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El Libro de Carlitos

El Libro de Carlitos

Carlitos era un niño a quien le encantaba leer. Su gato Nicki y su perro Rupert lo escuchaban cuando les leía los cuentos. A veces  inventaba y cambiaba cosas, ponía un personaje nuevo o encerrado en una mazmorra… o un dragón malvado  que asustaba a los niños y niñas.

Como solo tenía cuatro cuentos, se los sabía de memoria. Le encantaba construir esos castillos, mazmorras y otras cosas que inventaba, con el sillón de su mesa de estudiar, la silla, las sábanas, la papelera y todo lo que encontrara. El gato y el perro escuchaban sus cuentos en silencio, sin pestañear.

Cuando su mamá lo llamaba para merendar,  Carlitos guardaba el libro, ordenaba la habitación y decía: ya bajamos mamá. Y los tres bajaban rápidamente la escalera.

¿Qué hacías arriba Carlitos?

-Estaba leyendo un cuento a mi público, decía.

La mamá, sonriente, respondía ¡qué cosas tienes, Carlitos!, y entonces el perro ladraba y el gato maullaba, diciendo en sus lenguajes que les encantaba.

Pero Carlitos, decía la madre: ¡Si ya te sabes los cuentos de memoria!

Claro, pero no tengo otros –respondía el niño… ¡Y me gusta tanto leer!

Este año pediré a Papá Noel un libro gordo de cuentos, o mejor una maleta de cuentos.

-¡Buena idea!, me encanta que te guste leer, dijo la mamá; eso es muy importante.

Un día, cuando volvía del cole vio un libro en el suelo. Se agachó y al recogerlo vio que era un libro de cuentos. ¡Qué alegría, ya tengo un cuento más!, se dijo.

Cuando lo ojeó, se dio cuenta de que ese cuento no lo conocía y nunca había oído hablar de él. Pero vio que sus hojas estaban muy estropeadas.

Muy contento con su nuevo cuento, llegó a casa y se lo mostró a su mamá.

-Pero hijo, está hecho un desastre, dijo.-Ya lo sé, pero lo arreglaré y verás qué bien se queda. Subió a su habitación, tomó el cuento y lo examinó más detalladamente.

Verdaderamente está hecho un desastre, pensó… pero seguro que lo dejaré nuevo.

Con la goma borró todo lo que estaba señalado. Con ayuda de su mamá planchó las hojas que estaban arrugadas, y entre los dos las cosieron al lomo del libro, que quedó casi perfecto. La portada del cuento tenía partes irrecuperables, pero Carlitos estaba seguro de que la dejaría como nueva.

Mamá –dijo muy orgulloso Carlitos. ¡¿A que el cuento parece otro?!

-Sí, está como nuevo: has hecho un buen trabajo.

-No habría podido hacerlo sin tu ayuda.

 

Por la noche se durmió pensando en su nuevo cuento: Ya tengo cinco cuentos, se decía; enseguida tendré seis, siete, ocho… y después la docena, hasta que llene toda la habitación… y cayó dormido acariciando el cuento.

Al día siguiente comenzó a leerlo. Era la historia de una niña que vivía con su abuelita en el bosque.

-Qué historia tan bonita la del cuento, mamá; es preciosa.

-¿De qué trata?  -Es de una niña que vive en el bosque con su abuela. Te lo dejo para que lo leas.

Cuando volvió Carlitos del cole, le preguntó: ¿Te ha gustado el cuento?

¿De qué decías que trataba?, dijo la mamá.

-De una niña y su abuela.

-¿Estás seguro?

– Pues claro. A Nicky, a Rupert y a mí nos ha encantado.

-¡Pues vaya: la historia que yo he leído es de una niña que quiere ser conductora de trenes!

¡Pero eso es imposible, mami!

-¡Míralo tú mismo!

¡Cómo es posible!, dijo el niño después de mirarlo bien: ¡Esto es otro cuento nuevo!

-Puede ser que como estabas con sueño lo hayas soñado, dijo la mamá…

-No sé, no sé, dijo Carlitos.

-Bueno, a partir de ahora escribiré cada historia en mi cuaderno y así no me confundiré.

Esa tarde cuando salió a pasear a Nicky y a Rupert, iba pensando en la cosa tan extraña que había sucedido con su cuento. ¿Me ayudáis a solucionar el enigma?, dijo al gato y al perro; porque yo estoy seguro que el cuento era de una niña y su abuela.

