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El Avestruz Federico

Esta es la historia de Federico, un avestruz blanco como el algodón,  con plumas  tan suaves que al tocarlas  parecen de seda y huele tan bien que da gusto estar a su lado.

La historia comenzó cuando Belén paseaba por unos campos cerca de su casa. Encontró una piedra de tamaño mediano, blanca y redonda y le gustó tanto que la recogió y se la llevó a casa.

Llegó a casa muy contenta con su nuevo tesoro, pero cuando se la enseñó a su madre, esta dijo: Nena, ¿pero que has traido?. Belén extrañada replicó: pues ya ves, mami: una piedra nueva para mi colección de recuerdos. – Pero Belén: no es una piedra, es un huevo de avestruz. – ¡Madre mía qué he hecho, le he quitado un huevo a una mamá avestruz!, ¿qué hacemos ahora, mami? –Pues devolverlo a donde lo has encontrado para que su mamá lo cuide hasta que pueda salir del cascarón. Elena, mamá de Belén, y la niña fueron en busca de la mamá avestruz; como no sabían el tiempo que estarían en el campo  llevaban la merienda, una botella de agua y el huevo de avestruz en una cesta.

Por el camino escuchaban los sonidos del campo. A Belén y a Elena les gustaba jugar a adivinar los sonidos.

Belén acertó el canto de un mirlo y la voz de una urraca; la mamá acertó el sonido de las campanas de un pueblo próximo y cerraron los ojos y se dejaron  acariciar por el soplo del viento.  

Belén se divertía mucho con su madre cuando iban de paseo, siempre aprendía algo sobre la naturaleza.

Cuando llegaron al lugar donde la niña había encontrado el huevo, se pararon a descansar, a distancia para que la mamá avestruz se pudiera aproximar a su huevo  sin temor. Aprovecharon el descanso para merendar. Elena, la mamá, dijo:  -En cuanto la avestruz se lleve el huevo, volvemos a casa. No me gustaría que se nos hiciera de noche. – bien, respondió Belén.-

El tiempo iba pasando. Cuando ya se marchaban, se acercaron  al huevo y allí seguía. Belén se decepcionó mucho – No ha venido su madre a recogerlo, ¿qué hacemos ahora?. Si lo dejamos, cualquier animal se lo puede comer. ¡Ha sido por mi culpa!… Y se puso muy triste. La mamá la consoló. – No te preocupes: nos lo llevaremos a casa-. Así fue como el avestruz entró en la vida de Belén.

Ya en casa lo pusieron en un cojín y lo taparon con la mantica y Belén lo puso bajo su cama hasta que estuviera maduro para abrir el cascarón.

Pasó el tiempo y una noche la niña escuchó unos ruiditos debajo de su cama. Vio una cosita amarilla que sobresalía del cascarón, era el piquito de Federico. Después apareció el cuello, el cuerpo y al final las patitas.

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Federico era pequeño, parecía un juguete. No paraba de llamar a su mamá con débiles graznidos. Cuando Belén se cercó, el avestruz creyó que era su mamá, así que siempre iba tras ella. 

 La niña buscó y encontró cómo alimentar al pequeño Federico. Todos los días le daba de comer y beber y lo sacaba a pasear y tomar el sol por el jardín. Federico siempre la esperaba junto a la puerta de casa a que volviera del colegio.

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Los dos jugaban y se reían mucho mientras Federico crecía y crecía. Un día le dijo su mamá: nena, el avestruz ya no puede estar en casa; tenemos que hacerle una casita. Hicieron una casita  con espacio alrededor y una cerca: así Federico se podía pasear. Ella le enseñó a abrir y cerrar la cerca para que pudiera entrar y salir a su gusto. Cada mañana Federico tocaba con el pico en la ventana de Belén para despertarla y que no se le hiciera tarde para ir a clase.   FIN

  ©Mª Teresa Carretero García

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