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La Carta de Guille, cuento de Navidad

La Carta de Guille, cuento de Navidad

La iluminación navideña alegraba la ciudad. Ya casi estamos en Navidad, dijo la mamá de Guille. -Sí,
respondió este: ya estoy pensando en los dulces, las vacaciones los regalos…
¿Sabes ya qué pedir a Papá Noel y a los Reyes Magos? -Aún no lo sé.
-Pues ya puedes pensarlo porque pronto recogerán las cartas.-Pero es que no sé qué pedir.
– ¿Estás enfermo, hijo? ¿Cómo no sabes qué pedir? Eso es nuevo en ti; el año pasado escribiste una carta de tres folios. -Sí, pero es que pido los juguetes y luego no tengo con quién jugar.
-Es cierto, hijo. El cole está lejos y los amigos y amigas no viven en este barrio. – Y además en toda esta calle no hay niños ni niñas de mi edad con quienes poder jugar.
– No te preocupes, Guille; ya vendrán nuevos vecinos que tengan niños. -Eso lo dijiste el año pasado y el anterior y luego no viene nadie.
-Podemos jugar contigo papá y yo. -Ya, pero jugar siempre con mayores es muy aburrido. Y con mi gato Niki solo puedo jugar al fútbol, con su pelotita: ayer me paró un gol con el rabo… pero ¿sabes? Se cansa pronto y pierde el interés, porque lo que le gusta es atrapar la pelota, se la lleva entre los dientes, se esconde y ahí termina el juego.
-Bueno, tú escribe la carta, que pronto podrás jugar con niñas y niños que vengan a esta calle.
-Esa noche Guille se durmió pensando en lo que le había dicho su madre.
Al día siguiente, en el recreo, todos hablaban de las cartas que habían escrito a los Reyes Magos y a Papá Noel.
¡Vaya!, mamá tenía razón: todos mis amigos ya tienen sus cartas escritas. Esta noche Niki y yo escribiremos a Los Reyes Magos y a Papá Noel.
Después de cenar subió Guille a su habitación. ¿Te acuestas muy pronto hoy, no?, dijo la mamá. No es eso, es que voy a escribir la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos. -Pues entonces, hasta mañana, Guille. Hasta mañana, contestó el niño.

No tenía Guille muy claro qué les pediría. Se echó sobre la cama y se puso a pensar, mientras acariciaba a Niki. Se concentraba mejor cuando oía su ronroneo. De pronto dijo: Niki, vamos a escribir la carta. El gato saltó sobre el escritorio para estar bien cerquita de su amo. Guille empezó a escribir.

“Queridos Papá Noel y sus Majestades los Reyes Magos de Oriente”: Les extrañará que les escriba una carta que es para los dos, digo los cuatro, pero es que es una petición muy, muy difícil y necesito la ayuda de todos ustedes.

Todos los años me traen muchos juguetes, libros, cuentos, ropa y chuches. Pero este año, lo que les pido es otra cosa:

QUIERO UN AMIGO QUE VIVA EN MI CALLE para poder jugar con él y divertirnos.

Ya sé que es una petición un poco extraña, pero como ustedes pueden hacerlo todo, confío en que me ayudarán. Los niños tenemos que jugar con otros niños y niñas y eso no lo puedo hacer; solo jugar con mi gato y aunque me divierta, Niki no es una persona y no puede contestarme cuando le hablo.

Sé que vuestros carteros saben mucho y podrán hacerles llegar mi carta. Les pido también cuentos y libros de aventuras: me gustan todos. Para Niki les pido una camita nueva y un pulpo de lana para jugar.

Dándoles las gracias, les mando muchos besitos míos y de mi gato Niki. Guille.

Al día siguiente fue con su madre a entregar su carta al Cartero Real. Solo quedaba esperar con ilusión y confianza…

El día de Navidad se levantó muy temprano. En el salón, junto al Árbol estaban los libros de cuentos y de aventuras y  la camita de Niki. Se vistió y salió a la puerta. No había ningún vecino nuevo con niños…

Guille pensaba: Bueno, mi petición es muy difícil… A lo mejor me traen mi deseo los Reyes Magos. Esperó pacientemente. El día 6 había en el salón libros, cuentos y el pulpo de Niki. Salió a la puerta y esta vez tampoco había vecinos nuevos con niños. Lo que he pedido era muy difícil y complicado de conseguir, dijo Guille. Quizá lo han estado intentando hasta el último momento… bueno, otra vez será.