El gato miró a Carlitos y maulló, al tiempo que se le erizaba el rabo. El niño lo acarició y dijo: ¡Tú has visto algo que  yo no sé!. Rupert miró hacia la ventana de la habitación de Carlitos y vio cómo dos geniecillos se colaban en ella; Nicky se acercó al árbol cuyas ramas llegaban hasta la ventana de Carlitos y olisqueó su tronco, mientras los geniecillos se escondían entre las páginas del cuento. 

   FIN

© Mª Teresa Carretero García

 

El Flautista de Hamelín

El Flautista de Hamelín

Esta es la historia del flautista más mágico jamás conocido.

Johan Salz, vecino del pueblo de Hamelín, lloraba un día a la puerta de su casa.

¿Qué te pasa?, le dijo un vecino.

– Algo muy triste: Todas las coles que iba a vender en el mercado se las han comido esas desgraciadas ratas, contestó casi llorando.

-Pues al marido de mi prima Ana, se le han comido la camisa, y el vestido de la niña.

¡Hay que exigir al alcalde que haga algo; así no podemos vivir!, dijeron los dos.

Ojalá encuentre algún remedio que nos libre pronto de las ratas –dijo Johan.

Al día siguiente había un bando pegado en las esquinas de la plaza y en la puerta de la iglesia.

El bando del alcalde decía que había contratado a un famoso flautista: el que con su flauta mágica eliminó las ratas del teatro del pueblo vecino usando algún encantamiento.

-¿Sabes, Johan?  El jueves vendrá el flautista –dijo a Johan su vecino. -¿Qué flautista?  

–¿Es que no lo sabes? : Toca una música que hace desaparecer las ratas.

Llegó el jueves, y esa mañana apareció el flautista. Nadie sabía de dónde había salido, ni cómo.

Empezó a tocar su flauta. Las mujeres y los niños se metieron asustados en las casas, porque aparecían ratas de todas partes tras el flautista. Él iba tocando camino del bosque y todas las ratas detrás, siguiéndole, se perdieron en la espesura.

Por la tarde, hacia las cuatro, se presentó el flautista al alcalde a cobrar el dinero  que le había prometido.

El alcalde le dijo que  sólo le pagaba la mitad, porque el ayuntamiento se había quedado casi sin dinero por las inundaciones del río Weser. El flautista insistía, y  el alcalde se negaba a darle toda su paga. Al final dijo el flautista:

¡Está bien, Usted lo ha querido!: Ya verá como me paga usted todo lo prometido y veinte florines más. Y entonces sí podrá librarse de las ratas. Y se marchó muy enfadado dando un portazo.

Al jueves siguiente, volvió a aparecer, como por arte de magia, el flautista y se puso a tocar. Enseguida fueron acudiendo las ratas que se habían perdido en el bosque.

Él empezó a pasear por las calles del pueblo con todas las ratas detrás y al llegar cada una al lugar de donde había salido, se iba metiendo cada cual a su casita de antes.

Enfadados los aldeanos, cogieron azadas y palos para darle un escarmiento al flautista, y cuando se acercaron a él,  la flauta seguía sonando pero nadie lo podía ver; luego se fue perdiendo la música hasta dejar de oírse.

El pueblo siguió teniendo ratas hasta que el alcalde puso un bando como el primero, pero prometiendo veinte florines más, como quería el flautista.

Al jueves siguiente, volvió a aparecer el flautista con botas altas como las de los pescadores de río. Y el alcalde le mandó un alguacil con una bolsa conteniendo todo el dinero prometido.

El flautista tomó la bolsa con su paga y volvió a tocar su mágica melodía. Se dirigió al río, seguido por las ratas, y allí se ahogaron todas, quedando los vecinos libres de ellas.

Y el pueblo de Hamelín ya no tuvo nunca  más ninguna plaga de ratones ni de ratas.

 FIN           (Versión abreviada de Mª Teresa Carretero)

La Niña del Faro

La Niña del Faro

Nieves vivía en la ciudad con su familia.

Una noche, después de la cena, le dijeron sus papás: queremos contarte algo. ¿Qué es? preguntó Nieves. Mira, dijo su papá: me he quedado sin trabajo y tenemos que irnos a vivir en casa de los abuelitos.

Tendrás que dejar el cole y a tus amigos, pero seguro que encontrarás otros nuevos, añadió la mamá.

