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Los Abrazos de Cristina

Los Abrazos de Cristina

Cristina y Carlitos eran compañeros y amigos del cole, se conocían desde que iban a preescolar. A menudo  hacían los deberes juntos. Un día la niña invitó a su amigo Carlitos a merendar en su casa. Merendaron fruta y un pastel de nueces que había hecho Elena, la mamá de Cristina, con la ayuda de esta.

–  La merienda está muy rica y el pastel  buenísimo, os ha salido muy bien. – Gracias Carlitos me encanta que te guste nuestro pastel.

Después de merendar subieron a la habitación de Cristina a hacer los deberes. –Si  no nos distraemos hablando, podemos terminar pronto y ponernos a  jugar – llevas razón Carlitos vamos a ponernos a ello y así tendremos tiempo  para jugar.  OK, dijeron los dos a la vez mientras chocaban su mano derecha. 

Pronto acabaron los deberes, se sentaron en un pequeño sofá de la habitación y  comenzaron a hablar.

-¿Qué te ha parecido la pregunta que ha hecho la seño esta mañana? – ¿Cuál, la de  llevarnos de casa lo más importante para nosotros si tuviéramos que salir corriendo?    -Carlitos, rascándose la cabeza mientras pensaba, dijo: para mí es muy difícil decidir: primero cogería a mi perro Paco, después  a mi tortuga Laura y después mis dibujos y mis lápices de colores. Cristina echó a reír y dijo:   –la seño dijo  que era una sola cosa. – Pues…lo juntaría todo y lo pondría como si fuese una sola cosa. -Pero eso es trampa Carlitos, una sola cosa es una unida y tú has cogido varias cosas e intentas hacerlas pasar por una. – Pero yo no puedo dejar ni a mi perro Paco, ni a  mi tortuga Laura, ni mis cuadernos y lápices de colores. – Pues  lo tendrías muy difícil.  -Ya sé… los  escondería en una bolsa para que no  me los quitaran; primero tendría que conseguir que mi perro Paco  estuviera en silencio para que no nos descubrieran, pero de lo que estoy seguro es que no me iría sin ellos.

  – De eso estoy segura. Y tú Cristina que escogerías? – Si solo es una cosa, me llevaría mi cofrecito de los abrazos – ¿Qué dices Cristina, qué es eso de un cofrecito de los abrazos? yo no conozco ese juego-. -Cristina  se echó a reír y dijo: – no es ningún juego son mis cosas más preciadas. – ¿Seguro que no estás hablando en broma? – Seguro, hablo en serio.

Entonces cuéntame la historia de ese cofrecito.

Es un cofrecito de madera con mi nombre que me regaló mi abuela Pepi cuando era pequeña. En él he ido guardando mis abrazos, los tengo siempre ordenados:Tengo abrazos de cumpleaños, estos huelen a tarta, abrazos de buenas noches, huelen a lavanda y manzana, abrazos de fin de curso: huelen a lápices de colores y a plastilina, abrazos de mi comunión, que huelen a incienso  -¿ Y eso qué es?  Pues es una resina que queman en la iglesia y en algunas casas; a mi me gusta mucho su olor. También tengo abrazos de despedida, esos huelen a limón, y abrazos por no enfadarme: saben a caramelos de fresa. Ah, y abrazos por ser generosa: esos huelen a hierbas del monte.

Carlitos se quedó en silencio muy pensativo y dijo: – ¿Y esa colección la conoce alguien? -Solo mi abuela Pepi, que me ayuda a guardarlos envueltos en un papel especial, que solo ella conoce y que hace que los abrazos se mantengan como cuando me los dieron. -¿Y tu papá y tu mamá qué dicen sobre esa colección tan rara? – Nada, ellos cuando nos ven a mi abuela y a mí con la cajita  sonríen. Yo creo que mi abuela se lo ha contado.

Un día mi abuela me regaló el abrazo de cuando empecé a hablar: olía a papillas de vainilla. Lo había guardado en su casa envuelto en ese papel especial que ella tiene.

Ese es el último abrazo que tengo en mi colección. Ese abrazo estaba acostumbrado a vivir en casa de mi abuela y no me conocía ni a mí, ni a los otros abrazos. Cuando abrí la cajita para guardarlo se escapó, salió corriendo de la habitación, bajó por la escalera y se me perdió en el jardín de mi casa. Lo busqué hasta que se hizo de noche, pero no lo encontré. Estaba disgustadísima. Al día siguiente lo encontré durmiendo junto a mi cama. Mi alegría fue enorme: lo envolví muy bien en el papel de mi abuela y nunca más se ha vuelto a escapar.

