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El Gatito que no tenía Nombre

El Gatito que no tenía Nombre

Había una vez un gatito que vivía en un parque. Un día encontró un perrito que se llamaba Sam.

Oye, gatito, dijo Sam: cómo te llamas? — El gatito se quedó pensando y dijo: No tengo nombre.

El perrito pensó un poco y dijo: No puede ser; todos tenemos un nombre. —Sí, dijo el gatito, pero yo estoy solo y nadie me ha dicho cómo me llamo.

Sam dijo: pues yo te pondré un nombre. ¿Cómo quieres que te llame, gatito?–No sé, me llamaré como tú quieras, y sonrió.

Sam pensó: es muy difícil elegir un nombre para alguien pues lo llevará toda la vida.–A ver, dijo Sam, déjame pensar un ratito.

Se sentaron en silencio los dos. De pronto el perro dio un grito y dijo: ¡Ya lo tengo! Te llamarás Bird.

¿Cómo?, dijo el gatito: eso es pájaro, no me gusta.–Tengo otro, dijo Sam: ¡ Chocolate!

Tampoco me gusta! —¡Pues qué difícil es poner un nombre!

Oye, ardilla: dinos un nombre para el gatito.

Pues, pues… Segismundo.

El gatito dijo: ¡Es muy largo!

Entonces le pidieron ayuda a un pájaro. Dijo: pues ponedle Arbolgrande.

No, no me gusta ese, dijo el gatito.

Le pidieron ayuda a una mariquita y ella dijo: ¡Color rojo!, a mí me gusta mucho.

No, dijo el gatito: no me gusta.

Bueno, ya sé: como es tan difícil me quedaré sin nombre.

Un niño pasaba por allí y los oyó hablar. ¿Queréis que os ayude?, preguntó.

Sí, por favor, dijeron todos.

Pues te puedes llamar Harry, como mi primo. Y todos aplaudieron y se rieron mucho.

Y el gatito decía: ¡mi nombre es Harry, mi nombre es Harry!

Hansel y Gretel, los niños que se perdieron en el bosque

Hansel y Gretel, los niños que se perdieron en el bosque

Hansel y su hermanita Gretel eran hijos de un leñador pobre. Un día la madrastra convenció al padre para abandonar a los dos niños en el bosque, diciéndole que no tenían bastante dinero para darles de comer.

Hansel les oyó decir que los iban a abandonar y fue a buscar piedrecitas para marcar el camino y poder volver cuando los llevasen al día siguiente. Así que salió de su casa a buscar piedras, y así pudo marcar un camino cuando los llevaron al bosque.

A la luz de la luna, comenzaron a caminar de vuelta a casa siguiendo el camino que Hansel había marcado con las piedras. Por la mañana llegaron a su casa.

Su madrastra, se sorprendió al verlos y decidió llevar a los niños aún más adentro del bosque, para que no pudieran volver. Hansel, que otra vez escuchó las discusiones de sus padres, quiso ir a recoger piedras, pero esta vez no pudo, porque la puerta estaba cerrada con llave.

Cuando fueron a dejarlos en el bosque, Hansel, como no tenía piedras, marcó un camino echando migas del pedazo de pan que su madrastra le había dado, solo que esta vez cuando salió la luna no pudieron encontrar el camino porque los pájaros se habían comido el pan.

Llevaban los niños dos días perdidos en el bosque y cuando ya no sabían qué hacer, oyeron el canto de un pájaro blanco muy bonito y siguiéndole llegaron a una casita hecha de chocolate, pastel y azúcar. Hansel y Gretel se pusieron a comer de ella. No sabían que esta casita era una trampa de una bruja mala para encerrarlos y luego comérselos.