-¿Y no volveremos aquí nunca más?

-Ya no volveremos.

La niña guardó silencio. Luego respondió: no me importa, si estoy con vosotros. Y les dio un abrazo.

Nieves fue recogiendo sus cosas. Guardó en cajas su colección de piedras de río, su hospital de muñecas, su colección de cromos antiguos, sus juguetes y sus pinceles.

Un sábado por la mañana partieron para el pueblo de los abuelos.

 

Como en el pueblo vivían tíos, primos y primas, pronto tuvo amigas y amigos.

El cole le gustaba mucho. La seño daba las clases de Naturaleza al aire libre junto al río. Todo era nuevo para ella y, por eso, muy divertido.

Un día fueron muy temprano a ver a Pedro  hacer el pan en su panadería. Otro día fueron a casa de Antonia a ver cómo hacía el queso.

Otro día ayudaron a Nicolás a recoger verduras de su huerto. No echaba de menos la ciudad: parecía que siempre había vivido en el pueblo. Y de noche le encantaba ver las estrellas.

Un día hablaban en voz baja sus papás.  Nieves pensó: aquí pasa algo.

Más tarde mamá le explicó: Papá va a ir a la ciudad a examinarse. Si aprueba, le darán un trabajo.

Nieves estaba contenta y pensaba: Estaría muy bien que papá tuviera un trabajo. Ahora está un poco triste… eso lo animaría.

Semanas después su papá recibió una carta: ¡había aprobado el examen! ¡Lo habían nombrado farero en un pueblo de la costa! Todos se pusieron muy contentos.

¿Ahora qué haremos?, preguntó a su mamá.

-Nos quedaremos con los abuelos y papá vendrá una vez al mes a visitarnos.

-¡Qué bien: no tendremos que cambiarnos de pueblo ni de escuela!.

Nieves y su mamá echaban mucho de menos al papá… A los tres meses decidieron que querían estar los tres en el faro.

Nieves recogió lo más necesario. Tras un día de viaje, llegaron al pueblo del faro. El lugar era precioso, pero estaban solos en un islote.

¿Cómo iré al cole ahora?, preguntó Nieves. –Verás, Nieves: es que no irás; no hará falta.

¿Y cómo es eso?, dijo la niña.

Y papá contestó: ¿Ves ese ordenador?, es tu clase, nena. Todos los días estarás en contacto con la profesora por el ordenador. Es como si estuvieras en clase, pero en tu faro.

Lo que Nieves echaba de menos eran sus amigas y amigos y pasear por el pueblo.

Un día, abrió el ordenador y tenía un mensaje: Hola, Nieves: quieres ser mi amiga? Soy Santiago. Nieves no contestó.

Días después vio otra vez el mismo mensaje y tampoco contestó.

Y un día que estaba muy aburrida, contestó: Soy Nieves, la niña del faro. Hola, Santiago.

Así empezaron a mandarse mensajes a diario. Santiago le contaba cosas increíbles del mar: Barcos que habían embarrancado cerca de su faro, tempestades, historias de piratas que intentaron tomar el faro en  que ahora vivía Santiago.

Desde su faro, Santiago había avistado delfines, ballenas y algún tiburón. Le mandó fotos impresionantes de nubes, tempestades y olas gigantes.

Aquello le cambió a Nieves su vida en el faro: todo lo del mar empezó a interesarle. Lo veía como algo mágico.

Un día, abrió Nieves el ordenador y encontró un  mensaje cifrado. Creyó que era de Santiago. Pero él le dijo que no sabía hacer mensajes cifrados.

El papá de Nieves vio muy raro el mensaje y miró en los libros más antiguos del faro. Días después le dijo: he conseguido descifrarlo. Escucha lo que dice.

‘Me encanta que os guste el mar a ti y a tu amigo Santiago. En unos días, recibiréis la visita de una de mis hijas: la sirena Desirée’. Ella os llevará un mensaje de mi parte. Firmado: el Rey del Mar.

Nieves quedó tan impresionada que no durmió en toda la noche.

Los dos niños esperaban impacientes la misteriosa visita.

La sirena visitó primero a Nieves. Le trajo una concha de madreperla. Contenía una perla rarísima de maravilloso colorido. Y a Santiago le regaló una preciosa caracola. Un mensaje dentro de ellas decía: os protegeré y os haré felices si conserváis mi amistad.

