimo, regaba la amapola con agua clara de un manantial que había cerca de su casa y mientras vivió la amapola, tuvo mucho cuidado de no dañarla, pero la amapola se secó y la uña se volvió a utilizar para  los trabajos que había hecho siempre.

 La cabaña de Alberto era muy sencilla, él no necesitaba grandes cosas para vivir.

Detrás de la cabaña tenía un huerto donde había rosas, plantas aromáticas, naranjos, limoneros, lechugas tomates, perejil…decía Alberto que todas las plantas juntas crecían mejor, porque así se hacían compañía.

Un día fue a la ciudad a comprar clavos, pues se había estropeado una estantería de su casa. 

Volviendo a casa encontró a una niña llorando junto a un pozo. La miró, se detuvo y preguntó:-por qué lloras niña?. – Porque acabo de perder mis libros y mis cuadernos y dentro de unos días tengo los exámenes y quiero sacar buenas notas. – Y como los has perdido?. La niña lloraba y lloraba – tranquilízate y cuéntame lo ocurrido a lo mejor te puedo ayudar.

Pues verá señor… Me llamo Alberto, dijo el hombre.   Y yo Margarita: Como le decía, los ancianos del pueblo dicen que este pozo es mágico y que si dices ciertas palabras se cumple tu petición. Yo había pedido ser la primera de la clase para poder estudiar en la ciudad cercana. Es lo que me gusta y ahora sin mis libros no lo conseguiré.

Alberto se rascó la cabeza con su uña mientras pensaba, y dijo: Margarita, dime las palabras mágicas que pronunciaste. La niña comenzó de nuevo a llorar desconsoladamente y dijo con voz entrecortada por el llanto: Es que las llevaba escritas en la  libreta que se cayó al pozo. Alberto intentó consolarla: No te preocupes, encontraremos una solución.

Buscaron por los alrededores alguna rama de árbol,  pero todas era cortas. Entonces el dedo comenzó a girar y la uña  a señalar hacia el pozo. Alberto estaba muy extrañado, pues aunque sabía que su uña era especial, nunca se había comportado de esa manera. Se dirigieron los dos al borde del pozo y Alberto colocó su mano sobre el pozo e inmediatamente el dedo y la uña señalaron en dirección al fondo. Ante el asombro de los dos, el agua comenzó a subir hasta llegar al borde, y pudieron rescatar los libros y el cuaderno. La niña no sabía cómo agradecerle su ayuda.

Alberto se llevo el dedo a los labios y dijo: de esto ni una palabra a nadie por favor. Así lo haré, respondió la niña. Y estudia mucho para que se cumpla tu deseo.

– Vale. Y muchas gracias por tu ayuda.

Nunca olvidó Margarita el gran favor que le hizo Alberto

Pasó el tiempo y un día que Alberto dormía la siesta escuchó  ladridos y voces de personas  cerca de su casa. Salió a la puerta y vio a su amiga Margarita.  ¿Qué pasa, con tanto ruido?

-Un niño se ha perdido y andamos buscándolo. -Válgame Dios, pues si que es un problema.        -Estamos muy preocupados porque si se nos hace de noche sin encontrarlo, el niño pasará mucho frío y mucho miedo.

-¿Y qué puedo hacer yo por vosotros? – Pues verás, recuerdas lo que pasó en el pozo? –Claro, para mí fue toda una sorpresa lo que ocurrió. -Pues ahora quiero que utilices tu uña mágica para que nos ayude a encontrar al niño.  -Bien lo intentaré; veremos si funciona.

No quiero que nos vea nadie, Margarita. No te preocupes, me quedaré junto a ti y luego alcanzaré a los demás.

Alberto abrió sus manos e inmediatamente, de nuevo el dedo comenzó a girar y la uña, como si fuera una flecha, apuntó justo al lugar contrario por donde marchaba la gente.

Margarita exclamó: Madre mía, íbamos por el sitio equivocado. Muchísimas gracias por tu ayuda, Alberto. La niña corrió a avisar a la gente que el buen camino era otro.