Han terminado las vacaciones y sigo sin amigos para jugar, solo tengo a Niki y mis papás, pensó.

Al volver del cole por la tarde, había frente a su casa un camión de mudanzas.

¡Anda!, vecinos nuevos, dijo. Y hay un niño… ¡Pero si son dos! ¡son dos! Dos gemelos idénticos de la edad de Guille salían de un coche que acababa de llegar.

¡Gracias, Papá Noel, gracias Reyes Magos!

Y corrió adentro de casa a contárselo a su mamá.

FIN

©M T Carretero García

El Pequeño Árbol de Navidad

El Pequeño Árbol de Navidad

Aquel diciembre todo era un ir y venir de leñadores en el bosque; el pequeño árbol estaba asombrado.

Andrés, date prisa, se nos hará de noche, dijo Nicolás el capataz. Hago lo que puedo, somos muy pocos para tanto trabajo. Si quieres que terminemos a tiempo para Nochebuena, tendrás que contratar más leñadores.

El capataz guardó silencio, pero esa noche se durmió pensando en las palabras de Andrés.

Soñó que desaparecían todos los árboles que habían cortado y los niños y niñas de la ciudad se quedaban sin árboles de Navidad. Dio un grito tan grande, que su mujer se cayó de la cama. ¿Qué te pasa, Nicolás?, le dijo su mujer.

-Que he tenido un sueño feísimo, horrible. Y comenzó a llorar.

-Cuéntamelo, hombre. –He soñado que no tenía árboles para llevar a las tiendas porque habían desaparecido.

-Pues contrata a más leñadores y se soluciona el problema. Ahora duérmete y descansa.

Al día siguiente, su mujer le preguntó: ¿Vas a contratar más leñadores?: conozco una familia que no tiene trabajo. Les podríamos ayudar…

-¿Quieres que los contrate? -Sí, contrata  a los dos. –¿Tiene algún hijo mayor?, preguntó  Nicolás.  –No, el trabajo sería para Manuel y su mujer, Antonia.

-¡Qué cosas dices!, yo no conozco a mujeres leñadoras-Pues es el momento de que contrates a la primera.

¿Y qué dirán los leñadores?. –Nada, si hace bien su trabajo, sentenció la mujer. Nosotras las mujeres podemos hacer los mismos trabajos que los hombres. –De eso estoy seguro, respondió Nicolás.

Su mujer habló con Antonia, y al día siguiente fueron Antonia y su marido al bosque a trabajar.

Los dos estaban muy contentos. Esas navidades, podrían encender la estufa, comprar pavo para la cena, y también mazapán y turrones. –No les diremos nada a los hijos ni a las hijas, porque será una sorpresa, dijo Antonia. De acuerdo, dijo Manuel.                                                                              

 Los árboles del bosque estaban encantados. Les gustaba la Navidad porque los niños y niñas se los llevaban a sus casas y los cubrían de adornos. Los árboles se acicalaban, se ponían muy erguidos y arreglaban sus ramas para parecer más altos y bellos. Les gustaba que lloviera antes de que los cortaran, porque así se lavaban sus ramas y desprendían un aroma agradable. Pero uno de ellos estaba triste: era el árbol más pequeño del bosque.

Mientras todos se preparaban esperando la llegada de los leñadores, el pequeño árbol estaba muy callado sin apenas mover sus hojas, pese a que hacía viento. Un árbol mayor lo observaba y vio, admirado, cómo dos hermosas lágrimas de colores resbalaban por el árbol.

-¿Estás triste, pequeño?, le preguntó. –Sí, árbol grande: es que a mí no me querrá nadie. – Y eso ¿por qué lo dices? . -¿Pues no ves lo pequeñajo que soy?. – No te preocupes, ya crecerás, respondió el árbol grande. –No me engañes, sé que nunca creceré más: soy un pequeño árbol y nadie me querrá para árbol de Navidad. –Yo no me preocuparía, dijo el árbol  grande: hay gente que prefiere los árboles pequeños. -¿Estás seguro?, ¿no lo dices para que sonría un poco?. –Nada de eso, lo digo en serio.

Al oír esta conversación, otro árbol, medio dormido, se desperezó y dijo: No pierdas el tiempo en hablar con ese arbolucho y dile la verdad: se quedará solo porque no sirve para nada. –No le hagas caso, pequeño, terció el árbol grande: es antipático y siempre está enfadado; ¿no has observado que ningún árbol quiere ser su amigo? Es antipático y egoísta.