La sirena Desirée se hizo muy amiga de los dos niños: los visitaba y les contaba historias preciosas de su padre el Rey del Mar, de sus hermanas sirenas y de sus amigas.

Un día se reunieron por fin los tres. Se hicieron tan inseparables que todos los veranos se reunían. Y lo hicieron hasta que fueron muy, muy mayores.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

El Avestruz Federico

El Avestruz Federico

Esta es la historia de Federico, un avestruz blanco como el algodón,  con plumas  tan suaves que al tocarlas  parecen de seda y huele tan bien que da gusto estar a su lado.

La historia comenzó cuando Belén paseaba por unos campos cerca de su casa. Encontró una piedra de tamaño mediano, blanca y redonda y le gustó tanto que la recogió y se la llevó a casa.

Llegó a casa muy contenta con su nuevo tesoro, pero cuando se la enseñó a su madre, esta dijo: Nena, ¿pero que has traido?. Belén extrañada replicó: pues ya ves, mami: una piedra nueva para mi colección de recuerdos. – Pero Belén: no es una piedra, es un huevo de avestruz. – ¡Madre mía qué he hecho, le he quitado un huevo a una mamá avestruz!, ¿qué hacemos ahora, mami? –Pues devolverlo a donde lo has encontrado para que su mamá lo cuide hasta que pueda salir del cascarón. Elena, mamá de Belén, y la niña fueron en busca de la mamá avestruz; como no sabían el tiempo que estarían en el campo  llevaban la merienda, una botella de agua y el huevo de avestruz en una cesta.

Por el camino escuchaban los sonidos del campo. A Belén y a Elena les gustaba jugar a adivinar los sonidos.

Belén acertó el canto de un mirlo y la voz de una urraca; la mamá acertó el sonido de las campanas de un pueblo próximo y cerraron los ojos y se dejaron  acariciar por el soplo del viento.  

Belén se divertía mucho con su madre cuando iban de paseo, siempre aprendía algo sobre la naturaleza.

Cuando llegaron al lugar donde la niña había encontrado el huevo, se pararon a descansar, a distancia para que la mamá avestruz se pudiera aproximar a su huevo  sin temor. Aprovecharon el descanso para merendar. Elena, la mamá, dijo:  -En cuanto la avestruz se lleve el huevo, volvemos a casa. No me gustaría que se nos hiciera de noche. – bien, respondió Belén.-

El tiempo iba pasando. Cuando ya se marchaban, se acercaron  al huevo y allí seguía. Belén se decepcionó mucho – No ha venido su madre a recogerlo, ¿qué hacemos ahora?. Si lo dejamos, cualquier animal se lo puede comer. ¡Ha sido por mi culpa!… Y se puso muy triste. La mamá la consoló. – No te preocupes: nos lo llevaremos a casa-. Así fue como el avestruz entró en la vida de Belén.

Ya en casa lo pusieron en un cojín y lo taparon con la mantica y Belén lo puso bajo su cama hasta que estuviera maduro para abrir el cascarón.

Pasó el tiempo y una noche la niña escuchó unos ruiditos debajo de su cama. Vio una cosita amarilla que sobresalía del cascarón, era el piquito de Federico. Después apareció el cuello, el cuerpo y al final las patitas.

Federico era pequeño, parecía un juguete. No paraba de llamar a su mamá con débiles graznidos. Cuando Belén se cercó, el avestruz creyó que era su mamá, así que siempre iba tras ella. 

 La niña buscó y encontró cómo alimentar al pequeño Federico. Todos los días le daba de comer y beber y lo sacaba a pasear y tomar el sol por el jardín. Federico siempre la esperaba junto a la puerta de casa a que volviera del colegio.

Los dos jugaban y se reían mucho mientras Federico crecía y crecía. Un día le dijo su mamá: nena, el avestruz ya no puede estar en casa; tenemos que hacerle una casita. Hicieron una casita  con espacio alrededor y una cerca: así Federico se podía pasear. Ella le enseñó a abrir y cerrar la cerca para que pudiera entrar y salir a su gusto. Cada mañana Federico tocaba con el pico en la ventana de Belén para despertarla y que no se le hiciera tarde para ir a clase.   FIN

  ©Mª Teresa Carretero García

Los Cuatro Músicos de Bremen

Los Cuatro Músicos de Bremen

Cerca de la ciudad de Bremen vivían un perro, un burro, un gato y un gallo en granjas vecinas. Los cuatro eran muy mayores y sus amos ya no contaban con ellos para el trabajo ni el cuidado de las granjas.