Antes del anochecer encontraron al niño, que estaba sentado junto a un árbol y jugaba con unos pajarillos.

En el pueblo todos agradecieron a Margarita que les hubiera ayudado a encontrar el niño. Pero ella estaba muy preocupada porque  fue la uña mágica de Alberto la que les indicó el camino correcto para encontrar al niño; debería decirlo, pensaba.

Un día fue a la cabaña de Alberto  y ella dijo que no veía justo que se lo agradecieran a ella, que quería que se supiera la verdad. Alberto, sonrió y le dijo: Margarita, es mi deseo que no se sepa. A veces lo importante es ayudar a los demás, aunque nunca sepan quien lo hizo.

F I N   ©Mª Teresa Carretero García

El Bocata de Pepito

El Bocata de Pepito

Pepito vivía en un pueblecito con sus papás.

Iba al colegio; le gustaba mucho jugar con sus amigos y escuchar las explicaciones de su seño Ana.

Un día la seño explicaba mates y le preguntó: Pepito, Cuánto son dieciocho más doce? That’s  thirty, respondió el niño.

¡Pepito! ¡Pero si has contestado en inglés!, dijo la seño sorpendida, mientras los niños reían. Lo siento, seño; no me he dado cuenta. Otro día, en clase de sociales la seño le preguntó y la respuesta del niño fue sorprendente. Los compañeros no entendían lo que había respondido. La seño dijo: ha contestado en francés. Ella empezó a preocuparse…

En clase de música la respuesta de Pepito era imposible de comprender. La seño dijo esta vez: hoy ha contestado en alemán.

La mamá dijo al enterarse: ¡Qué raro! Mi hijo no recibe lecciones de idiomas y mi marido y yo sólo hablamos español. Se preocupó y se lo contó a su marido, que no le dio importancia: no te preocupes, es que Pepito es muy listo; a lo mejor lo ha aprendido de la televisión, dijo.

Cada vez le ocurría con más frecuencia eso de hablar en otros idiomas.

Lo llevaron al médico, quien examinó minuciosamente al niño. Todo está bien, comentó; pero si quieren, vayan a la ciudad y consulten con otros doctores.

Así lo hicieron y visitaron a un psiquiatra y a una psicóloga.

Pepito estaba feliz de conocer la ciudad, a la que volvieron varias veces. Los médicos le hacían dibujar y jugar a juegos muy divertidos.

Tranquilizaron a sus papás diciéndoles que no tenía importancia.

Los resultados decían que todo estaba bien pero ignoraban la causa de que hablara idiomas.

Explicaron: lo mismo que ha empezado a hablar esos idiomas, cualquier día dejará de hacerlo.

Esto tranquilizó mucho a la mamá de Pepito, aunque el niño seguía hablando idiomas diferentes en clase.

Solía ocurrir en las clases de después del recreo y cada vez con más frecuencia. La historia de Pepito se convirtió en un suceso nacional. Todas las televisiones querían entrevistarlo en el patio del cole después de comerse su bocata.

Al principio, a Pepito le gustaba salir en la tele, e incluso le divertía verse hablando en otros idiomas. Pero poco a poco le fue aburriendo este asunto.

Una vez un niño le hizo una broma que le enfadó muchísimo y él le dio un empujón que lo sentó en el suelo. Todos se alarmaron mucho del comportamiento de Pepito, pues era bueno y pacífico.

La directora llamó a los papás del niño: lo que había hecho era grave y estaba muy mal. Pensaron que podía ser por la presión a que estaba sometido.

La seño Ana y la mamá de Pepito llegaron a hacerse muy amigas.

Buscaron en Internet alguien que pudiera ayudar a resolver el enigma. Encontraron personas que sabían curar tristezas, recuperar amigos, hablar con los animales, quitar los miedos y muchísimas cosas más.

.

Un día su mamá encontró en Internet este anuncio: Marisa Olmos, buscadora de duendes, gnomos, duendecillos y hadas traviesas. Anotó la dirección y se puso en contacto con seño Ana.