-Oye Cristina ¿quieres aumentar tu colección de abrazos? – Pues claro, Carlitos, – Pues te regalo este abrazo de amigo. Y los dos se fundieron en un gran abrazo – Ahora, Carlitos, ayúdame a envolverlo y a guardarlo en la cajita. -Qué bien, así podré ver toda tu colección de abrazos. ¿Puedo tocarlos? – Claro, pero con mucho cuidado.

Carlitos abrió la caja con mucho cuidado para introducir el abrazo de amigos y entonces escuchó cómo los abrazos de la caja daban la bienvenida al abrazo de amigos con una bonita canción.  –¿ Pero es que los abrazos cantan, Cristina? Y ríen y aplauden, ellos siempre están felices.

-Lo que más me ha gustado de tu colección es la forma de los abrazos: cada uno es diferente a los otros. –Sí pero todos están hechos de corazones, unos más grandes que otros, con brazos que te rodean y te dan calor. Yo cuando estoy triste, saco varios abrazos y  me rodean y me siento mejor.

Pero lo mejor de todo es tener a mi mamá, a mi papá y a mi abuela que me dan todos los abrazos que  les pida.  – Y también me tienes a mí para cuando lo necesites. – Muchas gracias Carlitos – Gracias a ti, Cristina por enseñarme tu colección. –  Carlitos: esto es nuestro secreto. – No te preocupes, Cristina, no se lo diré a nadie: será un secreto entre nosotros.

Carlitos se marchó a su casa muy contento porque su amiga Cristina le había confiado su mayor secreto y él nunca  lo rompería. Comenzó a recitar en voz baja:  “Secreto secretoso:  quien lo incumpla no tendrá derecho a escuchar otro.” FIN 

© Mª Teresa Carretero García

El León y el Conejito

El León y el Conejito

Un león paseaba por la selva, muy enfadado. Rugía sin parar grr. grr. grr., tengo hambre, tengo mucha hambre.

Los animales se escondían, se subían  a los árboles, cuando el león tenía hambre, pues se ponía furioso.

Se cruzó con  un conejito. Hola  señor león, buenos días, saludó el conejito. El león le respondió grr… grr… grr… ¿Dónde va tan serio?, preguntó el conejito.

Tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa. Incluso a ti, dijo el león. El conejito, separándose un poco le dijo: pero los leones no comen conejitos: somos muy pequeños y tenemos muchos huesos.

¿Si te ayudo a encontrar comida, dejarías tranquilos a los animalitos de la selva?

Bueno, dijo el león, si la comida me gusta, a lo mejor.

El conejito habló con los monos, que trajeron plátanos y piñas. Los elefantes trajeron sabrosas ramas muy dulces. Las jirafas cogieron las manzanas más grandes de los árboles. El hipopótamo trajo sabrosos pescados muy grandes. Los pájaros también ayudaron y les dijeron que  había un búfalo ahogado en el río.

Todos ayudaron y prepararon un gran banquete. Asaron el búfalo con manzanas, piña y las ramas dulces de árbol.

El león durmió la siesta. Después se preparó para la cena, se bañó, se secó bien al sol y se peinó la hermosa y larga cabellera.

Todos los animalitos preparaban la cena del león. Cada uno ayudaba como podía. Los pajarillos buscaron hojas que colocaron a modo de mantel.

Los monos pelaron las frutas y las colocaron sobre él junto con las otras viandas. La jirafa, con su gran cuello oteó un asiento para que el león estuviera cómodo.

El conejito formó un coro, que cantaba y bailaba al son de la música de otros animalillos. Cuando la cena estuvo preparada, despertaron al león, que se puso a seguir el rastro de la comida con su buen olfato.

Al ver la cena, se puso muy serio. El conejito le preguntó: Señor león, ¿es que no te gusta lo que hemos preparado?

El león tosió un poco y dijo con fuerte voz: nunca nadie me había preparado una comida como esta. Todos se sentaron en silencio, esperando la reacción del león cuando terminase de comer. Y dijo: ¡Vamos, ¿qué esperáis? Que suene la música, bailemos todos.

El conejito le preguntó: pe pe… pero te ha gustado?

Claro que sí, chaval, todo estaba muy bueno. Si me preparáis comidas así, nunca más perseguiré ni me comeré a ningún animal de la selva.

