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Juanito y los Colores

Juanito era un niño que vivía en el campo con sus papás. Era pequeño y aún no iba al colegio. Se divertía jugando con las piedras y persiguiendo a las gallinas. A veces ayudaba a su mamá en pequeñas tareas. Un día su mamá le dijo: Juanito, tráeme de la cocina el delantal rojo. Y Juanito trajo uno azul. Su mamá se quedó muy pensativa…
Otro día le dijo: Juanito, acércame el vaso amarillo; y Juanito le llevó un vaso verde.La mamá de Juanito comenzó a preocuparse y consultó al médico.
Le hicieron muchas pruebas en el pueblo y en la ciudad. Al final dijo el médico: el niño está muy bien, no tiene nada; sólo que no sabe distinguir los colores. Juanito ve el mundo en blanco y negro. Su mamá se puso triste e intentó enseñarle los colores.
Inventó muchos juegos para que Juanito aprendiera a distinguirlos: Ella ponía papeles de colorines por la casa y Juanito tenía que juntar los que eran iguales. Si acertaba, lo premiaba con galletas y caramelos. Jugaban también a hacer torres con cajas de colores. A veces la torre era de un solo color y otras veces de muchos colores. Pero a pesar de que Juanito ponía todo su interés, no aprendía.
Cuando se hizo un poco más mayor, comenzó a ir al colegio y surgieron los primeros problemas. En el colegio Juanito tampoco conseguía aprender los colores… y, lo que es peor, los niños se reían de él. Esto lo ponía muy triste y pensaba… aunque no sé los colores, puedo jugar con los niños al fútbol, puedo correr, tirar piedras al río: para eso no necesito conocer los colores. Además yo sé muy bien los nombres de los niños del equipo de fútbol y no me equivocaré nunca aunque se cambien la camiseta…
Poco a poco, Juanito fue volviéndose menos alegre. Su mamá se dio cuenta y le preguntó: Juanito, ¿te pasa algo? Te noto triste… ¿tienes algún problema?. Y Juanito contestaba: no es nada, mamá… no me pasa nada.
Un día Juanito fue a pasear al bosque cerca de su casa, que él conocía muy bien.
Cuando se cansó de andar, se recostó sobre el tronco de un árbol grande y se puso a llorar. Pero el árbol no estaba deshabitado: en él tenían su casa una pajarita de las nieves, una mariposa, un gusano verde y una ardilla.
Al oír el llanto del niño, los animalitos salieron de sus casitas y les dio mucha pena ver a un niño tan guapo llorando. Lentamente y sin hacer ruido, se acercaron a él y se pusieron a hablarle: ¿Qué te pasa, niño? ¿por qué lloras? ¿es que te has perdido en el bosque?
Pero Juanito lloraba y lloraba. Los animalitos se movían y revoloteaban junto a él. Le sacaban la lengua y le hacían guiños… pero él no se reía y seguía llorando.
Por fin habló y les contó su problema…
Ellos se rieron mucho y le dijeron todos a la vez: ¡Pero si eso no tiene importancia! Nosotros te enseñaremos los colores. Juanito volvió al bosque varias veces por semana para aprender los colores con los animalillos. La primera lección fue muy sencilla: cada uno se presentó y dijo su color.
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Yo soy el gusano Margarito y soy verde. Yo soy la pajarita de las nieves y soy blanca y marrón. Yo soy Belinda, la mariposa, soy amarilla y tengo dos lunares azules en mis alas. Yo soy la ardilla aventurera, y… fíjate bien: soy pelirroja.
Cuando Juanito distinguió los colores de sus amigos, aparecieron más y más amigos: una hormiga marrón, un lagarto verde y gris, una mariquita roja y negra, un saltamontes de color piedra…
Juanito se dio cuenta de que cuando veía en cualquier parte un color como el de sus amigos lo sabía distinguir, y eso lo ponía muy alegre.
Comenzó a hacer excursiones con sus amigos los animalillos y a encontrar nuevos colores. Conocieron a una rata de río de color gris y ya no se le olvidó el color.
Vio en el río un pato blanco y otro negro y marrón… y de pronto se dio cuenta de que las orillas del río estaban repletas de florecillas de muchos colores: azul, violeta, rosa, rojo, naranja y amarillo.
El cielo era muy azul y el sol era rojo intenso. De pronto, vio cómo las nubes blancas se ponían del color de la rata de río y más oscuras aún. Y comenzó a llover fuerte.
Los animalillos se refugiaban donde podían, pero él seguía mirando los colores de las cosas y descubrió que cada color tenía muchos tonos y matices.
Dejó de llover. Los animales salieron de sus escondites y le mostraron a Juanito el arco iris. Le pareció tan bonito que no quería irse de allí.
Contó los colores hasta que se quedó ronco: ¡azul! ¡verde! ¡amarillo! ¡rojo! ¡naranja! ¡morado!.
Los animalillos le aplaudían, se reían, bailaban y daban volteretas sobre la hierba aún húmeda. Esa tarde, los animalitos y Juanito hicieron la fiesta más bonita que jamás había tenido lugar en el bosque.
Comieron endrinas azuladas, moras blancas y moradas, manzanas verdes y amarillas, nueces y castañas marrones, y fresas rojas. Juanito volvió al pueblo muy contento. Desde lejos distinguía las casas blancas con sus tejados rojos, y con sus puertas y ventanas verdes.
Al pasar junto a un grupo de niños, éstos se reían de él y le decían: Juanito, si nos traes la pelota roja, te dejamos jugar con nosotros… y se volvían a reír.
Juanito, escogió la pelota que le dijeron, se la dio a un niño y se marchó. Tenía prisa por contarle a su mamá que ya conocía los colores y los distinguía como los demás niños.
FIN                                                       © Mª T. Carretero

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