La bruja puso a Gretel de sirvienta para ella y a Hansel lo tenía encerrado. Cada mañana la bruja hacía a Hansel sacar el dedo por los barrotes para ver lo que había engordado, pero éste la engañaba sacando un hueso que había recogido del suelo.
Un día, la bruja dijo: hoy me comeré a Hansel. Entonces dijo a Gretel que tuviera listo el horno de asar. Pero la niña fue más lista que la bruja y consiguió que ella se asomase para comprobar que el horno estaba bien. Entonces Gretel la empujó adentro y la dejó encerrada en el horno.
Los dos niños, con la bruja ya encerrada, cogieron de la casita las piedras preciosas y volvieron a casa a encontrarse con su padre, ahora que ya había muerto la madrastra.
Desde entonces, con la riqueza de las piedras preciosas ya no pasaron más hambre y vivió la familia junta y feliz para siempre.
FIN (Adaptado por Mª Teresa Carretero)

El Deseo de la Reina

El Deseo de la Reina

En el Reino de la Frontera, la reina Úrsula vivía muy feliz con su marido el rey Julián. Úrsula gustaba de pasear por los jardines del palacio y visitar la biblioteca, donde se entretenía leyendo  historias y libros de ajedrez.

Un día vino su prima a visitarla. Le contó el viaje que hizo desde su lejano país. Cuéntame , prima Lydia, ¿Cómo ha sido ese viaje?, dijo Úrsula.

Muy largo, prima: hemos viajado en camello por el desierto, en barco… y hemos sufrido terribles tempestades. Mi séquito ha tenido que luchar contra todo tipo de peligros: grandes osos, animales monstruosos que nos cortaban el paso y salteadores de caminos… en fin, ha sido una hazaña llegar hasta tu reino.

Bueno, apuntó Úrsula: ahora descansa y reponte de esa aventura.

La prima Lydia se quedó varios meses en la corte. Un día Ursula le preguntó:¿ De todo lo que has visto, qué es lo que más te ha impresionado?

Lydia pensó un poco y respondió: la nieve. ¿Qué es eso, Lydia? Pues, la nieve, la nieve.

Pero yo no sé lo que es. – Pues… pues es hermosísima, algo único.

¿Y cómo me lo explicarías para que yo lo entendiera?, pues nunca la he visto.

Veamos, dijo Lydia: Es como si cayeran del cielo diminutos  trocitos de nubes de algodón; se van depositando en el suelo y se forma una espesa alfombra grandísima, blanca blanquísima que lo cubre todo. Es… precioso.

Y dónde viste eso, Lydia? En las tierras altas del Cáucaso. A veces las casitas y los árboles quedan casi sepultados por la nieve.

¡Cómo me gustaría ver eso, prima!

Pídeselo a tu marido, dijo Lydia; a lo mejor te lleva.

Lydia, tras unos meses en el Reino de la Frontera, retornó a su país.

Úrsula se quedó sola y solo pensaba en lo que le había explicado su prima. Poco a poco se fue poniendo triste, muy triste. El rey le regaló muchos libros nuevos, trajes, perfumes y un precioso caballo negro, pero Úrsula cada día estaba más triste. Tan triste que enfermó.

El rey averiguó que la reina Úrsula estaba triste porque quería ver la nieve. Él le dijo: pide lo que quieras y lo pondré a tus pies, pero la nieve no te la puedo conseguir.

La reina sonrió, tomó la mano del rey y continuó triste como siempre.

El rey reunió a los sabios del reino pero nadie sabía cómo conseguir que nevara en el Reino de la Frontera y así lo viera la reina Úrsula.  Un día cambió sus ropajes reales por el atuendo de uno de los servidores de palacio, y se dispuso a recorrer el reino para encontrar quien lo solucionara. Entró en mesones, recorrió caminos, durmió en establos…  Y un buen día observó a un hombre en un huerto recogiendo hortalizas.

Buenos días, buen hombre , le dijo el hortelano. ¿Qué hace usted por acá?

Busco un remedio para mi mujer, que está enferma de tristeza.

¿Qué le pasa? Preguntó el hortelano. -Que quiere ver la nieve y en este reino no hay.

Mira, dijo el hortelano: yo te puedo ayudar. ¿De verdad?, dijo el rey; cuánto me cobrarás?

Nada, dijo el hortelano. Por ayudar a la gente no se cobra nunca nada. ¿Ves aquellos árboles al fondo del huerto? ¿Y eso  qué tiene que ver con la nieve? Pues mucho, respondió el hortelano: esos árboles se llaman almendros y echan unas flores blancas que cuando se abren parecen nieve.

