Seleccionar página

Los Dos Viejecitos

En una casita en el bosque vivían una vieja y un viejo. Eran muy pobres y tenían un pequeño huerto. Era un año muy, muy frío y lo que tenían plantado se heló; solo les quedaba una pequeña calabaza en el huerto.

Todos los días miraba el viejo la pequeña calabaza y decía: pronto se hará grande y nos la podremos comer… pero su estómago se quejaba haciendo ruidos. Él, tocándose la pancita decía: no te impacientes, que pronto comeremos.

Una noche hubo una fuerte tormenta y fue tanta el agua que cayó, que la calabaza se murió. Al día siguiente, al ver la calabaza destrozada se dijeron: ¿Qué haremos ahora?; nuestras ilusiones se han perdido. Y se sentaron junto a la chimenea, muy tristes.

Al mediodía el viejo dijo a su mujer: pon algo para la comida.

No tengo nada, dijo ella. Pero ¿nada?, dijo el viejo, ¿nada de nada de nada?.

Bueno, mujer, dijo el viejo: no te preocupes. ¿Te acuerdas de cuando comíamos bollos tiernos de pan, tortas con carne, pichón con manzanas y muchos dulces?

La mujer respondió: Ha pasado tanto tiempo que ya casi no me acuerdo.

Pues piensa en ello y mastica como si estuvieses comiendo, verás cómo se pasa el ansia… después, para hacer bien la digestión beberemos agua, no vaya a ser que nos siente mal.

Así imaginaban que comían. Pudieron aguantar casi una semana, pero después ya ni tenían fuerzas para hablar.

Un día a la hora de comer vieron en el huerto un conejito que estaba escarbando. Mira, dijo el viejo, tenemos comida, pero no tengo fuerzas para levantarme y cazarlo.

El conejito, con sus largas orejas los escuchó hablar, se acercó a la puerta y oyó cuánta hambre pasaban.

  • https://www.facebook.com/eldragonenano

Volvió el conejito al bosque y reunió a sus amigos para contarles lo que oyó. Dijo: escuchadme bien. En una casa he encontrado a dos viejecitos que hace una semana que no comen. Están muy débiles; deberíamos ayudarles. –¿Y cómo?, preguntaban.

Pues llevándoles comida. Entonces dijo una liebre: en la granja de Matías he visto caerse de un carro unas cuantas patatas y el dueño no se molestó en recogerlas. Y la ardilla dijo: en esa granja es donde vive la gallina Balbina, que a veces me deja coger huevos antes de que se los quite su ama. Y el jabalí dijo que su amiga Cabralista, que le ayudó a criar al jabatillo pequeño, podría darles leche.

Entonces dijo la comadreja: mis amigas y yo vamos a recoger leña para que se calienten. Y otros dijeron: yo puedo recoger piñones… yo arándanos y moras, yo…

Vale, vale ¿cuándo empezamos? Interrumpió el conejito. Pues hoy mismo, dijeron unos cuantos.  A las tres empezamos, ¿vale? –dijo el conejito. Y así fueron recogiendo comida.

A la hora de la cena, el viejo se asomó  a la puerta y vio las patatas, los huevos, la leche y frutos del bosque. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Mujer, ven pronto, que esta noche cenamos: tenemos un regalo.

La vieja, como pudo, se acercó a la puerta y por sus mejillas corrieron dos lágrimas al ver la comida.

Pero, ¿cómo es posible? ¿Quién habrá sido? A lo mejor no es para nosotros.

Y el viejo replicó: Yo me la voy a comer como si fuera para mí. Pues yo también, dijo la mujer.

Y después de cenar se sentaron al fuego, que ella encendió con la leña de la comadreja y sus amigas.

Sentados junto al fuego, decía la viejecita: ¿Quién será nuestro protector?

Y él contestó: alguien de buen corazón que ayuda a los viejecitos.

Marido, dijo ella: me parece que ya sé quién es.

¿Quién?

Pues el geniecillo de los viejos, dijo la anciana.

Eso será, mujer.

Y se tomaron de la mano, tan felices, mirando el fuego.

FIN                     © Mª Teresa Carretero

Quizás también te interese leer…