Y desde entonces los animales de aquella selva tuvieron al león como amigo. Los animalitos quisieron agradecer al conejito su ayuda y le hicieron una gran tarta de zanahorias, que era lo que más le gustaba.

El león aprendió a convivir con los demás animalitos y muchas veces él también ponía la mesa, buscaba la comida y la cocinaba. Era un bosque conde reinaba la armonía.

FIN                ©  María Teresa Carretero

Lágrimas de Chocolate

Lágrimas de Chocolate

En Vereda azul, el pueblo de Carlitos, hay una escultura en la plaza, la estatua de un vecino llamado Ginés. Fue muy querido por los niños y niñas del pueblo. Él había ayudado con su dinero a construir la escuela, el polideportivo y la biblioteca.

Un domingo, Carlitos sacó a Lope, su perro, temprano a pasear. Había pertenecido a Ginés, y ahora era suyo. Carlitos hablaba con su perro, que le escuchaba muy atento. – ¿Te acuerdas de Ginés?,Guau, guau, guau! , asentía, mientras tocaba con su patita la mano de Carlitos. -¿Te cuento de nuevo la historia? –Guau, guau, guau!, asintió Lope moviendo su rabito.

–Pues ahí va: Ginés era tu amo y mi mejor amigo. Un día fuisteis  al monte. Al anochecer te vimos solo, sin tu amo y ladrando sin parar. Mordías los pantalones de los hombres arrastrándolos hacia al monte. Les estabas avisando de algo. Buscamos a Ginés durante cuatro días. Había desaparecido sin dejar rastro. Yo te recogí y viniste a vivir conmigo. –Guau, guau.

Tu amo era buenísima persona y lo echamos mucho de menos. Recuerda que yo había estado tiempo enfermo y todos los días venía a visitarme. Cuando me curé, no quería salir a la calle porque me había quedado cojico y me veía diferente a los demás. Al saberlo él vino contigo a verme y me dijo:

“Carlitos, eres el mismo de antes. Lo que te ha pasado le puede suceder a cualquiera. Si yo estuviera como tú, ¿ya no serías mi amigo?”  -Sí lo sería, respondí; y él dijo: pues yo igual.

Comprendí sus palabras pero no quería salir ni ver a nadie.

Una tarde, apareció Ginés con todos mis amigos y amigas. -Guau, guau, guau. -Sí, también venías tú. Yo me emocioné. No cabíais en el salón. Mi mamá os ofreció limonada y un gran bizcocho de chocolate.

Cuando marcharon, encontré mensajes de apoyo bajo la funda del sofá, en el ordenador, en mi cuento favorito, en mi silla y hasta en la chimenea.

Pude ver que a ninguno os importaba mi cojera. Aprendí a andar más despacio y disfrutaba los paseos con Ginés y contigo por el pueblo. Y fue a la mañana siguiente cuando mi sorpresa fue enorme, al ver en mi corral su regalo, su potrillo marrón, con aquel mensaje: “Con él correrás y saltarás lo que quieras”. -Guau guau guau -¿Qué quieres, Lope?  Ah, me avisas que ahí viene Manolito. -¿Qué hacéis? -Recordando a Ginés .- Pues seguid, que yo escucho.

Era marrón, con una llama blanca en la cara, un caballo precioso. Lo llamé Centella. Ginés me enseñó a montar.

 -Tú, Carlitos le dabas siempre a Centella una manzana y tres zanahorias. -Sí, Manolito. -Guau guau guau.  -Y a ti, Lope, no se me olvida, también te daba manzana. Mi cojera ya no era importante, volví a ser feliz. Me acuerdo mucho de Ginés.  -Guau guau guau!.  – Ya sé, Lope, tú también te acuerdas. Recuerdo cuando Pepito nos propuso hacer algo para recordarlo siempre. Marina propuso colocar una placa en su casa y Dani decir al alcalde que pusieran su nombre a una calle o al Colegioy de pronto dijo Antoñito: Ya lo tengo, yo he visto en una plaza en la ciudad la estatua de alguien muy importante. Ginés era muy importante para nosotros. -¡Eso, una estatua, una estatua! dijimos todos.