El gallo Hans ya no era el jefe del gallinero: habían traído un gallo joven y a Hans los amos habían decidido comérselo por Navidad. No lejos de esta granja vivía el perro Tom. Siempre estaba atado y no lo dejaban correr libremente. Apenas le daban comida y él decía: Se han olvidado de mí. Como soy viejo ya no me quiere nadie. Recordaba con pena cuando cuidaba de las ovejas y paseaba feliz por los prados.

En la misma granja vivía el burro Donky: siempre había servido para llevar la carga al mercado y para ayudar en la granja; pero ahora sus amos pedían prestado a unos vecinos su caballo para llevar al mercado la fruta y verduras, ya que Donky estaba muy mayor.

Donky conocía a una vieja gata, Mina, a la que sus amos no dejaban entrar en la casa, les parecía un estorbo porque ya no servía para cazar ratones. Si me quisieran, no les importaría que fuera vieja -pensaba Mina.

Estos animales se conocían desde hacía tiempo. El gallo, que tenía mucho tiempo para pensar, tuvo una idea: Yo no quiero que me metan en una cazuela y me coman; no soy tan viejo y quiero correr aventuras. Además canto muy bien y quiero ser músico.  Así que una mañana temprano visitó al burro, al perro y a la gata y les contó su plan. -¿Pero adónde vamos nosotros lejos de nuestras casas?, dijo el perro. -Pues a correr aventuras: nuestros amos ya no nos quieren y no nos echarán de menos -respondió Hans. -Bien pensado, llevas razón -dijo el burro. -Yo siempre he querido correr aventuras -añadió la gata Mina.

Pues bien, siguió el gallo: Nos iremos a vivir a la ciudad de Bremen; allá hay músicos callejeros que ganan dinero cantando en las calles y lo pasaremos muy bien. -¡De acuerdo!, dijeron todos. El gallo les dijo: Salimos mañana temprano. Yo cantaré un poco antes del amanecer; será la señal para encontrarnos en el puente e  iniciar el camino. La gata Mina dijo: Yo nunca he estado en Bremen, no sabemos el camino. -No te preocupes, la tranquilizó Donky: Yo he estado muchas veces en la ciudad y conozco el camino con los ojos cerrados. -Quedamos en lo dicho: al amanecer, en el puente.

El gallo cantó aún de noche; era la señal convenida. Su ama lo oyó cantar y dijo al granjero: ¿No ves? está viejo: canta a deshora. Ese terminará en mi cazuela antes de fin de año.

El gallo y el burro salieron de la granja con mucho cuidado de no despertar a los demás animales. Igual hicieron la gata Mina y el perro Tom. Una vez en el puente comenzaron el viaje. Cada uno había traído algo de comer para el camino. El burro iba delante, pues conocía la ruta. Pararon varias veces a descansar y a comer. A veces, cuando el perro, el gato o el gallo se cansaban, el burro los dejaba descansar un rato en su lomo.

Anocheció y había que buscar dónde refugiarse para dormir. Pronto divisaron una vieja casa con luz dentro. Dentro de la casa había unos ladrones contando lo que habían robado. Donky dijo: No podemos permitir que esos malhechores roben a las personas

Entre los cuatro idearon un plan para ahuyentarlos. El burro dijo al perro: súbete en mi lomo, y lo mismo dijo el perro al gato. El gato dijo lo mismo al gallo, que se subió en el lomo de Mina.

A una señal de Donk, todos empezaron a dar su música a pleno pulmón: El burro Hi-ja, HI-ja Hi-ja… El perro Guauu Guauuu Guauuuu La gata Miauuu Miauuu y el gallo Ki-Kirikí Ki-Kirikíii…

Montaron tan gran estruendo que los ladrones se asustaron y dejando todo lo robado salieron corriendo y huyeron. Los cuatro animalitos se instalaron en la casa, cenaron lo que les quedaba de comer y se dispusieron a dormir.

Pasadas unas horas, volvieron los ladrones por su dinero pensando que no había nadie en la casa. El más atrevido entró. La gata Mina abrió sus ojos y el ladrón creyó que eran brasas que quedaban de la lumbre. Se dirigió a esas brasas a encender un candil y ella le clavó las uñas llenándolo de arañazos. Se echó hacia atrás tropezando con el perro, que le mordió las piernas, Volvió a echarse hacia atrás y se encontró con el burro, que empezó a darle coces por todo el cuerpo. Por último el gallo exclamaba Ki-Kirikíii, ki-kirikíii -que él entendió “traédmelo aquí”, traédmelo aquí”. Salió el ladrón corriendo, muy asustado y lleno de arañazos, bocados, y moratones.