La seño invitó a Pepito y a su mamá a merendar. Estaba Marisa, una señora mayor de pelo blanco, era menuda, de ojos muy azules, sus manos eran pequeñas y muy blancas.

Marisa sabía muchas historias de países lejanos y conocía muchísimos cuentos. Llevaba un pequeño libro en el que Pepito vio hasta 635 tipos distintos de gnomos, hadas, duendes y geniecillos.

Iba acompañada de una cesta de la que nunca se separaba…

Marisa, la seño y la mamá de Pepito  visitaban con frecuencia la panadería de Angelines.

Marisa le ayudaba a veces a hacer dulces y pasaba tardes enteras en la panadería. Buscaba en realidad el origen del problema de Pepito. A este le intrigaba que Marisa nunca se desprendiese de su cesta y una vez observó la cesta de Marisa abierta. Vio asomar el extremo de un pañito blanco. Tiró de él y descubrió una pequeña trompeta de cristal… quiso acariciarla. Tenía un brillo que deslumbraba. Al posar su mano en ella, observó que emitía un sonido muy especial.

La devolvió a la cesta y no habló a nadie sobre ello.

Marisa lo olía todo en la panadería; decía que su olfato le permitía distinguir la presencia de geniecillos, hadas o gnomos; “a veces se esconden tan bien que estando muy cerca no los ves».

«Una vez un geniecillo estuvo acostado en un botón de mi abrigo varios días sin que me diese cuenta, ni tampoco mi gato Paco, que es experto en olfatear y descubrir geniecillos!”  Un día Pepito vio la pequeña trompeta en las manos de Marisa.

La trompeta cambiaba de color según quien la tenía: Si la cogía la panadera, era roja; con la seño Ana era azul; si la cogía su mamá era rosa y naranja. Pero si la cogía Marisa era de todos los colores a la vez.

Estuvo en la panadería soplando la trompeta tres días. Por fin salió, muy contenta y sonriente.

De nuevo invitaron a Pepito a merendar en casa de la seño Ana.

Entonces le contaron esta historia rogándole no revelarla hasta que fuese mayor.

Marisa comenzó:

Sospechábamos que el origen del enigma podría estar en la panadería de Angelines. Y efectivamente descubrí con mi trompeta que se habían instalado allí unos geniecillos muy traviesos.

Les gustaba mucho jugar y gastar bromas.

Se entretenían en rozarse las alas unos con otros. Después bailaban y cantaban mientras las sacudían: eran transparentes y estaban cubiertas de un polvillo dorado. Como supondrás… “Polvos mágicos”, interrumpió Pepito. Así es, asintió Marisa. Esos polvillos caían en la harina, en los dulces y sobre todo en el chocolate.

“¡Mi dulce favorito!” dijo el niño… “Y lo comías a todas horas” –añadió la mamá.

“Ese polvillo hacía que pudieras hablar esos idiomas sin haberlos estudiado”. “¡Qué guay” –dijo Pepito- “saber las cosas sin estudiar”!  “Pero cuando se vayan los geniecillos, tú perderás ese don”, advirtió la seño Ana. “Vale”, asintió Pepito.

Bueno, prosiguió Marisa: Los geniecillos que se quedarán en el pueblo hasta la víspera de San Juan. y tendrán una gran reunión en el bosque cercano. Es una noche mágica y especial para ellos. Esa noche las hadas jóvenes hacen su juramento. Ellas y los geniecillos se reparten el cuidado de los bosques, pueblos y ciudades, que protegerán de los espíritus y de las brujas.

Marisa prosiguió: pronto dejarán la panadería y tú volverás a comportarte como los demás niños.

Así conoció Pepito el origen de lo que le había sucedido. No contó nada a nadie, ni a su mejor amigo, como había prometido. Cuando se hizo mayor, escribió esta historia para los niños españoles, franceses, ingleses y alemanes, cuyos idiomas llegó a aprender y hablar.           FIN 

      © Mª Teresa Carretero García           

Pipo, el Abejorro Rojo

Pipo, el Abejorro Rojo

Había una vez una familia de abejorros que vivían en un árbol del bosque. Todas las mañanas salían con sus hijos Pipo y Suki a buscar comida.