Y por eso, Lope, estamos aquí junto a su estatua recordándole. -Y a ti, Carlitos, te tocó descubrir la estatua por ser el mejor amigo de Ginés, añadió Manolito.  -Guau guau guau!. -Tú también eras su mejor amigo perro. Con su escultura parece como si Ginés no se hubiera ido y siguiera entre nosotros. Un día estaba yo triste, continuó Carlitos: le conté mi problema a Ginés y la estatua  lloró. -Sí: nos quedamos impresionados al oírlo cuando nos lo contaste, recordó Manolito.- Yo me quedé parado al ver deslizarse dos lágrimas por su cara de granito. Eran de color oscuro. Me pareció oírle decir «Carlitos, amigo, no estés triste: todos  los problemas se solucionan. Ven y recoge mis lágrimas» . Las recogí  y  dije: ¡Anda, si parecen de chocolate»! -«Así es», dijo su voz. Cómete una y guarda la otra. Hice como dijo. Enseguida me di cuenta de que había olvidado mi problema. Gracias, Ginés, muchas gracias, dije. La escultura me sonrió. Me froté los ojos: no podía creer lo que estaba pasando.

Mientras me iba, me pareció oír a Ginés decir: Cuando tengáis algún problema, venid a contármelo, que yo lo solucionaré con mis lágrimas de chocolate . -Gracias, amigo, dije.

Os lo conté a todos y todos prometisteis no decírselo a nadie. Era un secreto entre Ginés y nosotros, niños y niñas de Vereda Azul.

 Los mayores del pueblo se preguntaban por qué los niños llamaban a la estatua Lágrimas de chocolate; nunca llegaron a saberlo. Los niños siempre estaban contentos y felices. Los mayores nunca supieron que desde su pedestal Ginés cuidaba de ellos y que sus lágrimas de chocolate eran como vitaminas de cariño y amistad.

FIN                © Mª Teresa Carretero García   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Niña del Faro

La Niña del Faro

Nieves vivía en la ciudad con su familia.

Una noche, después de la cena, le dijeron sus papás: queremos contarte algo. ¿Qué es? preguntó Nieves. Mira, dijo su papá: me he quedado sin trabajo y tenemos que irnos a vivir en casa de los abuelitos.

Tendrás que dejar el cole y a tus amigos, pero seguro que encontrarás otros nuevos, añadió la mamá.

-¿Y no volveremos aquí nunca más?

-Ya no volveremos.

La niña guardó silencio. Luego respondió: no me importa, si estoy con vosotros. Y les dio un abrazo.

Nieves fue recogiendo sus cosas. Guardó en cajas su colección de piedras de río, su hospital de muñecas, su colección de cromos antiguos, sus juguetes y sus pinceles.

Un sábado por la mañana partieron para el pueblo de los abuelos.

 

Como en el pueblo vivían tíos, primos y primas, pronto tuvo amigas y amigos.

El cole le gustaba mucho. La seño daba las clases de Naturaleza al aire libre junto al río. Todo era nuevo para ella y, por eso, muy divertido.

Un día fueron muy temprano a ver a Pedro  hacer el pan en su panadería. Otro día fueron a casa de Antonia a ver cómo hacía el queso.

Otro día ayudaron a Nicolás a recoger verduras de su huerto. No echaba de menos la ciudad: parecía que siempre había vivido en el pueblo. Y de noche le encantaba ver las estrellas.

Un día hablaban en voz baja sus papás.  Nieves pensó: aquí pasa algo.

Más tarde mamá le explicó: Papá va a ir a la ciudad a examinarse. Si aprueba, le darán un trabajo.

Nieves estaba contenta y pensaba: Estaría muy bien que papá tuviera un trabajo. Ahora está un poco triste… eso lo animaría.

Semanas después su papá recibió una carta: ¡había aprobado el examen! ¡Lo habían nombrado farero en un pueblo de la costa! Todos se pusieron muy contentos.

¿Ahora qué haremos?, preguntó a su mamá.

-Nos quedaremos con los abuelos y papá vendrá una vez al mes a visitarnos.

-¡Qué bien: no tendremos que cambiarnos de pueblo ni de escuela!.

Nieves y su mamá echaban mucho de menos al papá… A los tres meses decidieron que querían estar los tres en el faro.

Nieves recogió lo más necesario. Tras un día de viaje, llegaron al pueblo del faro. El lugar era precioso, pero estaban solos en un islote.

¿Cómo iré al cole ahora?, preguntó Nieves. –Verás, Nieves: es que no irás; no hará falta.

¿Y cómo es eso?, dijo la niña.

Y papá contestó: ¿Ves ese ordenador?, es tu clase, nena. Todos los días estarás en contacto con la profesora por el ordenador. Es como si estuvieras en clase, pero en tu faro.