Los otros ladrones, al verlo tan asustado y lleno de heridas le dijeron: ¿Qué ha pasado?, ¿dónde está el dinero? 

Él explicó: He ido a encender un candil y una bruja me ha arañado (era la gata Mina), me ha atacado un ogro con un cuchillo (era Tom el perro), un gigante me ha golpeado por todo el cuerpo (era Donky el burro) y un juez quería meterme en la cárcel (y era Hans el gallo): decía: ¡Traédmelo aquí!, ¡Traédmelo aquí!…

Los ladrones nunca más volvieron por la casa y los animales se quedaron a vivir en ella felices y contentos como una familia.

FIN                    (Versión libre, por Mª Teresa Carretero, del famoso cuento de Jakob Grimm)

En la ciudad de Bremen hay un monumento a estos cuatro famosos “artistas” que con su música ahuyentaron a aquellos malhechores.

El pueblo de los Artesanos

El pueblo de los Artesanos

Castro de arriba era un pequeño  pueblo de montaña. La escuela del pueblo estaba cerrada, también la farmacia y el centro de salud. Vivían en el pueblo tres familias: las de Blasa y Perico, Adelina y Jesús, Octavio y Electra, todos muy mayores; no querían abandonar su pueblo.

Ana era una niña de ciudad. Su papá se quedó sin trabajo y toda la familia estaba muy preocupada. Un amigo de su papá quiso ayudarle y le dijo: Pedro, tengo en Castro de Arriba una casa a la que nunca voy. Necesita muchos arreglos. Si quieres, te la vendo. -Pero yo no tengo dinero para pagártela. -No te preocupes: cuando puedas, me la pagas. Solo te pido una cosa: que me hospedes en tu casa cuando vaya al pueblo –Eso está hecho, dijo muy sonriente el amigo.

En la cena, Pedro les dijo en la cena a su mujer y a Ana: un amigo me ha ofrecido una casa en un pueblo, ¿os gustaría ir a vivir en él? – Nos encantaría, dijeron las dos a la vez.

Al domingo siguiente fueron a visitar la casa de Castro de Arriba.

Cuando la vieron, Ana y María se quedaron mudas – ¿Pero esto es la casa?,  dijo al fin Ana muy decepcionada.

 Las ventanas estaban medio rotas, las contraventanas medio sueltas, la puerta atrancada e hinchada de la humedad, una parte del tejado medio hundido y las gallinas de los vecinos  paseándose por la cocina. -Pero papá, esto es una pocilga, una cuadra, un, un… -No sigas, hija. Está muy mal pero es lo único que nos podemos permitir. Todo se puede arreglar con trabajo y empeño; y entre los tres la dejaremos como nueva. –Pero papá, ¡si habría que derribarla!. -Vamos a examinar las habitaciones, y ya veremos.

Terminada la inspección dijo el papá mientras sonreía y se frotaba las manos: ¡Esto no está tan mal. -Tu has visto otra casa, dijo Ana – No, nena; esto tiene muchas posibilidades. Ya verás que cuando empiece el cole estaremos instalados en la casa. -Mucho tendrá que cambiar para que podamos vivir en ella, pensó Ana.  La cocina y las dos habitaciones de abajo las podemos poner pronto a punto, prosiguió él. Venga, moveos. Os veo a las dos muy paradas, vamos, vamos, que pronto nos podremos instalar en nuestra casita. Ana, elije una de las dos habitaciones de abajo para ti, abre la ventana, barre el suelo y piensa cómo dispondrás tu habitación. De mala gana la niña obedeció a su padre. –Mientras, revisaré el piso superior, que es el que más problemas tiene.  Yo revisaré la cocina y veré lo que puedo hacer -añadió la mamá, quien muy contenta decía desde la cocina: ¡sale agua por el grifo y hay luz, esto marcha y está mejor de lo que pensaba!.