A partir de ese momento el arbolito se animó, se le quitó la tristeza; desprendiéndose de unas hojas secas que tenía, se sacudió el polvo y poco a poco comenzó a estirar sus ramas. –¿Ves?, le decía el árbol grande: estás guapísimo… hasta pareces más grande. Y el pequeño árbol se puso muy contento.

Una mañana de sol, el árbol grande oyó cantar y quedó asombrado. –¿Eras tú el que cantaba? . –Sí, respondió sonriente el pequeñín. –¡Qué bien lo haces! ¿Y por qué no cantabas antes?. –Porque solo canto cuando estoy alegre. –Pues cuando cantas, el verde de tus hojas se mezcla con dorado y rojo y parece que estás iluminado, dijo el gran árbol.  –Ya lo sé, esa es una de mis cualidades. -¡Ah…! ¡Pero tienes otras? –Pues sí, respondió muy alegre. -¿Y cuáles son? – Eso es un secreto que no puedo decir: lo descubrirá quien me compre. -¡Vaya, vaya!, ¡qué interesante!

Pasaron los días y fueron cortando más árboles: solo quedaban unos pocos. Pero el arbolito siguió acicalándose y preparándose, muy animado.

Llegó Nochebuena. El trabajo de los leñadores terminaba al mediodía y nuestro arbolito seguía preparándose para estar muy bonito. Casi al final de la mañana comenzó a cantar. Ya no tenía miedo a quedarse solo.

Terminado el trabajo de los leñadores, el capataz les llamó para pagarles. La leñadora le preguntó a Nicolás: ¿Podemos llevarnos un árbol para nuestra casa?. Claro, dijo Nicolás; pero no creo que quede mucho por ahí; toma el que te guste.

La leñadora comenzó a buscar por el bosque y llegó al claro donde estaba el arbolillo. Cuando lo vio todo iluminado, se prendó de él. Mientras se acercaba, el arbolillo permanecía todo lo erguido que podía, y sus hojas desprendían un agradable perfume, al tiempo que cambiaban de colores.

Este me gusta, dijo la leñadora: ¡me lo llevo!. El arbolillo lloró de nuevo. La mujer recogió las lágrimas, guardándolas en su pañuelo.

Cuando el matrimonio llegó a casa, los hijos e hijas se pusieron muy contentos: era la primera vez que tenían un árbol de Navidad. La mujer compró la leña, el pavo,  el mazapán y el turrón. Entre todos prepararon la cena y ese año tuvieron una auténtica cena de Navidad. Después de cantar villancicos, se acostaron.

 

 La madre dejó a los pies del pequeño árbol el pañuelo con las dos lágrimas, ahora de colores. A la mañana siguiente, todos quedaron maravillados: el pañuelo estaba vacío, las dos lágrimas habían desaparecido y se habían convertido en un montón de regalos que casi cubrían el árbol.

¡Esto sí que es una Navidad, mamá; has traído el mejor árbol del mundo!

El árbol lloró, esta vez de alegría. Antonia recogió las lágrimas y puso el pañuelo en un cajón.

Terminada la Navidad, la familia decidió plantar el arbolito a la puerta de la casa, para que siempre les recordara que había sido su primer árbol de Navidad.

FIN

© M T Carretero

El Juguete Triste

El Juguete Triste

La tienda de juguetes en el mes de diciembre era como un mágico torbellino. Las estanterías estaban repletas de juguetes, dispuestos para ser recogidos por los mensajeros de Santa Claus y de los Reyes Magos. Yo sé bailar y cantar, decía una muñequita, a mí me escogerán la primera.- No, no, dijo un pequeño tren: mi locomotora echa humo de verdad y pita, seré yo el primero que escojan. Te equivocas, dijo un  ordenador, porque yo tendré un éxito increíble.

En un estante en lo alto los escuchaba un soldadito que había perdido su tambor en el camino desde la fábrica y estaba pensando: ¿Qué haré?: aquí arriba nadie me va a ver, estoy además sin el tambor y nadie me va a querer. Eso le ponía muy triste. Ya sé: ¡me escaparé, porque nadie me va a echar de menos!. Se bajó del estante y al abrir la puerta un niño, aprovechó para irse. Ya estaba fuera.