Lo que Nieves echaba de menos eran sus amigas y amigos y pasear por el pueblo.

Un día, abrió el ordenador y tenía un mensaje: Hola, Nieves: quieres ser mi amiga? Soy Santiago. Nieves no contestó.

Días después vio otra vez el mismo mensaje y tampoco contestó.

Y un día que estaba muy aburrida, contestó: Soy Nieves, la niña del faro. Hola, Santiago.

Así empezaron a mandarse mensajes a diario. Santiago le contaba cosas increíbles del mar: Barcos que habían embarrancado cerca de su faro, tempestades, historias de piratas que intentaron tomar el faro en  que ahora vivía Santiago.

Desde su faro, Santiago había avistado delfines, ballenas y algún tiburón. Le mandó fotos impresionantes de nubes, tempestades y olas gigantes.

Aquello le cambió a Nieves su vida en el faro: todo lo del mar empezó a interesarle. Lo veía como algo mágico.

Un día, abrió Nieves el ordenador y encontró un  mensaje cifrado. Creyó que era de Santiago. Pero él le dijo que no sabía hacer mensajes cifrados.

El papá de Nieves vio muy raro el mensaje y miró en los libros más antiguos del faro. Días después le dijo: he conseguido descifrarlo. Escucha lo que dice.

‘Me encanta que os guste el mar a ti y a tu amigo Santiago. En unos días, recibiréis la visita de una de mis hijas: la sirena Desirée’. Ella os llevará un mensaje de mi parte. Firmado: el Rey del Mar.

Nieves quedó tan impresionada que no durmió en toda la noche.

Los dos niños esperaban impacientes la misteriosa visita.

La sirena visitó primero a Nieves. Le trajo una concha de madreperla. Contenía una perla rarísima de maravilloso colorido. Y a Santiago le regaló una preciosa caracola. Un mensaje dentro de ellas decía: os protegeré y os haré felices si conserváis mi amistad.

La sirena Desirée se hizo muy amiga de los dos niños: los visitaba y les contaba historias preciosas de su padre el Rey del Mar, de sus hermanas sirenas y de sus amigas.

Un día se reunieron por fin los tres. Se hicieron tan inseparables que todos los veranos se reunían. Y lo hicieron hasta que fueron muy, muy mayores.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

La Casita de Perro Joey

La Casita de Perro Joey

Joey era un perrillo vagabundo que solo tenía un pensamiento: construirse una casita donde vivir y resguardarse del frío y la lluvia en invierno y del sol en verano.

Con mucho esfuerzo se construyó la casa: era la más bonita que hubiera podido construir un perro.

Por fin vio cumplido su sueño. Entonces pensó: quiero enseñársela a mis amigos… Pero pronto le entró miedo y se dijo: si dejo la casita sola, la pueden ocupar y me la pueden estropear y romper las cosas que tengo dentro y que me gustan. Si pasara eso, sería horrible.

Tomó entonces una gran decisión: nunca me alejaré de mi casita.

A los pocos días comenzó a aburrirse de estar siempre vigilando la casita. ¡Qué fastidio!, se dijo. Antes no tenía donde guarecerme, pero todo el campo era mi casa y podía jugar con otros animalillos y divertirme…

Entonces comenzó a ponerse triste. Se le quitaron las ganas de ladrar y de correr alrededor de la casita. ¿Por qué ahora solo quiero llorar si ya tengo mi casita y soy feliz? No lo entiendo.

Un soplo de aire que jugaba con una hoja lo miró y dijo: Estás triste porque pasas todo tu tiempo vigilando la casa.

Es verdad, respondió Joey. Antes no tenía donde dormir, me mojaba, pasaba frío, pero me divertía un montón. ¿Cómo haré para ser como antes?

Un rayo de sol  lo escuchó, se paró y le dijo: No vigiles tanto tu casa y pásatelo bien con tus amigos. Joey quedó muy pensativo: ¿Tendrá razón el rayo de sol? ¿Es posible que me haya olvidado de mis amigos?

Pensando y pensando tuvo una gran idea: Haré una fiesta para que todos vean mi casita.

A todos les entusiasmó su casa y admiraron las buenas artes de Joey para la construcción.

A partir de entonces, la casita fue importante para él porque ya tenía dónde resguardarse y no era ya un perro vagabundo, pero los amigos fueron ya lo más importante de su vida.

FIN                   ©Mª Teresa Carretero