¿Nieve?, dijo el rey ¡nieve nieve? Vente conmigo, que me ayudes a plantarlos

Pero si yo soy feliz aquí! Respondió el hortelano.

Más lo serás en mi palacio conmigo. Soy tu rey. El hortelano se quedó mudo, pues las ropas del rey eran como las suyas.

¿Y cómo llevas esas ropas? .-Pues para que no me reconozcan.

Bien, Majestad, dijo el hortelano; voy con vos donde queráis.

El rey lo nombró jefe de los jardines, de los huertos y de las fuentes reales. Pronto plantaron de almendros los alrededores de palacio y los montes cercanos.

Úrsula seguía enferma de tristeza.

Pasó el tiempo y llegó febrero del año siguiente.  Dispusieron la cama de la reina cerca de la ventana. Cuando salieron las flores, el campo, el monte y parte del jardín estaban cubiertos por una bellísima capa blanca: era la flor del almendro.

Cuando Úrsula lo vio se le quitó la tristeza y dijo: Ya sé como es la nieve.

Poco a poco, su mejoría fue en aumento. Cuando se pudo levantar, daba grandes paseos entre los almendros en flor.

El hortelano se hizo muy famoso, pero lo que más le gustaba era haber ayudado a quitar la tristeza de la reina y que el rey fuera su mejor amigo.

Y vivieron todos muy felices durante muchos años.

FIN (adaptación libre por M T Carretero, de la famosa leyenda)

La Peonza Presumida

La Peonza Presumida

Había una vez una peonza que no quería jugar con los niños y las niñas.
Era muy bonita y al sol parecía de charol.
Las otras trompas le decían: juega con las niñas y niños; es muy divertido. A nosotras nos han hecho para jugar.
Pero ella no quería mancharse ni rodar por el suelo. Pensaba que ella era demasiado valiosa como para llenarse de polvo.
Su dueño se cansó de ella y la arrinconó en el jardín de su casa. Tengo, decía, una preciosa peonza que no sirve para nada.
Allí pasó todo el invierno, se mojó y los pájaros se subieron a su lindo cuerpo.
Se acordó de sus amigas las peonzas y pensó: ellas sí que estarán calentitas en las habitaciones de las casas de las niñas y niños, y yo aquí… muerta de frío.
Cuando llegó el verano, estaba sucia, y sus colores brillantes habían desparecido.
El niño la vio en el jardín y dijo: no sirve para nada: está vieja. La tiraré a la basura. Además, no sabe jugar.
La peonza lloraba amargamente y se decía: si hubiera querido jugar con los niños, al menos me habría divertido con ellos y sabría qué es jugar.

El niño tiró la peonza a una papelera y se marchó.
Un amigo abrió la papelera para tirar unos papeles y vio la peonza.
Que me coja, que me coja, por favor, decía la peonza para sí. Este preguntó: me la puedo llevar para mí. Haz lo que quieras es vieja y fea, además no quiere jugar, pero si es tu gusto llévatela.
El niño la lavó, la pintó y la peonza volvió a resplandecer.
Ahora, pensaba la peonza, sí jugaré y me portaré muy bien con mi dueño. He aprendido muy bien la lección.
Desde entonces, estuvo dispuesta a jugar con las niñas y niños. Siempre estaba alegre, pues se divertía mucho jugando y ganando a las demás peonzas. Y cuando perdía, también estaba contenta por tener tantos peonzamigos y peonzamigas.
FIN © Mª Teresa Carretero

Anita Niña Desordenada

Anita Niña Desordenada

Anita vivía con sus papás en una bonita casa. Era estudiosa pero también muy desordenada. Su mamá le decía: las cosas deben estar ordenadas: algún día necesitarás algo y no lo encontrarás.

Ella respondía: yo sé dónde está cada cosa y nunca se me pierde nada. La mamá le respondía: algún día tendrás un problema, por ser tan desordenada.

Anita tenía la ropa revuelta. Siempre tenía prisa a la hora de ordenar las cosas y así juntaba ropa sucia con limpia, los zapatos de verano con los de invierno, bañadores con jerséis, en fin un desastre.

Era, como decía su papá, la niña más lista y aplicada de su clase, pero también la campeona del desorden. Siempre con prisa.

