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La Nube Caprichosa

Las nubes se paseaban por el cielo. Cada día, antes de salir, se reunían para decidir adónde ir.

La nube secretaria apuntaba en su libreta los lugares donde iban, para así poder visitar todos los rincones de la tierra.

Hoy, dijo la nube más anciana, saldremos pronto porque más tarde el viento va a soplar fuerte  y nos arrastraría lejos y entonces no podríamos llover sobre los campos resecos que vimos ayer.

Las nubes jóvenes replicaron: no siempre tenemos que producir lluvia. Nosotras queremos jugar y divertirnos. Hace mucho tiempo que no hemos hecho figuras de animales y es lo que hoy nos apetece hacer. La nube secretaria dijo: pero nosotras somos nubes buenas y debemos descargar agua donde se necesite. Si cada una hace lo que quiere, ocurrirá como el mes pasado, que fuimos a parar a un mismo lugar y estuvo lloviendo allí demasiado. Y al final, en vez de ayudar, estropeamos la cosecha.

Las nubes jóvenes contestaron: De acuerdo, pero nosotras queremos divertirnos, y eso haremos. Sin hacer caso a las nubes mayores, se marcharon a divertirse.  Estuvieron una semana jugando y divirtiéndose. Pero poco a poco se fueron aburriendo y regresaron con las demás nubes; todas menos Blanquita.

Blanquita no quiso hacer caso a las otras nubes y se quedó sola. Pronto entendió que sola no servía para mucho.  Si se ponía a llover, era poca el agua que soltaba y no ayudaba a nadie. Si estaba ventoso, el viento la arrastraba muy fuerte y aunque ella le gritaba, el viento no la oía, y no tenía con quien hablar.

Entonces dudó si no sería mejor volver con sus amigas al grupo de nubes. Pero ella aún quería seguir sus aventuras.

Un día que estaba cansada y triste, se quedó dormida. Despertó sobre un gran árbol. Vio una casita y una niña que jugaba en el jardín.

La niña miró al árbol y vio la nube. Se frotó los ojos, pues era la primera vez que veía una nube tan cerca y  en su jardín. Llamó a su hermano Luis y los dos se sentaron mirando la nube.

Oye, dijo Luis a su hermana: ¿Cuánto tiempo seguirás mirando a la nube? Sólo un poquito más, respondió La nube se fue a dar una vuelta por el cielo, y los niños volvieron a sus juegos.

Por la noche, la nube volvió al árbol. A la mañana siguiente dijo Luis: María, la nube está ahí, durmiendo.

No hables fuerte, dijo María, no la despertemos, tendrá sueño.

Y los niños estuvieron callados observándola hasta que la nube despertó.

¡Hola!, dijo la nube, ¿Qué hacéis? . -Mirándote dormir, respondieron.

Si me subo al árbol -dijo Luis, ¿me dejarás que te toque?; nunca he tocado una nube.

No hace falta, respondió la nube: yo bajaré un poco más para que me puedas tocar. – Gracias, nube, dijo el niño.

¿Qué hacéis aquí solos?, preguntó la nube.

No estamos solos, respondieron los niños. Nuestros papás están dentro de la casa; nosotros jugamos todo el día en el jardín porque estamos de vacaciones; ahora no hay cole.

Oye, nube, dijo María, ¿Quieres jugar con nosotros?

¿Y qué tengo que hacer? preguntó la nube.

Forma figuras de animales, dijo la niña. Luego decimos qué vemos y tú dirás quién ha acertado.

Me encanta, dijo la nube, ¡vamos ya! Y se alejó del árbol para hacer sus figuras.

Estuvieron jugando toda la tarde; al día siguiente volvieron a jugar. Esta vez fueron al prado. Los niños corrían o saltaban y la nube les hacía sombra cuando tenían mucho calor.

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La nube dijo: si queréis os puedo refrescar. ¿Cómo? preguntaron los niños. Pues lloviendo sobre vosotros. Y eso hizo la nube. Se dieron la ducha más divertida de su vida.

Poco a poco, la nube y los niños se hicieron amigos y se quedó a vivir en el árbol del jardín.

Por la mañana temprano, la nube se posaba sobre las ventanas de las habitaciones de los niños y los llamaba. Los acompañaba hasta el colegio y se quedaba en el cielo del patio hasta que salía del cole, para volver con ellos a casa.

Oye, nube, le dijeron un día los niños: ¿Tú nos darías un paseo? Nunca hemos visto nuestra casa desde el cielo.  Ella los montó encima y se dieron un paseo por el cielo.

¡Qué chuli! decían los niños mientras saltaban y  daban volteretas en la nube. ¡Qué blandita y blanca eres! Gracias por pasearnos. Nube, te queremos.

Y la nube se puso muy contenta.

Oye, nube, dijeron los niños un día: ¿Por qué no te quedas a vivir con nosotros?

¿Queréis que me quede?. preguntó la nube

Sí, sí, por favor, respondieron los niños.

Y la nube se quedó a vivir sobre el árbol del jardín hasta que se hizo muy mayor. Un día desapareció. Los niños preguntaron a su mamá por la nube. Ella les contó que unas nubes jóvenes habían venido a llevarla con su familia de nubes.

FIN                  © M. T. Carretero

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