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El Bosque de la Navidad

En el mes de diciembre el bosque se transformaba. Era un ir y venir de animales: pájaros, palomas, zorros, erizos, corzos, ardillas y hasta la serpiente Malamala quería participar. Todos trabajaban con un mismo objetivo.

Arturo, el fantasmita, dormía en el agujero de un árbol que había encontrado.

Un ruido insistente lo despertó. Era el pájaro carpintero que llamaba a la ardilla. TOC TOC TOC.

¡Qué impaciente eres, Nicolás!, dijo la ardilla Jacinta; sabes que siempre estoy preparada a tiempo, así que no hagas tanto ruido, que despertarás a todos los habitantes del bosque.

Eso quiero, respondió  el pájaro Nicolás: me manda el águila para que nos reunamos en el claro del bosque y nos repartamos las tareas…

Oye, Nicolás, dijo la ardilla Jacinta. ¿No estás un poco nervioso?

Sí, contestó el pájaro carpintero. Me encanta poder trabajar para los niños.

El fantasmita salió del agujero y, con muchísimo cuidado de no hacer ruido, los siguió.

Hacía frío, y pensó: Si me hubiera puesto el gorro y los calcetines, iría bien abrigadito.

Aaaatchís! El pájaro carpintero y la ardilla volvieron su cabeza al oír el ruido ¿qué es eso? Preguntaron. Alguien nos sigue. La ardilla añadió: bueno, yo no he visto a nadie, será el ruido de las hojas al moverse.

 El fantasmita rápidamente se había escondido tras unos arbustos para no ser reconocido.

¡Uf! Qué suerte he tenido: no me han visto. Y los siguió.

Conforme se acercaban al claro del bosque, se escuchaban más y más las risas y canciones de los animales.

 En el centro, el águila y el jabalí presidían la reunión.

¡Echa más leña al fuego, que hace frío, dijo el erizo. Y tres pájaros carpinteros dejaron caer de sus picos unas ramas que calentaron la fría noche.

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Amigas y amigos, dijo el jabalí: ha pasado otro año y estamos de nuevo en diciembre.

¡Bien, bien, bien! Y todos rompieron a aplaudir Este es nuestro mes favorito. Desde que nuestros ta-ta-tatarabuelos comenzaron esta tradición, siempre la hemos mantenido.

El pájaro carpintero gritó: Y así será por siempre jamás. La ardilla añadió: Bien, Nicolás, bien dicho.

El fantasmita, escondido tras unos matorrales, no entendía lo que pasaba. ¿A qué bosque he ido a parar? ¡Qué cosas tan extrañas hacen estos animalillos! Siguió escuchándolos hasta que el sueño lo venció.

Cuando despertó, todo estaba en silencio. Los animalillos habían desaparecido. Se dirigió al agujero del árbol en que había estado durmiendo. A la entrada se detuvo, escuchó un ruido que provenía del interior. Con mucho cuidado asomó la cabeza.  Al fondo vio un pequeño animal que roncaba débilmente zzzzzzz.

Pensó despertarlo, pero el frío era muy intenso, y con cuidado se metió en el agujero. Se puso los calcetines, la bufanda y el gorro y se quedó dormido.

Al anochecer del día siguiente, Arturo se despertó, abrió los ojos y lanzó un grito que hizo salir en estampida a todos los pájaros del árbol. Arturo vio frente a sí unos ojos grandes, redondos, de color miel que lo miraban fijamente. ¿Quién eres?, preguntó Arturo.

Eso digo yo! Respondió el animalillo: ¿Qué haces en mi casa? Volvió a preguntar Arturo.

¿Tu casa? Respondió el animalillo, cuando llegué estaba vacía. ¿Qué dices?, dijo Arturo: estaban mi bufanda, mi gorro y mis calcetines. – Pero respóndeme primero ¿Quién eres?, insistió Arturo.

Soy una pequeña lechuza, dijo el animalillo. Vivo sola y busco un lugar para quedarme.

¿Y cómo te llamas?, preguntó Arturo. –Me llamo Cuquita, ¿y tú?, preguntó Cuquita.

Yo, Arturo; y soy un fantasma. ¿No te doy miedo? –No, yo no tengo miedo.

¡Qué valiente eres!, dijo Arturo. –No creas, dijo la lechuza: me da miedo no tener dónde dormir y estar sola.

Bueno, concluyó el fantasmita: pues como yo también estoy solo y aquí hay sitio para los dos, si quieres te puedes quedar. –¿De verdad?, preguntó Cuquita. Sí, de verdad.

Cuando era ya noche cerrada, los dos salieron a pasear. La lechuza fue a buscar comida, pues hacía más de un día que no había probado bocado. 

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El fantasmita paseaba por el bosque y oyó hablar al águila, el jabalí y el cervatillo. Estaban de nuevo en el claro del bosque. Se detuvo a escuchar.