En su habitación había armarios y cajones, estantes y una mesa de estudio, pero ella dejaba las cosas encima de la cama, de la mesa o de la silla, o también en el armario, pero donde primero se le ocurría.

Un día invitó Ana a un compañero a merendar. Su mamá le dijo: ¿has ordenado la habitación? -Sí, mamá: un poco, pero lo suficiente.

Cuando entró su amigo en la habitación, la encontró bastante desordenada y se quedó algo extrañado, pues creía que ella era amante del orden…

Más de media hora estuvieron buscando el diccionario de inglés, y por fin apareció… debajo de un montón de ropa a los pies de la cama. Anita pensó: mi mamá va a tener razón.  El niño pensó: ¡qué extraño que una niña con buenas notas tenga la habitación en tal desorden que pierda tanto tiempo en buscar un libro!

A Ana no le importó que su amigo viera lo desordenada que era: para ella eso no era importante.

Casi al final del curso, Anita preparó un trabajo sobre conocimiento del medio, con muchas observaciones sobre plantas y árboles raros que había en su ciudad. Tenías muchos dibujos y anotaciones. Tenía escrita también la historia de esos árboles raros o exóticos.

Estaba muy orgullosa de su trabajo: era el más largo y completo que había hecho en su vida.

La noche anterior al día en que tenía que entregarlo, había estado completando los dibujos y los últimos detalles.

Anita estaba contenta pero muy cansada: estaba tan cansada que dejó caer la libreta en el suelo y se quedó dormida.

Por la mañana se levantó y se preparó para ir al colegio.

Buscó inútilmente la libreta por cada rincón de la habitación. Registró el armario y sus cajones, y hasta removió toda la ropa, dejándola en desorden…

Fue inútil: la libreta había desaparecido. Cuando llegó a la clase, no pudo entregar su trabajo: lo había perdido.

Como era estudiosa y sabía muy bien lo que había escrito, le dijo a la seño: si quiere, lo puedo explicar todo en la pizarra. Y eso hizo.

Al terminar su explicación, dijo a la seño: ¡Qué pena que no haya podido ver mis dibujos: eran detallados y en colores!

¡Otra vez será!, dijo la seño.

Al llegar a casa, le extrañó a Anita que su perrita no saliera a recibirla. Pensó que estaría entretenida en algo… Y tenía razón Anita, porque cuando al fin la encontró, no pudo reprimir un grito: ¡Salchicha, qué haces, deja eso! La perrita seguía mordisqueando la libreta de Anita. Ella se lamentaba  gritándole: ¿Cómo voy a entregar esto a la profesora? ¡está asqueroso!

Salchicha la miraba con ojos de miedo y comenzó a temblar.

Ella se acercó, la acarició y dijo: No tengas miedo, es culpa mía. ¡Nunca más me pasará un desastre como este, lo prometo! ¡desde hoy comenzaré a tener mis cosas ordenadas! Como dice la abuela, ¡Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio!

Y fue así como Anita empezó a ser una niña ordenada. Además aprendió que así le quedaba más tiempo para jugar y divertirse con sus amigas y amigos, al no tener que perder tiempo en buscar sus cosas.