La calle estaba preciosa, llena de luces de colores y las puertas de las tiendas estaban adornadas de flores rojas, arbolitos de navidad, trineos… qué guay, todo espléndido, pensó. Pero ¿a dónde iré, si no conozco la ciudad?. Se fijó en unos niños y una anciana y los siguió, echó una carrerilla y se puso junto a ellos con cuidado de que no lo notasen. Llegaron a un centro comercial. Los niños sacaron de sus bolsillos unas cartas y las echaron en un buzón.

Como era tarde y no sabía dónde ir, el soldadito se echó junto a una gran caja de cartón y se quedó dormido.

Cuando despertó se subió adentro de la caja y vio que estaba llena de cartas. Casi sin darse cuenta se vio en medio de la caja rodeado de cartas por todas partes. Intentó salir y chillar pero unos hombres se llevaron la caja a un camión. Pronto se durmió de nuevo.

Lo despertaron sonidos de campanitas y risas. Se levantó y miró alrededor procurando pasar inadvertido. Su sorpresa fue enorme y tuvo que frotarse los ojos pues no podía creer lo que veía. Miró de nuevo y estaba…¡estaba en casa de Santa Claus!

¡No puedo creerlo, no puedo creerlo!, repetía mientras saltaba entre las cartas. Una señora de pelo blanco, la mujer de Papá Noel, llegó hasta la caja y se la llevó a una sala resplandeciente de luces de color, trineos rojos y figuras de renos. Había muchos juguetes con sus correspondientes cartas.

El pequeño soldado intentó escapar pero la señora lo tomó diciendo: ¿Quién habrá puesto este juguete entre los juguetes con carta? Puede que alguien lo haya traído para compartirlo junto con los otros juguetes.

-No, señora, dijo el soldadito, fui yo que me escapé de la tienda porque soy feo y he perdido el tambor; nadie querría llevarme a su casa.

No te preocupes, dijo la señora: aquí los geniecillos te pondrán un tambor con música y te convertiremos en el juguete más precioso de todos.

-¿En serio?

Claro que sí!, dijo la señora.

Me hace usted feliz de verdad, dijo el soldadito.

Y así termina la aventura de este pequeño soldado de madera.

FIN                         ©Mª Teresa Carretero                  

El Bosque de la Navidad

El Bosque de la Navidad

En el mes de diciembre el bosque se transformaba. Era un ir y venir de animales: pájaros, palomas, zorros, erizos, corzos, ardillas y hasta la serpiente Malamala quería participar. Todos trabajaban con un mismo objetivo.

Arturo, el fantasmita, dormía en el agujero de un árbol que había encontrado.

Un ruido insistente lo despertó. Era el pájaro carpintero que llamaba a la ardilla. TOC TOC TOC.

¡Qué impaciente eres, Nicolás!, dijo la ardilla Jacinta; sabes que siempre estoy preparada a tiempo, así que no hagas tanto ruido, que despertarás a todos los habitantes del bosque.

Eso quiero, respondió  el pájaro Nicolás: me manda el águila para que nos reunamos en el claro del bosque y nos repartamos las tareas…

Oye, Nicolás, dijo la ardilla Jacinta. ¿No estás un poco nervioso?

Sí, contestó el pájaro carpintero. Me encanta poder trabajar para los niños.

El fantasmita salió del agujero y, con muchísimo cuidado de no hacer ruido, los siguió.

Hacía frío, y pensó: Si me hubiera puesto el gorro y los calcetines, iría bien abrigadito.

Aaaatchís! El pájaro carpintero y la ardilla volvieron su cabeza al oír el ruido ¿qué es eso? Preguntaron. Alguien nos sigue. La ardilla añadió: bueno, yo no he visto a nadie, será el ruido de las hojas al moverse.

 El fantasmita rápidamente se había escondido tras unos arbustos para no ser reconocido.

¡Uf! Qué suerte he tenido: no me han visto. Y los siguió.

Conforme se acercaban al claro del bosque, se escuchaban más y más las risas y canciones de los animales.

 En el centro, el águila y el jabalí presidían la reunión.

¡Echa más leña al fuego, que hace frío, dijo el erizo. Y tres pájaros carpinteros dejaron caer de sus picos unas ramas que calentaron la fría noche.

Amigas y amigos, dijo el jabalí: ha pasado otro año y estamos de nuevo en diciembre.

¡Bien, bien, bien! Y todos rompieron a aplaudir Este es nuestro mes favorito. Desde que nuestros ta-ta-tatarabuelos comenzaron esta tradición, siempre la hemos mantenido.

