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El Secreto del Rey Midas

Hace muchísimos años había en Grecia, país del Mediterráneo, unos seres muy importantes a los que llamaban dioses. El padre de todos ellos era Zeus, y le obedecían.

Eran muchos y cada uno con sus poderes especiales protegía una parte del mundo. Protegían la Agricultura,

el Mar, el Amor, les ayudaban en la guerra…  Estos dioses y diosas a veces convivían con los humanos. Les

gustaba mucho divertirse y casi siempre estaban de fiestas y reuniones. Si perdían en los juegos o apuestas

se enfadaban muchísimo. Apolo, uno de los dioses, tocaba la flauta y a dioses y humanos decía que nadie

tocaba la flauta mejor que él. Un día se encontró con un hombre llamado Marsias que le dijo: Yo toco la

flauta mejor que tú. -No me lo creo, replicó Apolo; ya  sabes que yo toco mejor que nadie. Vamos a verlo,

hagamos un concurso.

De acuerdo, dijo Marsias; pero tendrá que haber un jurado.

-Hecho, tendremos un jurado que diga quién es el mejor.

Entre el jurado estaba el Rey Midas. Tanto le agradó la actuación de Marsias que lo dio por ganador.

Apolo se enfadó muchísimo con Midas y, con sus poderes mágicos,  hizo que le crecieran unas orejas de burro.

Como tener orejas de burro le daba mucha vergüenza a Midas, las escondía bajo un sombrero. Un día tuvo que ir al peluquero, pues le había crecido mucho el pelo. El peluquero, horrorizado al verle las orejas, dijo: ¡Qué atroz! ¡Mi rey tiene orejas de burro!

Midas se enfadó muchísimo y le dijo: Es un secreto muy, muy secreto. Y si lo dices, te pondré el mayor castigo que hayas conocido.

El peluquero no era capaz de guardar el secreto, pero temía el castigo del rey Midas.

Cuando no se pudo aguantar más, cavó un hoyo cerca de un río y, asegurándose de que no había nadie cerca, gritó en él con todas sus fuerzas: ‘El Rey Midas tiene orejas de burro’.

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Y entonces tapó el hoyo con tierra. Por fin se veía libre de su secreto y estaba muy feliz.

En el hoyo que cavó junto al río nació una caña, y como la tierra sabía el secreto, se lo dijo a la caña. La caña, muy bajito se lo dijo a sus vecinas cañas: «el Rey Midas tiene orejas de burro».

Los pajarillos lo escucharon y lo dijeron a otros pájaros.

Melampo, que era un hombre que entendía el lenguaje de los pájaros, les dijo a sus amigos: ‘El Rey Midas tiene orejas de burro’, y un día se atrevió a decirle al mismísimo rey Midas: ¡Enséñanos tus orejas de burro!.

El rey, enfadadísimo, buscó al peluquero y lo castigó a la pena más severa. Después se encerró en su palacio para que nadie nunca viera sus orejas de burro. Y cuentan que algunos días se oía al viento decir: El Rey Miiidaaas  tiene orejas de buuuurroooo… El Rey Miiidaaas  tiene orejas de buuurroooo…

FIN

Adaptación: Mª Teresa Carretero García

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