Esa tarde, cuando se volvían a la ciudad, la casa parecía otra: La planta baja estaba para ser ocupada, salvo pintar y sustituir algún cristal roto. – ¿Ves?, mira todo lo que hemos hecho entre los tres en un solo día, dijo la mamá. -Mamá: ¿y si se nos cae el tejado? – Eso no dejará papá que ocurra, antes de vivir en la casa, el techo estará arreglado y como nuevo.

Cuando comenzaron las vacaciones de verano, todo estaba preparado para llevar los muebles al pueblo e instalarse en la casita.

Poco a poco, Anita le fue tomando cariño a la casa. Su habitación había quedado preciosa y por primera vez tenía una chimenea en su cuarto.

Cuando se instalaron en la casa, hicieron una fiesta de inauguración e invitaron a merendar a las tres parejas que vivían en el pueblo. Blasa y Perico les regalaron un gallo y una gallina para que tuvieran pollitos y huevos frescos todos los días. Adelina y Jesús, que tenían muchas tierras, les dejaron un huerto para que plantaran frutas y verduras. Además en el huerto había un castaño y un nogal -las castañas y las nueces le encantaban a Ana. Octavio y Electra les dieron las llaves de la vieja panadería y les dijeron: si queréis, os enseñaremos a hacer pan y dulces típicos de la zona. Y por el huerto no os preocupéis, dijeron todos: nosotros os enseñaremos a cultivarlo y os diremos cuándo se tiene que plantar cada cosa.

 

Los papás de Ana agradecieron su amabilidad a los vecinos.

¿Y cómo se va a llamar la casa?, preguntaron los ancianos a la vez. Pues… no sabemos, respondieron los papás sorprendidos. Blasa apuntó: la tradición es que el nombre lo ponga la persona más joven de la casa. Anda, me toca a mí, dijo la niña. Tras pensarlo decidió: se llamará  Casa Vieja. Y con ese nombre se quedó.

Toda la familia aprendió a hacer pan y dulces y pusieron la panadería en marcha. El pan y los dulces que hacían eran demasiados para los nueve vecinos, así que pensaron y pensaron. Al fin decidieron que se dedicarían a vender lo que hacían. El papá bajó un día al valle y habló con el jefe de Correos. Este dijo que podían subir a recoger los dulces para  enviarlos a otros pueblos. Pronto se supo que los dulces y el pan eran artesanales y venía gente a comprarlos y a pasar el día en el pueblo.

Poco después vino otra familia, que  abrió el bar restaurante, donde daban ricas comidas y también una pequeña tienda donde tenían de todo: comida,  ferretería y más cosas. Los ancianos estaban muy contentos porque su pueblo  estaba menos despoblado. Eso los hacía muy felices.

Al verano siguiente vino otra familia con cuatro niños y Ana ya no necesitaba pasar tiempo con las gallinas y los conejos: ahora tendría amigos de verdad. El papá era un gran carpintero que hacía muebles y también los vendía  mediante el Servicio de Correos.

Los nuevos vecinos se reunieron y consiguieron tener acceso a Internet. Eso lo cambió todo:  ahora podrían vender y ser conocidos en muchos lugares del país y del mundo.

En otoño se abrió la escuela, pues ya había niños suficientes. A los ancianos les encantaba escuchar la sirena llamando a los niños al colegio y sobre todo las risas de los niños y niñas,  que resonaban como un eco por las calles del pueblo.

Poco después vino otra familia que hacía telas de artesanía y abrió una tienda de moda ecológica, que también se dio a conocer por Internet.

Un día llegó Juan,  un joven zapatero: hacía zapatos a medida y también  vendía por Internet.

Poco a poco  fueron viniendo más vecinos, hasta que  Castro de Arriba llegó a ser un pueblo conocido, con más de doscientos habitantes: Blasa y Perico, Adelina y Jesús y Octavio y Elena estaban muy felices. Enseñaban a los nuevos vecinos todo lo que sabían. Ayudaron a la gente a arreglar las casas y a comenzar en sus negocios. Ana estaba muy contenta: ella y su familia habían conseguido salvar un pueblo y hacer felices a sus seis habitantes, que no tuvieron ya que abandonar el pueblo.

Publicaron la historia de cómo recuperaron el pueblo, que desde entonces fue conocido como El Pueblo de los Artesanos.

Ana aprendió que con esfuerzo y voluntad se pueden arreglar muchas cosas, como ellos hicieron con el pueblo, que pasó de estar despoblado a ser un pueblo alegre y lleno de vida.

F I N   © Mª Teresa Carretero García