Una vez se adentraron en el bosque y Pipo se quedó atrás mirando mariposas y pajarillos que jugaban al corro.

De pronto Pipo se encontró solo, se había perdido.

Sus papás lo llamaron muchas veces pero él no los oía. Cansado de volar y con mucha hambre se paró al borde de un camino. Comió de unas flores y se quedó dormido.

Cuando despertó miró a su alrededor. No conocía el lugar. Comenzó a llorar…

Se había quedado dormido sobre una flor y sus lágrimas resbalaron por las hojas hasta el suelo. A la sombra de esa flor descansaba un pequeñín, un ser diminuto, como un gnomo.

Las lágrimas de Pipo lo mojaron y Tin creyó que llovía. ¡Anda, un abejorro rojo, con lo que me gustan!

¿Me hablas a mí?, dijo Pipo enfadado.  Sí, dijo Tin. -Me llamo Pipo; estoy solo y me he perdido. Y continuó llorando.

Tin, condujo a Pipo hasta su casa y contó a sus papás cómo lo había encontrado: «está perdido y no tiene dónde ir”.  Su papá Tadeo le mostró el hueco de un árbol donde antes había vivido un abejorro. Pipo se puso muy contento al ver que ya tenía una casita donde dormir. Tras limpiar su casita, se dio una vuelta por el bosque y se preparó una cama bien mullida. Por la tarde estuvo jugando con los pequeñines de la aldea.  Todos los días jugaba y se divertía con sus nuevos amigos. Un día, el pequeñín Ifo se cayó y se rompió un brazo. Nadie sabía cómo arreglárselo.

Tin y Pipo quisieron ayudarle y, tras mucho pensar idearon un aparato, que llamaron aviobús, para llevarlo al médico al pueblo grande más cercano con el señor Tadeo y con la mamá de Ifo. En pocos días y con ayuda de todo el pueblo estaba listo el aviobús.

-Ahora hay que probarlo, a ver si funciona. El señor Tadeo preguntó a Pipo: ¿ Estás seguro que podrás con nosotros y con el aviobús? -Estoy segurísimo: soy muy fuerte. Yo seré el primero que se suba en el aviobús, dijo Tin.  -Y yo te acompaño, añadió su papá.

Entre todos empujaron el aviobús por una rampa y cuando estaba arriba, Pipo se ciñó el aviobús al cuerpo con mucho cuidado de no estropear sus alas.

El aviobús subía y subía con la ayuda del aire.

Dieron una vuelta sobre el bosque y pronto descendieron en un lugar donde habían colocado hojas secas y musgo para aterrizar suavemente. La prueba había salido bien, y enseguida prepararon el viaje.

El señor Tadeo llevaba un mapa y una brújula por si se perdían y a las tres en punto se pusieron en camino. Cada quince minutos, Pipo hacía una parada de descanso. Después de la tercera parada, ya casi de noche, el señor Tadeo dijo: ese es el pueblo.

Pipo preguntó: ¿Está usted seguro? -pues era un pueblo de pequeñines, todo muy diminuto.

Aterrizaron en un lugar cubierto de hierba y musgo. Pronto les rodearon muchos pequeñines, amigos del señor Tadeo. Este les contó que traían a Ifo para que lo viera el médico.

Rápidamente lo llevaron a la consulta del doctor Tomillo.

Estuvieron varios días en el pueblo hasta que Ifo se curó. Pipo aprovechó para descansar y prepararse para el viaje de vuelta. El pueblo tenía escuela, mercado, hospital y muchos jardines y plazas donde jugaban los pequeñines.

Pipo conoció a otros abejorros y a todos preguntaba por su familia, pero nadie los había visto.