El pájaro carpintero gritó: Y así será por siempre jamás. La ardilla añadió: Bien, Nicolás, bien dicho.

El fantasmita, escondido tras unos matorrales, no entendía lo que pasaba. ¿A qué bosque he ido a parar? ¡Qué cosas tan extrañas hacen estos animalillos! Siguió escuchándolos hasta que el sueño lo venció.

Cuando despertó, todo estaba en silencio. Los animalillos habían desaparecido. Se dirigió al agujero del árbol en que había estado durmiendo. A la entrada se detuvo, escuchó un ruido que provenía del interior. Con mucho cuidado asomó la cabeza.  Al fondo vio un pequeño animal que roncaba débilmente zzzzzzz.

Pensó despertarlo, pero el frío era muy intenso, y con cuidado se metió en el agujero. Se puso los calcetines, la bufanda y el gorro y se quedó dormido.

Al anochecer del día siguiente, Arturo se despertó, abrió los ojos y lanzó un grito que hizo salir en estampida a todos los pájaros del árbol. Arturo vio frente a sí unos ojos grandes, redondos, de color miel que lo miraban fijamente. ¿Quién eres?, preguntó Arturo.

Eso digo yo! Respondió el animalillo: ¿Qué haces en mi casa? Volvió a preguntar Arturo.

¿Tu casa? Respondió el animalillo, cuando llegué estaba vacía. ¿Qué dices?, dijo Arturo: estaban mi bufanda, mi gorro y mis calcetines. – Pero respóndeme primero ¿Quién eres?, insistió Arturo.

Soy una pequeña lechuza, dijo el animalillo. Vivo sola y busco un lugar para quedarme.

¿Y cómo te llamas?, preguntó Arturo. –Me llamo Cuquita, ¿y tú?, preguntó Cuquita.

Yo, Arturo; y soy un fantasma. ¿No te doy miedo? –No, yo no tengo miedo.

¡Qué valiente eres!, dijo Arturo. –No creas, dijo la lechuza: me da miedo no tener dónde dormir y estar sola.

Bueno, concluyó el fantasmita: pues como yo también estoy solo y aquí hay sitio para los dos, si quieres te puedes quedar. –¿De verdad?, preguntó Cuquita. Sí, de verdad.

Cuando era ya noche cerrada, los dos salieron a pasear. La lechuza fue a buscar comida, pues hacía más de un día que no había probado bocado. 

El fantasmita paseaba por el bosque y oyó hablar al águila, el jabalí y el cervatillo. Estaban de nuevo en el claro del bosque. Se detuvo a escuchar.

Este año, decía el jabalí, tenemos que corregir los errores del año pasado. ¿A qué te refieres?, preguntaron el  águila y el cervatillo. –Pues que se nos olvidó señalar una casa que hay en la espesura del bosque y el trineo pasó de largo. –¿Cómo pudo pasar una cosa así?, preguntaron el águila y el cervatillo.

-Este año hay que inspeccionar muy bien el bosque, los alrededores y los pueblos cercanos. Y señalar muy bien todos los caminos, añadió el jabalí.

Arturo escuchaba la conversación pero no entendía nada.

Después de cenar, la lechuza se acercó al fantasmita por detrás, le tocó la espalda con el ala y cuando Arturo se disponía a gritar, Cuquita le tapó la boca con sus alas. ¡Cuquita!, dijo Arturo, algo enfadado: con tanto susto, me pondrás enfermo de los nervios.

La lechuza, riéndose, le respondió: Es que me encanta ver la cara de miedo que pones… –Y qué haces aquí? preguntó Cuquita. –Escucho lo que hablan. –Pero eso es muy feo: no se debe escuchar las conversaciones de los demás.

Es verdad, Cuquita, pero de alguna manera tenemos que enterarnos de lo que ocurre en este bosque. De vuelta al árbol tropezaron con un conejito, que, asustado, suplicó: Señora Lechuza, no me coma, por favor. Haré todo lo que me pida.

Cuquita y Arturo se miraron extrañados: nunca habían visto a nadie suplicando. –¿Y qué te hace creer que te voy a comer, conejito?, preguntó Cuquita. –Pues, pues… respondió el conejillo. Porque sales a cazar de noche para comer. –Sí, respondió la lechuza, pero hoy ya he cenado. –Entonces, no me comerás?, preguntó sollozando el conejito. –Claro que no!, dijo Cuquita. –Pues entonces pídeme lo que quieras, pero de verdad lo que quieras.

