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Yala, la Niña Africana

El verano se presentaba muy especial para María. Compartiría sus vacaciones con una nueva amiga, en la casa del pueblo, con sus abuelos.

Mientras preparaba las maletas preguntó a su madre: ¿Cómo has dicho que se llama? -Yala, hija, Yala. -¿Y de dónde dices que es? -De un pueblecito del centro de África. -¡Madre mía, qué lejos!  

 -¿Sabes si habrá montado en avión alguna vez? -No lo creo, vive en una aldea lejos de la capital. -Te prometo que le haré pasar un verano que recuerde siempre. -No olvides que en su pueblo no tienen tantos juguetes como tienes tú, ni tanto tiempo para jugar: tienen muchas más obligaciones que tenéis aquí las niñas.

La primera noche, María se despertó y no vio a Yala en la cama.

Se preocupó mucho: la buscó por la habitación, y cuando ya iba a llamar a sus papás, vio en un rincón del cuarto a Yala durmiendo en el suelo. –¿Qué haces aquí?, ¿es que te da miedo la cama?

No me da miedo, dijo Yala. Prefiero dormir en el suelo, que es como siempre lo hago en casa.

Bueno, dijo María; yo te acompañaré. Y durmieron las dos en el suelo, sobre una colchoneta.

Muy temprano, Yala despertó a María diciendo: Vamos, hay que ir por leña para encender el fuego; luego iremos al pozo a sacar agua para cocinar. Después de almorzar será cuando saquemos las cabras a pastar,¿no?. -¿Qué dices, Yala? Aquí no hace falta que los niños hagan todas esas cosas: el agua la tenemos por el grifo, ya viste anoche cómo mi mamá llenaba la botella. Y el butano, que está bajo el fregadero nos da fuego para un mes. Las cabras y ovejas  las pastorean los mayores.

Yala se quedó muy pensativa y dijo: ¿Y cuándo haces tú las tareas de la casa?. María le explicó: Yo solo ayudo a preparar el desayuno, quito la mesa y hago mi cama. -¿Y eso es todo?, preguntó Yala. -Pues claro, replicó María.

¿Y qué haces con todo el tiempo que tienes libre? -Pues jugar, leer, pasear, bañarme en la piscina… y a veces hasta me aburro.

Y… ¿eso qué es? 

Eso ocurre cuando no sabes qué hacer y tienes muchas cosas para elegir: como no sabes cuál escoger, te aburres.

¿Y te puedes aburrir con tantos juguetes?

-Claro, y a veces muchísimo. -Pues no lo entiendo, dijo Yala. En mi país no tenemos tanto tiempo para jugar ni para aburrirnos.

Yala preguntó entonces: ¿Por qué no borráis de los libros la palabra aburrirse? Es algo tonto e inútil que no sirve para nada.

-Yala, dijo María, ahora que lo pienso, llevas razón. Voy a proponer a mis amigos y amigas eliminar la palabra aburrimiento de nuestras costumbres.

-Buena idea, María, dijo Yala. -Oye, Yala :¿Quieres que te enseñe los juegos que jugamos aquí?

Sí, sí: me encantaría aprender vuestros juegos, María. Y las dos marcharon a jugar y a divertirse.

Mientras jugaban en el jardín de la casa, llegaron los amigos y amigas de María y todos juntos se divirtieron un montón. Jugaron a muchas cosas y Yala les enseñó unas preciosas canciones, que  pronto todos aprendieron.

El verano llegaba a su fin y Yala volvería a su país. María y sus padres la llevaron al aeropuerto y al despedirse le preguntaron: ¿Volverás el verano que  viene?  -Si me invitáis, volveré aquí encantada, respondió Yala.

Hasta el verano, Yala. -Adiós, amiga.

FIN 

©Mª Teresa Carretero García

 

 

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