Cuando el médico dio permiso a Ifo para volver a casa, los vecinos hicieron una rampa para despegar, como la que utilizaron al emprender el viaje.

Entre todos llevaron el aviobús a lo alto de la rampa.  Pipo se ciñó el aviobús con cuidado de no rozar sus alas y emprendieron el camino de vuelta a la aldea. Antes de anochecer ya estaban en casa.

Salieron todos los vecinos a recibirlos. Cuando aterrizaron decían aplaudiendo: ¡Viva Pipo, viva Pipo! Tin se acercó a Pipo y le dio las gracias por ayudar a Ifo. –De nada, ha sido un placer. Ahora tengo una nueva familia. Y además muchos amigos en el otro pueblo de pequeñines.

Y le dijo a Tin: tenemos que mejorar el aviobús: debe pesar menos; así irá más rápido. Propondré a tu padre viajar al pueblo cada vez que lo necesitéis. Ahora tengo sueño, voy a dormir. Buenas noches, Tin. Buenas noches, Pipo. Hasta mañana.

FIN

© María Teresa Carretero García

El León y el Conejito

El León y el Conejito

Un león paseaba por la selva, muy enfadado. Rugía sin parar grr. grr. grr., tengo hambre, tengo mucha hambre.

Los animales se escondían, se subían  a los árboles, cuando el león tenía hambre, pues se ponía furioso.

Se cruzó con  un conejito. Hola  señor león, buenos días, saludó el conejito. El león le respondió grr… grr… grr… ¿Dónde va tan serio?, preguntó el conejito.

Tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa. Incluso a ti, dijo el león. El conejito, separándose un poco le dijo: pero los leones no comen conejitos: somos muy pequeños y tenemos muchos huesos.

¿Si te ayudo a encontrar comida, dejarías tranquilos a los animalitos de la selva?

Bueno, dijo el león, si la comida me gusta, a lo mejor.

El conejito habló con los monos, que trajeron plátanos y piñas. Los elefantes trajeron sabrosas ramas muy dulces. Las jirafas cogieron las manzanas más grandes de los árboles. El hipopótamo trajo sabrosos pescados muy grandes. Los pájaros también ayudaron y les dijeron que  había un búfalo ahogado en el río.

Todos ayudaron y prepararon un gran banquete. Asaron el búfalo con manzanas, piña y las ramas dulces de árbol.

El león durmió la siesta. Después se preparó para la cena, se bañó, se secó bien al sol y se peinó la hermosa y larga cabellera.

Todos los animalitos preparaban la cena del león. Cada uno ayudaba como podía. Los pajarillos buscaron hojas que colocaron a modo de mantel.

Los monos pelaron las frutas y las colocaron sobre él junto con las otras viandas. La jirafa, con su gran cuello oteó un asiento para que el león estuviera cómodo.

El conejito formó un coro, que cantaba y bailaba al son de la música de otros animalillos. Cuando la cena estuvo preparada, despertaron al león, que se puso a seguir el rastro de la comida con su buen olfato.

Al ver la cena, se puso muy serio. El conejito le preguntó: Señor león, ¿es que no te gusta lo que hemos preparado?

El león tosió un poco y dijo con fuerte voz: nunca nadie me había preparado una comida como esta. Todos se sentaron en silencio, esperando la reacción del león cuando terminase de comer. Y dijo: ¡Vamos, ¿qué esperáis? Que suene la música, bailemos todos.

El conejito le preguntó: pe pe… pero te ha gustado?

Claro que sí, chaval, todo estaba muy bueno. Si me preparáis comidas así, nunca más perseguiré ni me comeré a ningún animal de la selva.

Y desde entonces los animales de aquella selva tuvieron al león como amigo. Los animalitos quisieron agradecer al conejito su ayuda y le hicieron una gran tarta de zanahorias, que era lo que más le gustaba.

El león aprendió a convivir con los demás animalitos y muchas veces él también ponía la mesa, buscaba la comida y la cocinaba. Era un bosque conde reinaba la armonía.

FIN                ©  María Teresa Carretero