Este año, decía el jabalí, tenemos que corregir los errores del año pasado. ¿A qué te refieres?, preguntaron el  águila y el cervatillo. –Pues que se nos olvidó señalar una casa que hay en la espesura del bosque y el trineo pasó de largo. –¿Cómo pudo pasar una cosa así?, preguntaron el águila y el cervatillo.

-Este año hay que inspeccionar muy bien el bosque, los alrededores y los pueblos cercanos. Y señalar muy bien todos los caminos, añadió el jabalí.

Arturo escuchaba la conversación pero no entendía nada.

Después de cenar, la lechuza se acercó al fantasmita por detrás, le tocó la espalda con el ala y cuando Arturo se disponía a gritar, Cuquita le tapó la boca con sus alas. ¡Cuquita!, dijo Arturo, algo enfadado: con tanto susto, me pondrás enfermo de los nervios.

La lechuza, riéndose, le respondió: Es que me encanta ver la cara de miedo que pones… –Y qué haces aquí? preguntó Cuquita. –Escucho lo que hablan. –Pero eso es muy feo: no se debe escuchar las conversaciones de los demás.

Es verdad, Cuquita, pero de alguna manera tenemos que enterarnos de lo que ocurre en este bosque. De vuelta al árbol tropezaron con un conejito, que, asustado, suplicó: Señora Lechuza, no me coma, por favor. Haré todo lo que me pida.

Cuquita y Arturo se miraron extrañados: nunca habían visto a nadie suplicando. –¿Y qué te hace creer que te voy a comer, conejito?, preguntó Cuquita. –Pues, pues… respondió el conejillo. Porque sales a cazar de noche para comer. –Sí, respondió la lechuza, pero hoy ya he cenado. –Entonces, no me comerás?, preguntó sollozando el conejito. –Claro que no!, dijo Cuquita. –Pues entonces pídeme lo que quieras, pero de verdad lo que quieras.

El fantasmita y la lechuza cuchichearon entre ellos. Y la lechuza dijo: lo que quiero es que nos digas qué pasa en este bosque.

-Pe pe pe pero no lo puedo contar: es un secreto. –Pues… es lo único que te pedimos, respondieron.

El conejito estaba muy nervioso, se rascaba los bigotes y tamborileaba en el suelo con su pata izquierda.

Después de mucho pensar, dijo: bueno, lo contaré si me prometéis que será un secreto y no lo contaréis a nadie. –Lo prometemos, dijeron Cuquita y Arturo, ¡palabra de amigos!

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-De acuerdo, palabra de amigos, dijo el conejito. Y recordad que si lo contáis nos echarán del bosque a los tres.
Como sabréis, el 24 de diciembre Papá Noel reparte juguetes a los niños y niñas del mundo. En este bosque ayudamos a Papá Noel señalando bien los caminos y limpiándolos para que los renos puedan ir muy rápidos y no tropiecen con ningún obstáculo. Señalamos en el bosque y en los pueblos cercanos las casas donde hay niños y niñas para que Papá Noel trabaje más rápido. Preparamos comida y agua para que los renos puedan comer,beber y descansar un poco.

Esa noche, cientos de luciérnagas señalan los caminos. Las aves nocturnas como tú, lechuza esperan a Papá Noel y lo acompañan. Todos ayudamos para que su reparto sea más fácil y pueda enseguida continuar hacia otro lugar.
El fantasmita preguntó: ¿Y por qué os tomáis tanto trabajo si es un secreto y nadie lo sabe?
-Pues porque a los animales, dijo el conejito, nos gustan mucho los niños y las niñas y nos encanta que sean felices.
Algunas veces Papá Noel va tan rápido que se le cae algún paquete. Entonces nosotros lo guardamos y cuando algún animalillo nos cuenta que en algún sitio hay un niño sin juguetes, nosotros se lo ponemos en su puerta. Cuando lo recogen, nos encanta ver la alegría que tienen al abrirlo: a veces nos ponemos tan contentos que nos abrazamos todos llorando de alegría.
El fantasmita dijo: ¡pues sí que os gustan los niños!
Oye, conejito, preguntó Cuquita: ¿y nosotros también podemos ayudar?, nos encantaría.
No sé, dijo el conejito. ¿Vosotros no sois del bosque, verdad?
No lo somos, pero nos gustaría quedarnos aquí para siempre, dijo Arturo.
Bueno, dijo el conejito: Yo os ayudaré. Os presentaré a todos los habitantes del bosque y no creo que tengáis problema para quedaros a vivir aquí y… Y a lo mejor, para el cinco de enero, que vienen los Reyes Magos, podréis ayudarnos.
-Pero ¿es que también ayudáis a los Reyes Magos?, preguntaron Cuquita y Arturo a la vez. –Claro! , dijo el conejito: ayudamos a todos los que puedan hacer felices a los niños y niñas.
-¡Qué guay!, gritaron Cuquita y Arturo.
Y los tres se pusieron, felices, a cantar una canción de navidad.
FIN
©Mª Teresa Carretero

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