El fantasmita y la lechuza cuchichearon entre ellos. Y la lechuza dijo: lo que quiero es que nos digas qué pasa en este bosque.

-Pe pe pe pero no lo puedo contar: es un secreto. –Pues… es lo único que te pedimos, respondieron.

El conejito estaba muy nervioso, se rascaba los bigotes y tamborileaba en el suelo con su pata izquierda.

Después de mucho pensar, dijo: bueno, lo contaré si me prometéis que será un secreto y no lo contaréis a nadie. –Lo prometemos, dijeron Cuquita y Arturo, ¡palabra de amigos!

-De acuerdo, palabra de amigos, dijo el conejito. Y recordad que si lo contáis nos echarán del bosque a los tres.
Como sabréis, el 24 de diciembre Papá Noel reparte juguetes a los niños y niñas del mundo. En este bosque ayudamos a Papá Noel señalando bien los caminos y limpiándolos para que los renos puedan ir muy rápidos y no tropiecen con ningún obstáculo. Señalamos en el bosque y en los pueblos cercanos las casas donde hay niños y niñas para que Papá Noel trabaje más rápido. Preparamos comida y agua para que los renos puedan comer,beber y descansar un poco.

Esa noche, cientos de luciérnagas señalan los caminos. Las aves nocturnas como tú, lechuza esperan a Papá Noel y lo acompañan. Todos ayudamos para que su reparto sea más fácil y pueda enseguida continuar hacia otro lugar.
El fantasmita preguntó: ¿Y por qué os tomáis tanto trabajo si es un secreto y nadie lo sabe?
-Pues porque a los animales, dijo el conejito, nos gustan mucho los niños y las niñas y nos encanta que sean felices.
Algunas veces Papá Noel va tan rápido que se le cae algún paquete. Entonces nosotros lo guardamos y cuando algún animalillo nos cuenta que en algún sitio hay un niño sin juguetes, nosotros se lo ponemos en su puerta. Cuando lo recogen, nos encanta ver la alegría que tienen al abrirlo: a veces nos ponemos tan contentos que nos abrazamos todos llorando de alegría.
El fantasmita dijo: ¡pues sí que os gustan los niños!
Oye, conejito, preguntó Cuquita: ¿y nosotros también podemos ayudar?, nos encantaría.
No sé, dijo el conejito. ¿Vosotros no sois del bosque, verdad?
No lo somos, pero nos gustaría quedarnos aquí para siempre, dijo Arturo.
Bueno, dijo el conejito: Yo os ayudaré. Os presentaré a todos los habitantes del bosque y no creo que tengáis problema para quedaros a vivir aquí y… Y a lo mejor, para el cinco de enero, que vienen los Reyes Magos, podréis ayudarnos.
-Pero ¿es que también ayudáis a los Reyes Magos?, preguntaron Cuquita y Arturo a la vez. –Claro! , dijo el conejito: ayudamos a todos los que puedan hacer felices a los niños y niñas.
-¡Qué guay!, gritaron Cuquita y Arturo.
Y los tres se pusieron, felices, a cantar una canción de navidad.
FIN
©Mª Teresa Carretero

El Enanito que quería Crecer

El Enanito que quería Crecer

Facundo era un enanito muy alegre y divertido. Siempre estaba de buen humor y no cesaba de cantar y bailar. Le gustaba mucho pasear por el bosque y coger flores y frutas. Cuando no podía alcanzar algo, silbaba fuerte y enseguida venía un pajarillo que avisaba a los animalitos para que le ayudaran.
Hola, Facundo, ¿dónde vas?, le dijo una conejita. Voy a ver si encuentro setas para comer.- Pues ten cuidado, que algunas son venenosas. -Creo que sé distinguirlas, pero gracias por tu consejo.
Ese día no encontró ninguna seta, pero aún le quedaban en su despensa unas zanahorias. Se encontró con su vecina la ardilla y le dijo: Señora Ardilla, me puede ayudar? -¿Qué te pasa, Facundo?, dijo ella -Pues que se me ha terminado la miel y necesito más: me la puedes coger de ese panal que hay en el árbol?
-Claro que sí, respondió la ardilla; hablaré con la abeja reina.