FIN

© Mª Teresa Carretero

La Joven Molinera y el Duende

La Joven Molinera y el Duende

En el pueblecito de Inthal, junto al lago Wal, un molinero tenía una hija muy bella y quiso que la conociera el rey. Ella se vistió y arregló elegantemente y una vez en la estancia del trono, explicó su papá:
– Majestad, mi hija hace cosas extraordinarias: cuando hila, sabe convertir la paja en hilo de oro.
-Eso cuesta creerlo. Que venga mañana para que la vea hacerlo: me gustaría ver cómo lo hace.
Al día siguiente llegó la joven y la pusieron a prueba: Toda esa paja has de convertirla en oro y tienes tiempo hasta mañana por la mañana. Si no, la guardia real te matará.
La joven molinera dijo: pero eso no es justo. No hay alternativa, las órdenes del Rey siempre se cumplen, le replicó el jefe de los guardias.
Como no sabía hacerlo, porque era un invento de su padre, la joven se asustó y se echó a llorar.
Al poco tiempo, un extraño hombrecito apareció en la estancia: ¿qué le ocurre a la bella joven?, dijo. –Que me obligan a hilar para que toda esa paja se vuelva oro.
-¿Qué me darías si lo hago por tí?
-Te doy este collar, dijo la joven.
El extraño ser se quedó con el collar y poniéndose al trabajo, fue llenándose de hilo de oro un huso y otro y otro hasta terminar la tarea justo al amanecer.
Pero aquel rey era muy codicioso y exigió que por la tarde la joven repitiera el prodigio con otra carga de paja. Nuevamente la joven sollozaba desconsolada. Apareció otra vez el mismo hombrecito diciendo de nuevo: ¿qué le ocurre a la bella joven?–Que me obligan a hilar para que toda esa paja se vuelva oro.
-¿Qué me darías si lo hago por tí?
-Te doy este anillo, dijo la joven.
El extraño ser se quedó con el anillo y poniéndose al trabajo, fue llenándose de hilo de oro un huso y otro y otro hasta terminar la tarea justo al amanecer.
Tenía tanta ambición el rey que ordenó la llevaran a otra sala más grande llena de más paja y le dijo: Tienes que hilar esto y si lo consigues para el amanecer me casaré contigo y serás reina.
De nuevo apareció el hombrecillo diciendo: ¿qué le ocurre a la bella joven?–Que me obligan a hilar para que toda esa paja se vuelva oro.
-¿Qué me darías si lo hago por tí? –Ya no tengo nada para darte, respondió.
-Pues prométeme que me darás tu primer hijo cuando seas reina.
-Te lo prometo, dijo la joven molinera, muy asustada ante el pensamiento de poder ser ajusticiada.
Temprano la mañana siguiente acudió el rey y viendo todo aquel oro hilado, se casó según había prometido. Al año, tuvieron un niño precioso.

La Reina se había olvidado del hombrecillo y de su promesa, pero un día se le presentó de improviso y le dijo:
Dame lo que prometiste.
La Reina se horrorizó y llorando le suplicó: Te ofrezco todas las riquezas del reino si no te llevas a mi hijo. El hombrecillo respondió: No, porque un ser vivo es más valioso que cualquier riqueza del mundo.
Tanto lloró y suplicó la Reina, que le dio lástima, y como era muy vanidoso y lo que más amaba era la fama, dijo:
Te doy tres días. Si para entonces has averiguado mi nombre, te dejaré conservar tu hijo.
La Reina pasó toda la noche repasando todos los nombres que sabía e incluso mandó un enviado a anotar todos los nombres que pudiese de personas en el reino. Cuando vino de nuevo el hombrecillo, ella empezó a decir nombres: Melchor, Gaspar, Baltasar, Hans… y a cada nombre que decía, él contestaba; no, tampoco, ese tampoco es mi nombre…
A la vez siguiente, ella recitó más y más nombres de persona, obtenidos en regiones vecinas, hasta los más raros… y él contestaba: No, no es Sisebuto, no es Crescenciano, no es Friedrich… No es ese mi nombre.

Al tercer día, el enviado real vino con este mensaje: No he encontrado nuevos nombres, pero en un monte al final del bosque, estaban despidiéndose un zorro y una liebre, dándose las buenas noches. Vi una casita y cerca de ella ardía un fuego y dando saltos a pata coja había un hombre pequeñajo y ridículo que cantaba: «Hoy horneo, mañana destilo y al otro, me quedo con el crío. Suerte para mí, el duende SALTARÍN ” Podéis imaginar lo contenta que se puso la Reina de saber el nombre del duende. Cuando llegó el hombrecillo y preguntó: ¿Cuál, Señora Reina, es mi nombre? ella, con mucho aplomo dijo: -A que no es Konrad –No, dijo él. -A que no es Harry – Tampoco A que sí es … ¡¡Saltarín!! -Algún traidor te lo ha dicho. Algún traidor te lo ha dicho, qué mala suerte tengo. Y diciendo eso estampó en el suelo su pie derecho tan fuerte que se oyó un enorme trueno, surgió una nube de humo blanco y en ella el hombrecillo desapareció. La Reina fue muy feliz con su amado hijo, a quien educó para que nunca fuera ambicioso. FIN Adaptado por M Teresa Carretero