La vida en el bosque era tranquila, pero… Un día llegó al bosque un zorro rojo. Este zorro se reunía con los animales y les hablaba sobre la vida que había llevado en un bosque de la ciudad.
Todos quedaban maravillados de las cosas que contaba y poco a poco la vida en el bosque fue cambiando. Los animalillos dejaron de ayudarse unos a otros. Casi no se hablaban y el enanito dejó de cantar y estar feliz. Cuantas más cosas maravillosas contaba el zorro, más descontentos se ponían sus amigos del bosque.
Facundo comenzó a pensar que era muy desgraciado por no conocer la ciudad. Pero lo peor fue que un día se miró en el agua de un estanque y dijo: Qué feísimo que soy, qué cabezón tan grande tengo, qué piernas tan pequeñas, qué brazos tan cortos… No sirvo para nada; soy un feísimo enano. Desde entonces no salió a pasear; quería estar solo para que nadie lo viera.
Una noche buscaba comida, pues ya no salía de día. Se encontró con la conejita, que le dijo: Hola, Facundo ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Has estado fuera? – No; ¿dónde quieres que vaya este pobre enanito?, contestó.
-¿Qué dices? ¡este no es mi Facundo, me lo han cambiado!
-Es verdad, dijo Facundo; ya no soy feliz siendo un enano. -Pero, ¿qué dices, Facundo? No te reconozco.
-Me da igual, conejita: Ya no quiero ser enano; quiero crecer y haré todo lo que pueda para conseguirlo. Me han dicho que hay un mago que puede hacerme grande y voy a verlo.
-Te equivocas, Facundo: cada uno es como es, por algo.
-Pues yo, quiero crecer y hacerme grande, insistía él. -Bueno bueno, no discutamos, tú haz lo que quieras, Facundo. – Eso es lo que voy a hacer ahora mismo, dijo él .
La conejita se quedó pensando: ¿Cómo ha podido cambiar tanto Facundo? No lo reconozco… Y se dio cuenta de que no solo Facundo había cambiado: también eran diferentes los otros animalillos del bosque. Ahora estaban todos descontentos de cómo eran: todos querían ser de otra manera.

 

 

  Pasó el tiempo y la conejita se encontró con otro habitante del bosque. Era un muchacho alto que vagaba de un lugar a otro sin rumbo. Le dijo: Hola amigo, ¿Eres nuevo en el bosque? . -Qué va, contestó. Siempre he vivido aquí.
-¿Y cómo es posible que no te haya conocido hasta hoy? -Sí que me conoces, soy Facundo. -Pero, ¿Facundo, Facundo? Mi amigo el enanito?, dijo la conejita. -Sí, ese mismo.
–Fuiste al mago, ¿eh Facundo? -Ya ves que sí. Y he crecido muchísimo. -Estarás feliz. –No, estoy triste.
–¿Y por qué?, ya eres grande, Facundo, y eso es lo que querías.
-Llevas razón, conejita, pero ahora estoy triste y solo. Mira: ahora no me sirve mi ropa de enanito, ni mi cama, ni mi silla, ni mis platos ni mi casa, Y vivo a la intemperie. En verano paso calor y en invierno frío.

-Válgame, exclamó la conejita: Pues sí que tienes problemas.
-Y eso no es lo peor, -¿Pero hay algo más?, preguntó ella.
–Claro, mucho más: ahora estoy muy solo porque todos los animalitos dicen que no me conocen, que soy nuevo y que no me han visto nunca.
-Pues sí que tienes problemas, Facundo, cuánto lo siento.
– Imagínate: toda la vida queriendo crecer y ahora que he crecido soy muy infeliz. -¡Quiero ser un enanito como antes! -Por favor, conejita ayúdame a ser como antes.
-Bueno, tendré que hablar con el mago, dijo la conejita. Pero ya sabes que no le gusta deshacer sus magias: se enfada muchísimo.
-Por eso, te pido ayuda, conejita, para que el mago me vuelva como antes y sea un enanito feliz. Ahora soy grande pero soy muy desgraciado.
Pasó una semana y la conejita vio acercarse a un enanito que cantaba feliz por el camino.
Hola, conejita, soy yo Facundo. -Ya te veo: vuelves a ser como antes. -Sí, conejita, y estoy muy contento. Cada uno es como es: yo soy un enanito pero muy, muy feliz. Y se fue cantando por el camino. 

–Adiós, Facundo. -Adiós conejita: hasta mañana.

FIN     © Mª Teresa Carretero García